La desprivatización de la religión, concepto que Jose Casanova (Universidad de Georgetown) ha desgranado en sus visitas al CCCB, ha hecho emerger la religión en la arena de las Relaciones Internacionales. La religión ha resucitado. Han reaparecido o han nacido actores religiosos transnacionales, desde la Iglesia Católica hasta redes chiíes mundiales. Jeffrey Haynes, uno de los mayores expertos en el tema, lo ha definido como una nueva realidad global que afecta a el orden internacional. La religión es un actor que condiciona y participa de este orden global, y pensar que es una dimensión privada que se queda en casa difiere mucho de la realidad. Para tener éxito, prosigue Haynes, los grandes actores religiosos transnacionales tienen que equilibrar su influencia local con su incidencia global. Las religiones tendrían que estar contentas, con la globalización. No sólo se incrementa a nivel global su posible incidencia y propagación, sino que además, con los desplazamientos humanos tanto voluntarios como forzados, nuevos grupos de personas aportan su religiosidad a las sociedades donde se instalan, y a menudo las salvan de la extinción o de la irrelevancia. Los Estados Unidos están viviendo una revitalización católica gracias a la población hispana, y la Ortodoxia está teniendo nuevas comunidades y miembros en muchos países africanos, por ejemplo. El mismo Estado español vive una nueva savia en diferentes comunidades cristianas gracias a la fe —intensa y vivida— de personas de América Latina.

La religión ha resucitado. Han reaparecido o han nacido actores religiosos transnacionales, desde la Iglesia Católica hasta redes chiíes mundiales.

Las alianzas que las religiones crean entre ellas a nivel internacional con otros actores afines está haciéndolas más visibles y activas. El mismo presidente Donald Trump se ha tenido que sentar con líderes religiosos para valorar juntos la nueva reforma de las prisiones. La religión es un actor que cuenta. En algunos casos, grupos radicales o fundamentalistas son una amenaza para la seguridad. Salvo los casos patológicos y criminales que se pegan al pretexto de la religión para hacer daño, las colectividades religiosas son un actor necesario para mantener la cohesión y la convivencia. En el caso de los Estados Unidos y sus aliados, Haynes sugiere que no estamos ante una lucha entre el Islam y Occidente, sino entre el Islam y el extremismo, y sugiere que los EE.UU. tienen que acercarse al Islam moderado y cooperar tanto como puedan para poder entrar conjuntamente en conflicto con los extremistas sin paliativos.

Los líderes religiosos también se encuentran en esta situación, y su exposición pública los muestra implicados en situaciones tan variadas como la lucha contra el tráfico de personas, el cambio climático o los clamores por la justicia social. Sobre eso, cada vez más se utiliza el término que Joseph Nye utilizó por primera vez en 1990, el soft power (que hace referencia a la capacidad de una entidad para influir con seducción pero sin persuasión. En su origen el término no se asociaba a la religión, pero hoy día se percibe que esta es claramente un elemento importante en las políticas exteriores de los países. Su inclusión en la agenda es una buena noticia: dejar la religión sólo en manos privadas es un riesgo que sociedades sanas no pueden permitirse y que a las mismas religiones no les conviene. No han nacido para ofrecer servicios a sus miembros, sino para incidir públicamente. Y se tienen que adaptar y se las tiene que tener en cuenta. Ahora bien, lo que es de Cèsar, para el Cèsar.

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