Ha llegado de nuevo la oscuridad. La ha generado el exceso de luz, como casi siempre. Creímos saberlo todo, tener derecho a todo y también derecho a seguir quejándonos por todo lo que no fuera exactamente de nuestro gusto. Destruimos la idea de verdad a fuerza de decir que todo depende (como en la canción) de enfoque, y sustituimos el necesario juicio entre el bien y el mal, mitigado con dosis de misericordia hacia nuestros fracasos, por un altanero relativismo y por la aniquilación del concepto de justicia a fuerza de aplicarlo a cada una de nuestras infantiles frustraciones, entre las que no es menor la obstinada verdad de que no, no somos iguales, somos gloriosamente diferentes.

Dijimos que la libertad no existe cuando sirve para fundamentar los éxitos de nuestros vecinos, pero que es ilimitada cuando se trata de que el Estado pague el coste de nuestra terquedad de llevarla más allá de lo útil o razonable. Y ahora, con todo ese pastel, cuando no hay más dinero para pagar la fiesta, seguimos diciendo que ha sido la culpa de las “políticas neoliberales”, nombre en el que ocultamos el pecado de avaricia de personas concretas o de las instituciones que han gestionado, mientras se cierne sobre nuestras cabezas una sombra (¿siniestra?) que dice ser la solución.

A lo mejor viendo como de forma ingente se votan opciones que en otro tiempo ya se vio que conducían a la oscuridad somos capaces de reconocer que la mayoría no siempre tiene razón

No seremos capaces de reconocer, porque nos duele reconocernos fracasados, que es en parte nuestra la culpa de la existencia y crecimiento de partidos o líderes que en otro tiempo se llamaron salvapatrias. Tampoco reconoceremos que la democracia vale también cuando sus mayorías no coinciden con nuestros pensamientos, agujero negro ese por el que se cuela la falibilidad de un sistema que hemos acordado que es el menos malo de los que pueden ser. A lo mejor viendo como de forma ingente se votan opciones que en otro tiempo ya se vio que conducían a la oscuridad somos capaces de reconocer que la mayoría no siempre tiene razón, para luego aplicarlo a cualesquiera otras circunstancias en las que nos llenamos la boca con la palabra democracia, cuando lo que queremos decir es sencillamente capricho mayoritario. Al fin y al cabo es difícil decidir en libertad sin estar provistos de información veraz, y eso, en estos tiempos de gestión empresarial de fakes y/o de intereses concretos por una opción política, parece ya (quizás siempre lo fue) una empresa imposible.

Se podrá decir, ya se está diciendo, cualquier cosa sobre Vox, pero no que no hable claro donde todos los partidos antagonistas y algunos de los que supuestamente bailan en su espectro hacen juegos malabares con la palabra para etiquetarse en las tendencias de moda: la izquierda, la singularidad, la superioridad moral, y un erróneo sentido de la relación entre esfuerzo, responsabilidad y recompensa que ha acabado pariendo hijos malcriados, incapaces de ver cómo está el mundo que nos rodea, cuánto de privilegio tiene la enorme suerte de haber nacido por aquí y no por allá, y cómo somos capaces de dilapidar con frivolidad los esfuerzos de generaciones por llegar a pactar no volver a odiar, ni a hacer la guerra.

Copias clónicas y deformes de una social democracia que, aplicada a todo y a todos sin distinción de mérito, nos ha conducido a la nada, al caos, a esto. ¿Deberá llegar el caos antes que la solución? Vox ha llenado Vistalegre; démonos por advertidos.

Miquel Puig
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