Entre las medidas que se barajan para intentar resolver los perjuicios causados por la pandemia, están las de carácter educativo y, en concreto, la posibilidad de otorgar un aprobado general para evitar la desigualdad que existe entre aquellos estudiantes que disponen de recursos telemáticos y aquellos otros que se encuentran justamente en el otro lado de la llamada brecha digital.

Un porcentaje que se calcula entre el 10 y el 15 % de quienes se encuentran todavía formándose están ahora confinados en pequeñas viviendas, donde el nivel de formación de sus progenitores es ínfimo y el espacio para poder estudiar, ninguno. Evaluar sus conocimientos y competencias en este curso con los mismos criterios que a compañeros de aula que sí disponen de esos recursos y el ambiente adecuado para la concentración y el esfuerzo, resulta cuanto menos desproporcionado. La escuela, para esas personas carentes de medios propios, estaba siendo el refugio donde trabajar una oportunidad de igualarse con el resto. Por supuesto que el elemento voluntad es muy importante, pero las estadísticas arrojan luz sobre esa realidad complementaria que es el contexto educativo, en su caso totalmente desfavorable.

La escuela de la vida también tiene su valor. Y desde luego estos estudiantes de ahora van a aprender una de esas lecciones que, aunque no sea para siempre, nadie puede dudar que les dejará huella

Se escuchan a partir de esa constatación voces partidarias de aplicar en este curso un aprobado general, aunque para otros eso supone la última derrota admisible frente a una pandemia que parece doblegarnos física, económica y anímicamente. Sin embargo, aunque para la mayoría de nosotros no son más que historias que contaban compañeros de facultad de los últimos cursos, situaciones como ésta ya se han producido en el ámbito docente en el pasado, aunque solo fuera por el hecho de que los estudiantes estaban en las mal llamadas huelgas, y en todo caso, de manifestación en sentada y de sentada en concentración. Casi nunca en clase. Aprobado general.

Varios cursos de aquellos días se perdieron en el bachillerato y en la universidad, y aquí estamos. Los líderes que surgieron de aquellas aulas fueron infinitamente mejores que la mayor parte de la incompetencia, por más titulada que esté, que nos gobierna hoy. Será que la escuela de la vida también tiene su valor. Y desde luego estos estudiantes de ahora van a aprender una de esas lecciones que, aunque no sea para siempre, nadie puede dudar que les dejará huella.

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