La primera, la segunda, la tercera ola de la pandemia están generando efectos devastadores sobre la ocupación en Catalunya: en diciembre pasado el paro registrado se cifraba en 498.000 personas, un 21,2% más que un año antes; si añadimos a los afectados por ERTE, que no dejan de ser parados temporales, el total alcanza las 627.000 personas. En una economía donde los afiliados a la Seguridad Social son 3,4 millones, el grado de inactividad que indican estas cifras es realmente preocupante. Los medios de comunicación nos tienen muy al corriente de este tipo de drama laboral que no se empezará a torcer hasta la segunda parte del 2021, si la vacunación hace los efectos que todos esperamos.

Sin embargo, tras los registros de paro, la pandemia ha tenido a mi entender algunas consecuencias relevantes sobre nuestro mercado de trabajo, que el tiempo dirá si se consolidan o si son pasajeras. La primera es el aumento de la desigualdad salarial. Ha afectado de manera especialmente intensa a los trabajadores con salarios más bajos y menos cualificados. Para tener una referencia de este problema, tomemos los cálculos de la ILO (International Labour Office) sobre Europa, según los cuales, debido a la suma de pérdida de puestos de trabajo y a la reducción de horas de trabajo, entre el primero y el segundo trimestre del 2020 la factura salarial bajó un 6,5%; pero para la mitad de los trabajadores (básicamente los menos formados), la caída fue del 17,3%, mientras que para la otra mitad fue del 4,3%. De eso resulta que la pandemia ha acentuado la polarización entre trabajadores bien pagados y trabajadores mal pagados.

Un exponente del aumento de la polarización salarial también nos la da la ILO con la ratio que compara los salarios del 10% mejor pagado con los del 10% peor pagado. En España, la relación ha pasado de un valor 23 a uno de 36,1 (de ser el segundo más alto de Europa pasa a ser el primero). No hay motivos para pensar que en Catalunya haya sido muy diferente. Para situarnos, en Dinamarca no se ha movido de un valor de 10.

Las diferentes olas de la pandemia no hacen otra cosa que aumentar la prudencia contractual entre el empresariado y, en consecuencia, opta por fórmulas más acomodaticias 

El segundo efecto laboral derivado de la pandemia ha sido el aumento de la temporalidad, general en toda la economía en razón de la incertidumbre económica, pero, de manera muy directa, en las actividades afectadas por los confinamientos, que corresponden justamente a sectores que ya tenían mucha (comercio, restauración, hostelería, actividades recreativas y culturales...). Las diferentes olas de la pandemia no hacen otra cosa que aumentar la prudencia contractual entre el empresariado y, en consecuencia, opta por fórmulas más acomodaticias con la coyuntura, como es la contratación por semanas... o por días. Con la pandemia, la dualidad fijo-temporal en el mercado laboral se ha acentuado.

El tercer efecto es que la crisis ha dejado al descubierto y mucho menos atendidos que el resto a los autónomos, los trabajadores no asalariados. Este colectivo ha sufrido y está sufriendo mucho porque los mecanismos de subsidios compensatorios de la caída de la actividad han sido extremadamente débiles y discrecionales. El Estado (que es quien lo tenía que resolver, como resolvía vía prestaciones de desempleo y ERTE el problema de los asalariados) prácticamente se ha lavado las manos; la Generalitat (con buena voluntad, pero con pocos recursos y poniéndose donde no le corresponde) llega donde puede y deja a una serie de gente descontenta y quejumbrosa que van a la plaza de Sant Jaume en vez de ir en la Delegación del Gobierno.

Finalmente, esta crisis ha dejado al descubierto a los trabajadores irregulares, el trabajo sumergido, que no es cuantitativamente desdeñable y que se corresponde mayoritariamente con el segmento de trabajadores menos cualificados y con salarios más bajos. Desatendidos de cobertura legal para cobrar subsidios propios del mercado de trabajo, porque oficialmente no existen, el único recurso ha sido la protección social y seguir trabajando en negro a precios todavía más sacrificados que antes. Este aspecto no hace sino acentuar la desigualdad laboral indicada antes. Todo un aviso para exigir, por parte de los trabajadores, contrataciones regulares; por parte de los empresarios, compromiso ético, y por parte de la administración, supervisión y control.

Al fin y al cabo, el virus ha afectado a un mercado laboral que ya tenía muchos problemas de antes. Y no se acaba aquí, porque ha acelerado algunas tendencias de fondo, como veremos en otro artículo.

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