Se ha emitido estos días en TV3 un interesante reportaje sobre un fenómeno del presente occidental: el maltrato de los hijos a sus progenitores.

Ni que decir tiene que pueden ser tanto hombres como mujeres quienes así traten a quienes los tutelan, les dieron la vida y en un porcentaje altísimo serían capaces de morir por ellos. La incomunicación intergeneracional y la erosión que entre todos hemos ido produciendo sobre la idea de autoridad por el hecho de haberse confundido en el tiempo con el autoritarismo, ha hecho posible el absurdo que los padres, como los maestros o los médicos, puedan verse agredidos por quienes ya no los respetan.

Pero el tema, más allá de la tristeza o el escándalo que en sí mismo pueda provocar, es una ocasión para reflexionar sobre otros de índole semejante que parecen haberse instalado en el terreno del dogma y por tanto de lo indiscutible, como es el caso de la denominada “violencia de género”. Y es que dicen algunos expertos que aparecen en el programa que suele darse una distinción en la violencia ejercida por ellos o ellas en este ámbito: si en general la de ellos suele ser más física, la de ellas transcurre por el menos tangible sendero del maltrato psicológico. Muestran con ello que, ya sea por genética, por antropología social y cultural, por azar, o por toda la vez (la mezcla hipotética es aportación de Harari), lo cierto es que hombres y mujeres maltratan de modo diverso, y si a ello añadimos que, como decía Bosé, "los chicos no lloran", tal vez la cantinela de que la violencia de género solo se da en una dirección podrá cuanto menos matizarse: hay maltratos intangibles, como se resume con enorme contundencia en el retrato foucaultiano Yo, Pierre Rivière, un caso real, por cierto, que al menos viene a excepcionar los axiomas lapidarios.

Pero algo aún más importante se dice en el reportaje: los hijos maltratadores aman a sus padres. Esa contundente afirmación, hecha por los especialistas y por los protagonistas, no deja de resultar sorprendente si la ponemos en paralelo con mensajes antagónicos en el terreno de la violencia entre hombre y mujer. Estamos hartos de ver, leer y escuchar propaganda institucional sobre la incompatibilidad de ambas cosas en el ámbito de la pareja. Paradójicamente se nos repite machaconamente que no puede haber amor en una relación de dominación después de haber hecho (las mujeres) best seller la novela 50 sombras de Grey y todas sus (tan espantosas como ella) secuelas. Y se han hecho millonarios una serie de “traperos“ (antes se llamaba rap, pero llamarle así a lo de ahora es un insulto) gracias a que las mismas jóvenes que salen a la calle a jalear las consignas del día violeta escuchan a rabiar sus canciones, las más machistas escuchadas desde los tiempos de la caverna.

Todo está confuso. Además del enorme número de circunstancias complejas y diversas que pueden cernirse sobre la muerte de una mujer a manos de su marido, imposibles de catalogar todas ellas en la misma estantería, ahora se añade esta especie de anatema, el de que el amor y el maltrato puedan ir cogidos de la mano solo entre padres e hijos pero no entre marido y mujer. A buen seguro, en cualquier caso se trata de una situación patológica, pero que en el caso de hijos respecto a padres se quiere evitar criminalizar y se pretende revertir con terapias, mientras que en las situaciones paralelas producidas en una pareja se las priva de toda esperanza, porque el maltratador aquí sí es culpable. Además y desde luego el efecto que la ruptura definitiva de una pareja pueda tener sobre sus hijos no importa nada, aunque en el propio reportaje se diga que esa es precisamente una de las circunstancias que operan para desencadenar el síndrome del hijo (y añadiré de la hija, en este caso es necesario) que maltrata a sus padres.

No es este el mejor tiempo (¿o sí?) para la defensa de la idea de perdón, pero lo haré, porque donde no cabe el perdón no hay esperanza. Antes se acepta la rehabilitación de un marido alcohólico o drogadicto que la de un marido maltratador. Para este último no hay retorno posible. Quizás así se entienda que tras la muerte de alguna mujer a manos de su marido éste se haya suicidado. La violencia de este sobre sí mismo cuenta poco, a pesar de ser tan lamentable e irreversible como la primera. Sin duda hay detrás de todos los maltratos una errónea convicción de que lo maltratado es de algún modo un objeto a poseer, pero en todos los casos debe apostarse por conseguir en los ojos que así miran una nueva forma de hacerlo.

Montserrat Nebrera
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