Cuando era pequeña, el abuelo paterno, el único que he conocido, era lo más parecido a un héroe que tenía. Le falta la tercera falange del dedo pequeño de la mano derecha. Se lo quitó una máquina mientras trabajaba "haciendo tanques para la NATO" en una acería del Ruhr. Sacó la mano cuando la máquina todavía giraba. Un compañero suyo la apagó, "y le dieron un premio por haber salvado al español", recuerda sarcástico.

Si tienes tiempo y se lo pides, el abuelo te explicará su opinión sobre el porqué del milagro alemán posterior a la Segunda Guerra Mundial. También del chino. "Los ayudamos a montar máquinas y nos las copiaron". El abuelo tiene la habilidad de hacerse entender allí dónde va, y también de reparar todo tipo de artefactos. Por eso, la fábrica donde trabajaba, la Rius, lo enviaba a viajar por el mundo. A China ha ido muchas veces. Cuando volvía, traía vestidos chinos, muñecas de porcelana y una desconfianza hacia los japoneses. Trataban muy mal a los chinos. También se traía carretadas de pomada china. La utilizaba para todo. ¿Tienes un morado? Pomada china. ¿Dolor muscular? Pomada china. ¿El pecho lleno de mucosidades? Pomada china. ¿Dolor de barriga? Pomada china. Que yo recuerde, el abuelo ha viajado por Zimbabue, Ecuador, de donde nos trajo unos muñecos de Los Picapiedra, y México. De este último lugar conserva una camiseta con un maya. De pequeña me explicaba que en los viajes había comido de todo: escorpión, cocodrilo, perro... No sé si es verdad. Prefiero pensar que sí.

Cuando íbamos a comer en su casa, siempre había puesto el Walker, el ranger de Tejas. Le encantan las películas de acción, las de antes –cuándo se hacían películas de verdad- y las de romanos. Nos grababa con cinta VHS las que le pedíamos. Me grabó E.T., pero no calculó bien el tiempo y la grabación se paró justo en el momento final en que se abren las puertas de la nave. Un instante después, en la pantalla del televisor aparecía el metraje de la cinta sobre la que el abuelo había grabado la película: los Manolos cantando Amigos para siempre. He visto E.T. mil veces, pero no sé cómo acaba de verdad. El final que el abuelo montó accidentalmente es el mejor de los finales posibles.

Cuando se jubiló, temía aburrirse. El miedo muy pronto se aguó. Se convirtió en el delegado de mi equipo de waterpolo, donde más tarde jugó mi hermana mediana. Tendía los sombreros en casa y preparaba el Isostar, la asquerosa bebida energética que bebes en los descansos de los partidos. Durante la época en que ganábamos títulos, las compañeras del equipo le regalamos una pelota con nuestras firmas. Todavía la tiene exhibida en una estantería, ya medio desinflada, al lado de los premios que ganó el tío, el tete, cuando era waterpolista. El abuelo también era el chófer de los cinco nietos. De vuelta del entrenamiento, siempre me tenía preparada una tableta de chocolate blanco. Hace poco descubrí que a mi hermana pequeña le daba chicles de fresa cuando la pasaba a buscar por el conservatorio de música.

Durante la infancia, a los hombres de la familia los he valorado por lo que hacían, tengan que ver conmigo o no. A las mujeres, por lo que me daban. Ha sido injusto para ellas

El abuelo siempre ha estado unido a la abuela. Son, prácticamente, un mismo ser. No se separan nunca. Incluso, cuando uno ha sido hospitalizado y el otro no, se han ido a ver cada día. Su historia es como los diez primeros minutos de la película UP, pero desarrollándose cada segundo, cada minuto, cada día, cada semana y cada mes del año. Durante muchos años. Si el amor de mamá y papá es un referente inmediato, la relación entre la abuela y el abuelo es la prueba de que hay historias que duran para siempre. Es bonito, sí, pero fastidia un poco. No es que yo aspire a tener las mismas relaciones amorosas que han tenido progenitores y antepasados. Siempre he ido a lo mío en estos temas. Pero quiero tener la posibilidad de vivirlas si lo decido. En una época de relaciones líquidas, muchas marcadas por la precariedad que impide planificar nada a largo plazo, es difícil.

Escribo el texto justamente en casa de los abuelos. Antes hemos desayunado –le he traído un cruasán y un cacaolat– y le he ido a buscar unos papeles a la doctora. Mientras escribo, ordena los armarios. He comido con él para hacerle compañía, pero también, un poco sólo, para ver si así es más fácil que se me dé permiso para publicar todo esto. Igual que papá, el abuelo es muy discreto. Si de pequeña era mi héroe por los viajes que hacía, ahora, de mayor, lo he aprendido a apreciar por otras cosas. Durante la infancia, a los hombres de la familia los he valorado por lo que hacían, tengan que ver conmigo o no. A las mujeres, por lo que me daban. Ha sido injusto para ellas. El amor hacia la madre y las abuelas ha sido más volátil, condicionado por necesidades personales, materiales y afectivas que se daban por supuestas que ellas tenían que satisfacer. El amor hacia el padre y el abuelo ha sido más incondicional, a menudo basado en cierta idealización.

De mayor, sin embargo, la perspectiva cambia. Podríamos decir que la abuela y el abuelo son personas que, cada uno a su manera, ha tenido éxito a la vida. Tienen hijos y nietos que lo dejan todo, incluso atraviesan media Europa, para estar a su lado para lo bueno y para lo malo. Viendo cómo será el mundo que vendrá, es una de las cosas más elevadas a las que podemos aspirar cuando seamos mayores.

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