Si Charles Dickens hubiera sido olotense, Lliberada Ferrarons habría sido una de sus protagonistas predilectas. El entorno del siglo XIX de la Garrotxa, la niña pobre que a las cuatro de la mañana y con solo ocho años ya salía de la cama para ir a trabajar de bobinadora en una fábrica de Sant Joan les Fonts, la recta y devota criatura que adoctrinaba a otras niñas, que comía papillas de gachas y tenía como lema "los ojos en el trabajo y el corazón en Dios", aquella niña buena, enterrada en Sant Esteve d'Olot, resulta que quizás será proclamada santa. Santa ya la consideraban cuando murió; todo el mundo detectó que Lliberada era una persona diferente, con una fama de santidad incontestable. Desde que era pequeña, en mi casa hemos oído hablar de Lliberada, no por sus proezas heroicas estilo Juana de Arco, sino como un referente imperdible, emblema de sacrificio y devoción. Mi abuela entornaba los ojos cuando hablaba de ella, con mucho respeto. Y lo que decía la abuela Tureta iba a misa. Pero no era solo la mía: Lliberada impresionó a todas las abuelas olotenses. En el libro sobre la venerable, Miquel-Àngel Ferrés explica cómo el alcalde Bretcha, en 1942, recordó a esta mujer fallecida con solo 39 años: "Todos ustedes recordarán conmigo el respeto con que nuestras buenas abuelas pronunciaban el nombre de la Lliberada, cuando, de pequeños, durante las veladas de invierno y al calor del fuego, nos explicaban su abnegada vida y virtuosa muerte". Exacto. Este testimonio ha ido pasando de generación en generación y sobre todo lo ha hecho en femenino. La tradición, las leyendas y, en buena parte el legado religioso, vienen por transmisión femenina. Lliberada simboliza una época de sacrificios y abnegación, un modelo que a muchas mujeres no nos gusta en la forma, pero que nos atrae en el fondo: ¿por qué hacía lo que hacía? ¿Cómo vivió su enfermedad? ¿Por qué las personas más vulnerables son las predilectas cuando entramos en el campo de la espiritualidad? Los ángeles del belén se relacionan con pastores, pobres, precarios. Las visiones las tuvo Lliberada y no alguna ilustre mujer beata y burguesa de la Garrotxa acomodada.

Esta niña declarada venerable en el 2008 por Benedicto XVI es una olotense que en la iconografía aparece siempre con un telar –era una obrera textil– o con un libro. Siempre me han fascinado las imágenes de mujeres con libros. Lliberada es una de ellas. Fue una obrera que a primera vista no tiene mayor misterio. Terciaria carmelita, estuvo muchos años en cama y "veía cosas". De hecho explicó que había asistido, en visiones, en Madrid, Olot y Roma a varias celebraciones litúrgicas. Pongámonos en situación: una niña enferma, poco instruida, rayando la miseria, en Olot, que dice que ve procesiones en Roma y Madrid. Y explica el contenido y es creíble. Impresiona.

Ferrarons se considera un modelo de joven obrera. Hoy, obrero es un concepto que nos dice poco, quizás tendríamos que hablar de trabajo precario mecánico, del tipo que sea. Lliberada Ferrarons Vives, olotense pobre pero universal, muchacha de la Garrotxa del siglo XIX a quien el padre Miquel-Àngel Ferrés ha dedicado varios estudios, es digna de recuerdo hoy no solo por la fábrica, sino en nuestro entorno tecnologizado en exceso, donde los horarios laborales salvajes dejan exhaustas a tantas personas que solo suspiran por llegar a casa, echarse al sofá y entrar de golpe en una serie para descansar y desconectar.

En el mundo capitalista que nos está perturbando, la voz de Lliberada –qué nombre liberal, además– resulta que está interesando a gente de Malasia, México, Filipinas, Colombia, Costa Rica, Miami... donde despierta auténtica veneración. Esta mujer (www.lliberada.org) genera tanto interés que sus devotos ahora piden reliquias. Pero la Santa Sede acaba de publicar una Instrucción para la conservación y autenticidad de las reliquias a la Iglesia. Es un documento oficial de la Congregación para la Causa de los Santos en que queda determinada la prohibición de vender reliquias. No se puede comerciar con ellas ni exponerlas en lugares no autorizados. No nos debería chirriar que si en Internet se puede comprar de todo, también haya quien busca reliquias de santos.

Los devotos de Lliberada pueden pedir reliquias, pero no las recibirán por correo expreso. Este texto vaticano limita los deseos de tanta gente por el mundo que querría reliquias de esta habitante de la Garrotxa, pobre, enferma, visionaria y quizás un día santa. Interpela constatar que Catalunya ha generado tantos testimonios que con su vida y muerte han llegado a conmover a gente lejana. La suya es una historia al calor de la lumbre que nos hacía abrir los ojos de par en par: pobreza, enfermedad, visiones, santidad. Porque no olvidemos que Lliberada solo era una mujer de Olot, un posible personaje de Dickens, una hija real, pobre, trabajadora de una Catalunya de belén.

Míriam Díez
Opinión Tiempo de melones y sermones Míriam Díez