En la actualidad la política catalana está atravesada por dos pulsiones. Ratificar la República, que para unos cuantos habitantes de las redes sociales es ya un hecho bien patente, por una parte. Procurar mantener lo que tenemos y ponerlo al servicio de cuántos más ciudadanos mejor, de otra.

Los que mueven los hilos, es decir los políticos, no son en realidad tan radicales. Hay bastantes cruces, aunque la respectiva línea teórica  mayoritaria es la que dicen seguir unos y otros.

En esta pulsión, el mientras tanto es contrario al momentum, casi tan malo como la traición o el mil veces denunciado autonomismo genético; grotesca acusación en boca de muchos. Del momentum ya no queda ningún memento (recuerdo) y el mientras tanto es la antiépica de tipo.

Sucede, sin embargo, que, incluso dejando de lado la pandemia que nos asfixia  —y no​ aflojará ni hoy, ni mañana ni pasado mañana— y la que está cayendo, para llegar a la República, en la República con mayúscula, hay que tener un sólido mientras tanto.

El momentum es, al fin y al cabo, el mientras tanto. Mira por dónde. Sin una caja y una administración razonablemente potentes, ningún camino hacia la República parece razonable. Salvo milagros, claro está, recurso retórico siempre disponible y siempre con un mercado dispuesto a comprarlos. Fácil no es ni lo será. En ningún sitio está escrito, sin embargo, que deba ser fácil.

Pasamos de la arenga republicana, grata a los oídos, al pesado gris de la administración de la escasez con demandas crecientes sin traba. Este es el dilema de la política cotidiana. O épica o realidad. Eso, sin embargo, no quiere decir que los políticos se tengan que convertir en eficientes contables o administradores del ir haciendo.

Los políticos de primera inundan de épica, de ilusión realista, de salto de progreso efectivo, el quehacer diario. Mantienen así con fundamento la espesa tarea política del día a día, que es como el telar de Penélope, eterno hasta la llegada de Ulises.

El mientras tanto resulta irrenunciable y necesaria, pero no es suficiente. El verosímil sueño que impulsa los pueblos es el hilo que teje la realidad hacia su destino.

A lo que falta, llámalo político. O llámalo sastre.

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