Anne Soupa, teóloga, biblista y cofundadora de la Conferencia Católica de los Bautizados Francófonos, dejó estupefacto el vértice de la Iglesia católica en Lyon cuando anunció que presentaba su candidatura para ser arzobispo de Lyon. Primero, porque para ser arzobispo no presentas ninguna candidatura —los canales son otros, te nombra al Papa después de recibir una terna de nombres por parte del nuncio que antes ha hecho una consulta—, y segundo, porque era una mujer, de una respetable edad, 73 años, nada sospechosa de ser una activista loca que no conoce la estructura. Al contrario. Y lo hizo de manera exquisita, formalmente y siguiendo los protocolos de una carta al nuncio y unas argumentaciones escritas y explicadas.

Lyon es un obispado que acaba de sufrir un escándalo, con la dimisión de su cardinal, Barbarin, en un ambiente enrarecido por escándalos sexuales de diversa índole que han embrutecido el buen ambiente en una archidiócesis francesa que era muy reconocida.

Soupa presentó su currículum, un programa y un comunicado al nuncio en que le decía que otro rostro de la Iglesia es posible.

Soupa probablemente no conseguirá ser arzobispo de Lyon. Su movida tiene sentido, pero no futuro inmediato: no veremos a Soupa primada de la Galia, un título digno de Astérix. Pero sí que ha enervado al sistema, y ha incomodado. Es una evidencia que algunos hace tiempo que explicitamos, que en el seno de las instituciones eclesiales, la cuestión del papel de la mujer sigue siendo invisible, insuficiente, vicario, secundario, irrelevante. Hay movimientos —ahora el obispo de Mallorca ha hecho uno positivo— para revertir la situación. Pero son muchos años de hacer las cosas de una misma manera. No hay otro modo que hacer nombramientos que cambien las dinámicas, y establecer mecanismos en que la voz y el voto de la mujer sea significativo. Las palabras y basta se las lleva el viento. Y no precisamente el Espíritu Santo, que sí que empuja y va dejando el camino más libre a fin de que los hombres, los que pueden tomar decisiones, lo hagan.

Soupa conoce perfectamente el canon 375 del Código de Derecho Canónico. Sabe que está excluida del ejercicio del ministerio episcopal.

En el seno de las instituciones eclesiales, la cuestión del papel de la mujer sigue siendo invisible, insuficiente, vicario, secundario, irrelevante

El papa Francisco ha abierto —tímidamente— la puerta a una presencia de las mujeres en la Iglesia desde el 2013. Considera que el diaconato femenino es un tema a estudiar, ha denunciado los abusos que han sufrido algunas religiosas y es permeable a esta demanda, es consciente.

Recientemente ha nombrado en la Santa Sede a una mujer subsecretaria de la Sección para las Relaciones con los Estados (Francesca Giovanni).

El asunto de Francia no es un caso aislado. Soupa cuenta con otras mujeres que también quieren ser apóstoles y se encontrarán con el nuncio, que ya les ha hecho saber que quiere hablar con ellas. Una de ellas acaba de recibir una amenaza de muerte: "La Iglesia cuenta contigo, pero no pierdas el tiempo, la muerte puede estar esperándote". Esta es la nota anónima que ha recibido en su domicilio particular Sylvaine Landrivon.

Soupa hace 35 años que está implicada en la Iglesia como biblista, escritora, periodista, teóloga, y se siente legitimada para el cargo. Critica al Papa porque no hace la distinción entre gobierno y ministerios ordenados, y por lo tanto sigue sin posibilitar que las mujeres tengan acceso a la toma de decisiones.

Los más recalcitrantes opositores de Anne Soupa le reprochan que vea al episcopado como un poder y no como servicio o autoridad y que no contemple las funciones que ya existen en la Iglesia, no como sustituta de nada sino como miembro de pleno derecho. Soupa y las otras 6 mujeres que el 22 de julio, memoria de María Magdalena, la primera apóstol que vio a Jesús resucitado —antes que cualquier hombre—, quieren forzar un sistema que consideran injusto. El nuncio Celestino Migliore ya ha dicho que las recibirá, una a una. La escucha, a menudo, es la primera puerta para un diálogo. Que, tratándose del tema y de la Iglesia, tendría el riesgo de eternizarse y, no obstante, no será así. No es habitual que escribas al nuncio y te llamen en pocos días para concederte audiencia.

Lo más relevante del caso es que Soupa ha presentado su candidatura desde dentro. No estamos ante el movimiento Femen, mujeres que entran desnudas en la Iglesia para provocar y denunciar. Ella denuncia desde dentro, con su currículum, su implicación. Por eso es más profundo y se tiene que tomar con más consideración. El Papa ya sabe que estas mujeres en Francia han abierto esta batalla y es sabedor que sus argumentaciones tienen profundidad. Quieren ser visibles, útiles, no cargarse la Iglesia. La diferencia no es menor.

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