Canta el poeta que no hay vivencia más triste que ser ciego en Granada. El amor por lo que es nuestro nos lleva a magnificar nuestras tradiciones, a veces por encima de las de los otros. Para los gerundenses, perderse las Ferias de Sant Narcís y no estar en la ciudad estos días es un mal trago. Primero, porque la gente de fuera de Girona en esta época de otoño utiliza palabras como castañada, o Halloween, conceptos que a los gerundenses nos resultan ajenos, nos chirrían. Y segundo, porque cuando no estás aumenta la nostalgia de cuando sí vivías estas fiestas, y aún se hace más insoportable. Ya hace tiempo que por motivos diversos no estoy en las Ferias in situ, y sólo me consuela pensar que es porque estoy en otro lugar viviendo alguna experiencia que intenta compensarlo.

Escribo desde Viena, donde 200 personas de todo el mundo —con especial énfasis de países árabes— hemos estado discutiendo sobre discursos del odio, lo que en las redes sociales llamamos el hate speech. El encuentro ha sido iniciativa del centro KAICIID, que en colaboración con las Naciones Unidas ha hecho de la lucha contra el discurso del odio una de sus prioridades. La atención se ha fijado en la responsabilidad de los medios de comunicación, de los políticos y de los líderes religiosos. He podido presentar una iniciativa estudiantil catalana, la campaña online Be The Key (sé la clave), que estudiantes de periodismo y de relaciones internacionales de la Universidad Ramon Llull están llevando a cabo en las redes sociales (Twitter, Instagram y Facebook), con actividades también en el Raval de Barcelona.

La idea es simple, pero potente: todo el mundo puede ser clave para luchar contra el discurso del odio, y hay algunas personas y entidades que son especialmente significativas y un buen ejemplo, tanto por lo que son como por lo que hacen. La campaña ha recibido apoyo de Facebook y de la fundación Convivencia y Pluralismo. Los alumnos han pedido a personas de todo el mundo que envíen fotografías con una llave y organizan encuentros con influencers musulmanes para debatir juntos qué hay que cambiar con el fin de forjar una sociedad donde la convivencia no sea una concesión. También se ha trabajado con la Wikimedia con el fin de enriquecer textos relacionados con el Islam, en diferentes idiomas, y ahora organizarán unas sesiones en que personas clave del mundo musulmán grabarán su voz leyendo algunos conceptos clave en el Islam y los colgarán en la web a fin de que personas que no ven puedan escucharlo.

Hablar de paz y seguir alimentando la industria de las armas no es compatible, y alabar la convivencia y seguir negando derechos fundamentales no es coherente. Como tampoco lo es hablar de diálogo y ridiculizar las ideas de los demás

El éxito de la iniciativa es, por un lado, que son los mismos estudiantes los que reaccionaron después de los atentados terroristas de Barcelona, así como la dimensión internacional del proyecto, que ha sido presentado en la ONU, en el Parlamento Europeo y en lugares como Serbia, Grecia, Egipto, Finlandia o el Reino Unido. Es un proyecto replicable, porque todo el mundo tiene una historia o conoce a alguien que es realmente la clave.

Una de las conclusiones de la campaña es que hablar del Islam genera automáticamente percepciones sesgadas. En segundo lugar, que es muy difícil ser receptivo a las historias de los otros. Y una tercera, que no estamos preparados de manera práctica para vivir en paz la diferencia. No sólo con el Islam. Me comentaba el rabino de Amsterdam que él, en su propia ciudad, es considerado un extranjero, y que le preguntan cómo se siente en Amsterdam, o le invitan a cenar y le aseguran que habrá comida kosher y después le comentan que no ha sido posible. Para mi amigo rabino, comer kosher o no no es una frivolidad o una moda, sino que forma parte de su religión, y resulta que el derecho a practicar la propia religión viene regulado y no es una manía suya. Anna Stamou, líder de los musulmanes en Atenas, me explica que los griegos, de mayoría ortodoxa, son más comprensivos con las necesidades alimentarias de los musulmanes, y no critican el sacrificio animal, porque resulta que ellos los matan de la misma manera desde hace siglos, y eso forma parte de su tradición mediterránea helénica, que tanto nos gusta y nos atrae cuando vemos anuncios de yogures.

No podemos hablar de convivencia —los políticos no paran de hacerlo— y después no poner las condiciones para que esta sea factible. No es posible internacionalizar nuestras instituciones, empresas y entidades y no estar preparados en aspectos tan básicos como horarios, comidas u otras necesidades logísticas. Ni sin ser cuidadosos con las frases hechas que muchas veces estigmatizan al otro. No somos kosher, puros e inmaculados. Y sí, cuando vas por el mundo te preguntan por Catalunya y lo que estamos viviendo, pero inmediatamente después de explicarte te das la vuelta y eres tú quien pregunta a los otros comensales por la República Centroafricana, por Siria, por el Yemen. Y sí, todo está por hacer y todo es posible, pero hablar de paz y seguir alimentando la industria de las armas no es compatible, y alabar la convivencia y seguir negando derechos fundamentales no es coherente. Como tampoco lo es hablar de diálogo y ridiculizar las ideas de los demás.

Quien esté libre de pecado, ya sabe qué tiene que hacer.

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