Llevamos días viendo con estupor cómo la guerra con Irán se expande mientras Europa permanece en un silencio ensordecedor. Y no puedo evitar preguntarme: ¿dónde está la voz de la Unión Europea? ¿Dónde está ese proyecto que nació precisamente de las cenizas de la peor barbarie que ha conocido la humanidad?
Europa no es solo un mercado común ni un conjunto de tratados comerciales. Europa es, o debería ser, la prueba viviente de que otro mundo es posible. Somos la demostración palpable de que pueblos que se masacraron durante siglos pueden sentarse en la misma mesa, remar en la misma dirección y construir juntos un espacio de paz, democracia y convivencia.
Nuestros abuelos salieron de dos guerras mundiales con una lección grabada a fuego: nunca más. Nunca más la guerra, nunca más el odio entre pueblos, nunca más la destrucción como herramienta política. Y de esa determinación nació el proyecto europeo. No fue perfecto desde el inicio, claro que no, pero fue revolucionario en su esencia: enemigos históricos decidiendo compartir el carbón y el acero primero, y la soberanía después.
Francia y Alemania dejaron de matarse. España salió de una dictadura y encontró en Europa el anclaje democrático que necesitaba. Los países del Este se liberaron del yugo soviético y hallaron en la Unión un camino hacia la libertad. Todo eso no es retórica, es historia reciente. Es nuestra historia.
Y ahora, cuando el mundo arde de nuevo, cuando vemos cómo se despliegan estrategias militares que nos arrastran a un conflicto que nadie en su sano juicio puede desear, Europa se limita a seguir la estela de Estados Unidos como un perrillo faldero. Sin criterio propio, sin voz, sin valentía.
Llevamos décadas repitiendo el mantra de la “autonomía estratégica europea” y no pasa de ser un eslogan vacío. Porque cuando llega el momento de la verdad, cuando toca plantarse y defender una posición independiente, nos plegamos a los intereses de Washington sin rechistar.
No se trata de ser antiamericanos. Se trata de ser proeuropeos. Se trata de entender que Europa tiene sus propios intereses, sus propios valores, su propia visión del mundo. Y esa visión no puede ser la del militarismo perpetuo, la de las guerras preventivas, la de los intereses geoestratégicos que pasan por encima de los pueblos.
Europa nació como un proyecto de paz. Y ese ADN no puede perderse ahora que más falta hace. No podemos convertirnos en meros comparsas de una estrategia que no compartimos, de una escalada bélica que no hemos decidido, de un conflicto que nos arrastra sin que nadie nos haya preguntado.
Si hay algo que el mundo necesita ahora mismo es precisamente lo que Europa representa: diálogo, multilateralismo, respeto al derecho internacional, apuesta por la diplomacia como herramienta de resolución de conflictos. Pero para eso hace falta tener coraje político. Hace falta que nuestros dirigentes estén a la altura de las circunstancias.
Es hora de reconstruir Europa. De darle voz, de darle fuerza, de devolverle su sentido. Es hora de que Europa vuelva a ser lo que siempre debió ser: una esperanza
Imaginen por un momento una Europa que dijera alto y claro: “Nosotros no participamos en esta guerra. Nosotros apostamos por la mediación, por el diálogo, por buscar soluciones que no pasen por sembrar más muerte y destrucción”. ¿Cuántos países del mundo se sumarían a esa posición? ¿Cuántos pueblos respirarían aliviados al ver que hay una alternativa al belicismo? Europa puede y debe ser esa voz. Tenemos la legitimidad histórica para hacerlo. Tenemos el peso económico y político para ser escuchados. Y, sobre todo, tenemos la obligación moral de intentarlo.
Pero para alzar esa voz hace falta reconstruir Europa. Hace falta volver a los fundamentos, a los valores que nos dieron sentido. Y hace falta, también, democratizar las instituciones europeas, acercarlas a la ciudadanía, hacer que la gente vuelva a sentir que este proyecto es suyo.
Porque ahora mismo hay un desapego enorme. La ultraderecha crece en todos nuestros países precisamente porque ha conseguido que mucha gente vea a Europa como algo ajeno, como una imposición tecnocrática, como un ente burocrático que solo trae recortes y austeridad.
Y no les falta razón en parte de esa crítica. Europa se ha alejado de la gente. Se ha convertido en un club de élites que toma decisiones a espaldas de la ciudadanía. Y eso hay que cambiarlo de raíz.
Necesitamos una Europa más democrática, más social, más cercana. Una Europa que defienda los derechos de sus ciudadanos con la misma contundencia con la que defiende los beneficios empresariales. Una Europa que ponga la vida en el centro, no los mercados.
Yo sigo creyendo en el proyecto europeo. No en esta Europa, la de la troika y los recortes, la de las fronteras que se abren al capital especulativo. Creo en la Europa que puede ser. En la Europa que debería ser.
Creo en una Europa que sea faro de paz en un mundo enloquecido. Que sea ejemplo de convivencia entre pueblos diversos. Que sea garante de derechos sociales y laborales. Que sea refugio para quien huye de la guerra y el hambre. Que sea vanguardia en la lucha contra el cambio climático. Que sea, en definitiva, la demostración de que la humanidad puede aspirar a algo mejor que la barbarie.
El desafío está servido. Y ese desafío pasa, ahora mismo, por decir no a esta guerra. Por negarse a ser arrastrados a un conflicto que solo traerá sufrimiento. Por apostar por la diplomacia cuando todos apuestan por las armas. Por defender el derecho internacional cuando otros lo pisotean.
Es difícil, lo sé. Requiere valentía política, visión estratégica, capacidad de resistir presiones. Pero es lo que toca. Es lo que nos corresponde como herederos de un proyecto nacido del “nunca más”.
Europa tiene una responsabilidad histórica. No podemos mirar hacia otro lado mientras el mundo se precipita de nuevo al abismo. No podemos repetir los errores que ya pagamos con millones de vidas. No podemos traicionar el legado de quienes decidieron que la paz era posible.
Es hora de reconstruir Europa. De darle voz, de darle fuerza, de devolverle su sentido. Es hora de que Europa vuelva a ser lo que siempre debió ser: una esperanza. Para nosotros y para el mundo entero.
Porque si Europa no defiende la paz, ¿quién lo hará?
