Si hubiera puesto una cámara oculta en el techo del balcón de casa o al alféizar de la ventana del huerto, ahora podría hacer el montaje de un vídeo por el cual desfilarían especies voladoras variadas. Durante el primer confinamiento (sí, ya los tenemos que ir numerando) vi como anidaban las golondrinas en el rinconcito de la esquina que mira al este. Ellas, engalanadas y alegres, ajenas a la desgracia que vivíamos los humanos, nos trajeron la primavera a los balcones cuando por la calle no cantaba nadie. Ahora, en medio de esta segunda ola, nubes de estorninos cambian el color del cielo con su vuelo hipnótico y nos dan un respiro entre tanta incertidumbre. Las unas han dejado paso a los otros, en un relevo ornitológico que hacia marzo volverá a cambiar, como las flores o el ciclo del arroz. Como la vida misma.

Las magnéticas y seductoras coreografías sincronizadas que estos pequeños pájaros dibujan en el cielo no son casuales: su motivo es la supervivencia. Volar en rebaño permite a los estorninos mejorar la vigilancia y su defensa ante diversos peligros, como los depredadores. También la necesidad de calor durante las noches de invierno hace que se reúnan en formaciones espectaculares antes de retirarse a los dormideros y parece ser que, en su idioma y mientras agitan las alas, se explican incluso donde pueden encontrar comida, así ninguno de ellos no sufre hambre. Comparten información. Saben que para mantenerse vivos deben estar juntos. Se abrazan volando y sonríen. Un trabajo en equipo que se convierte en un 3D de la Naturaleza, en el firmamento de los atardeceres de los meses con 'R'.

Esta manera de volar se conoce como vuelo en murmuración. Y es que si estamos en un lugar silencioso —y además de la vista podemos también aguzar el oído— escucharemos el rumor de su aleteo constante, como si fuera el viento que azota intentando entrar por una chimenea. Navegan por el cielo de forma dispersa pero sincronizada y su minúsculo cerebrín sabe mantener las distancias precisas: no choca nunca ninguno. Se mueven de manera coordinada conservando una mínima distancia de seguridad respeto sus compañeros. Los científicos lo han estudiado: los estorninos buscan coincidir con la dirección y la velocidad de los 7 vecinos más próximos, en lugar de responder a los movimientos de todas las aves de su alrededor, cosa que lo convertiría todo en un guirigay ingobernable. El número es 7 y así van moviéndose por grupitos. Danzan en el aire, formando figuras móviles impensables de gran belleza mientras, de vez en cuando, descansan alineados en los hilos de la luz o esparcidos en las copas de los olivos.

Este efecto de imantación imperceptible es lo que los permite volar por miles sin chafarse los unos en los otros. Si un ejemplar hace un cambio de rumbo repentino, los 7 que tiene más cerca responden de la misma manera, simétrica, y se genera una reacción en cadena que va desplazándose por toda la formación, como una ola. A veces me pregunto qué pasaría si uno de ellos dejase el grupo y se lo mirara todo desde fuera. Quizás no se creería que son capaces de hacer estos dibujos tridimensionales en movimiento. Supongo que debe ser como la belleza del bosque, que un árbol solo, desde dentro, no ve.

¡La luna llena de noviembre, que es precisamente hoy lunes, nos avisa de la llegada del frío y de la nieve, como si lo que llevamos de año no fuera lo bastante helado de por sí, sabes! Es la última luna llena de otoño, la próxima ya estará en plena estación invernal, justo lo día antes de acabar el año, dentro de un mes exacto. En la de hoy, se la conoce también como la luna del castor porque coincide con la época en que este roedor semiacuático está más activo, justo antes de desparecer, y se prepara para afrontar el largo invierno almacenando comida para pasar los próximos meses.

Observando la inteligencia, juicio y coordinación de la Naturaleza y los astros costa de entender como de mal lo debemos estar haciendo los humanos para que golondrinas, estorninos y castores cada vez tengan menos cielo para volar y guaridas donde refugiarse. Desde su mirada pura, lógica y ancestral ven menos Tierra cada vez que la miran. Cuando los estorninos se vayan con una oliva en cada zarpa y una rama dentro del pico, dejarán un paisaje herido y una gente confundida y medio confinada. Cuando las golondrinas vuelven el año que viene, se encontrarán con un Delta del Ebro cada vez más derrumbado. El viento de Levante de este fin de semana ha vuelto a romper la Isla de Buda, el Trabucador y el Arenal. No ha hecho falta otro Glòria y no sé si lo veréis en ninguna portada pero el Delta se ahoga de nuevo y los gobiernos miran hacia otro lado mientras agonizamos, mientras se desangra el ecosistema más importante del país y yo sólo tengo ganas de maldecirlos.

Los primeros drones fueron pájaros y ya nos advertían de lo que veían, pero no les hicimos caso. Ahora que la tecnología debería superarlos, el ejemplo de los animales es todavía más inteligente y noble y sigue diciéndonos que hace falta abrazarse en pleno vuelo, caminar coordinados y defenderse los unos en los otros. Que hay que trabajar en equipo —sobre todo saber escoger los 7 de tu círculo más íntimo—, que debemos sonreír, preparar la ropa de invierno y llenar la despensa. La última luna llena de otoño mis anuncia un invierno que será más frío que de costumbre y lo más caliente está en el fregadero.

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