Los buenos equipos acabando siendo grandes equipos cuando los integrantes confían suficientemente los unos con los otros para renunciar al "yo" en favor del nosotros. Si eres bueno y sabes que puedes ganar, tienes que ser inteligente y magnánimo para entenderlo y no dejarte agobiar por un solipsismo egoísta. Es una suma o una multiplicación que no todo el mundo está dispuesto a sostener. Michael Jordan lo defendía, y su pensamiento positivo se ejemplariza en el libro Canastas sagradas. Lecciones espirituales de un guerrero de los tableros, un escrito de Phil Jackson y Hugh Delehanty que me regaló un amigo con quien comparto disquisiciones espirituales, complicidades profesionales y batallas diversas. No me lo ha dado por mi afición al baloncesto, sino porque trabajamos juntos y ha intuido que podría encontrar alicientes para comprender mejor qué espiritualidad pueden destilar unos jugadores obsesionados con encestar una pelota. Yo no entiendo, de baloncesto. Los únicos partidos que miro con interés son los que protagoniza mi sobrino Martí. Eso no me priva de captar la magia que se crea ni admirar las lecciones que proporciona un deporte en equipo. No me esperaba encontrar en el libro de un entrenador de la NBA al Espíritu Santo, la personificación de la religión en la figura de Jesucristo del cristianismo, la predominancia de la conciencia en el budismo zen o la fuerza de la colectividad de los indios nativos norteamericanos... Y sin embargo, es evidente que el espíritu no se deja encapsular en la jaula del cuerpo de carne y huesos. Las personas somos más. Los que lo descubren, lo potencian y lo saben dar a otros, acaban en la NBA o siendo el Papa de Roma. Cuando se combinan los dos, el resultado es un encuentro casi místico de campeones que se saben al mismo tiempo pequeños grandes personajes revestidos de responsabilidad. Lo que digan o hagan será emulado, o contrarrestado por la opinión pública mundial. Esta semana el Papa Francesc se ha encontrado precisamente con algunos integrantes de la NBA. El interés del Papa Francesc por la NBA no es debido a su admiración por los éxitos conseguidos ni a los trapicheos técnicos que hayan conseguido implementar en el terreno del juego, sino por las personas que forman parte. Gente que ha aprendido con sacrificio y disciplina (y con mucho talento, también), que sabe ganar y poner también su excelencia al servicio de los otros. En este caso, con fundaciones para personas vulnerables de los Estados Unidos.

El espíritu humano disfruta de un potencial infinito, pero para llevarlo a cabo tiene que renunciar al individualismo y repartir juego. El Papa Francisco acaba de reunirse con los deportistas para discutir con ellos sobre los talentos y la justicia social. Estos jugadores no sólo juegan. Con sus fundaciones son referentes para tantos niños y niñas que quieren ser como ellos, quieren jugar como ellos, quieren ganar y saber perder como ellos. Michele Roberts, directora ejecutiva de la National Basketball Players Association, pensó que le hacían una broma cuando recibió una invitación del Papa para ir a Roma. También Kyle Korver, uno de los jugadores, tampoco se lo creía. Al insólito encuentro papal de esta semana, Korver llevó la camiseta de Black Lives Matter, la consigna militante que proclama que las vidas negras importan. He escrito ya 20 líneas y no he explicado que los jugadores presentes con el Papa, y también la directora Roberts, eran negros, afroamericanos. Todos ellos son referentes en la lucha contra la lacra racista que no abandona el territorio americano. Los nombres de dos personas asesinadas impunemente como George Floyd o Jacob Blake resonaron dentro de las paredes vaticanas. En Roma se ha hablado de justicia social, pero también de talento y ejemplo. El deporte como paradigma de una sociedad que coopera.

Phil Jackson, entrenador de los Chicago Bulls, y uno de los acumuladores de éxitos en la NBA, hizo trabajar a sus equipos con una mezcla de disciplina, posicionamiento del talento donde hacía falta en cada momento y no solo inspirándose en la lógica deportiva, sino también en principios de los nativos americanos y de la sabiduría oriental. Cuando en un partido los jugadores lo miraban, buscando su aprobación, él les comunicaba con la mirada que se independizaran, que pensaran por ellos mismos, que se desconectaran del entrenador para conectar con ellos mismos y con el resto del equipo. Saber procurar por uno mismo, ser autónomo, pero reconocer siempre un cordón umbilical que nos vincula a los otros. Saber estar solo y al mismo tiempo ser conscientes que aquel acierto es inexorablemente fruto de la ayuda indispensable de los otros, aunque siempre luzca. Otra lección es no dejar que nada enturbie la mente y ser consciente de todo, sobre todo de los tiempos. La enseñanza que se desprende de estas reflexiones de entrenadores y jugadores es que el poder del nosotros es superior al poder de uno mismo. El baloncesto forma parte de la cultura del ego, y canalizar este potencial individual en favor del bien común es un arte que sólo los mayores, que se han hecho pequeños, pueden conseguir. No es falsa humildad: es necesaria inteligencia colectiva.

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