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El pasado miércoles, frente a la comisaría de la Policía Nacional situada en la calle Balmes, un hombre fue ejecutado por un sicario, lo que demuestra la impunidad con la que vive el crimen organizado en Barcelona. Cuando tienes los santos cojones de matar a alguien a pocos metros de los cuerpos de seguridad del Estado, es que te sientes protegido por un sistema que ha hecho de Barcelona uno de los epicentros del narcotráfico internacional. Y desde el 1 de enero de este año, ya son seis las ejecuciones a consecuencia del enfrentamiento entre unas bandas mafiosas que han convertido Catalunya en la llamada "huerta de la marihuana".

Hace unos días, volví a ver una película francesa llamada Le French, que aquí titularon gloriosamente como Conexión Marsella. La película —magnífica—, dirigida por Cédric Jiménez e interpretada por Jean Dujardin y Gilles Lellouche, narra la lucha del magistrado Pierre Michel contra Le French, que es como en el país de Brassens se conoce a la mafia marsellesa relacionada con el tráfico de heroína. El enemigo a batir por Michel es Gaëtan "Tany" Zampa, el gran padrino, personaje interpretado por Gilles Lellouche. Tanto Pierre Michel como Gaëtan Zampa fueron personajes reales en una Marsella de buenos y malos, con ejecutados y ejecutores, con héroes y malvados. La heroicidad de Michel se vio interrumpida abruptamente el 21 de octubre de 1981, día en que fue asesinado por un sicario. Buscando en la hemeroteca, encontré una información dedicada al magistrado, publicada en El País el día después de su ejecución. "Juez muerto a tiros en Marsella", reza concisamente el titular. Afortunadamente, gracias a películas como Le French, podemos sacar del anonimato a Pierre Michel y colocarlo en el lugar de la historia que se merece. Con el asesinato sucedido el pasado miércoles, Barcelona —capital de esta huerta de marihuana— cada día se parece más a esa Marsella contra la que luchó el magistrado ejecutado.

Si viajamos a tiempos pretéritos, recordaremos que el cultivo de la marihuana empezó en Catalunya como un juego casi amateur entre pequeños productores que vendían su producto empleando a amigos y conocidos, con un rollo de colegueo muy alejado de la profesionalidad delictiva actual. Esta pequeña red de productores fue el inicio y lo que despertó el interés de las redes internacionales, que encontraron en Catalunya el lugar perfecto para el arraigo de macroplantaciones, narcobúnkeres y la distribución a gran escala de la marihuana. Desde entonces y paulatinamente, en Catalunya se han ido instalando sucursales del cártel de los Balcanes, de la mafia turca, de la Camorra napolitana y de la DZ Mafia, esta última, con sede en Marsella y heredera de la organización que ordenó matar a Michel como representante de tantos magistrados caídos en la batalla. Catalunya todavía no es Marsella, pero le sigue el rastro a pasos agigantados. Si esta red logra romper la cuarta pared expandiendo sus tentáculos dentro de los poderes fácticos del país mediante la corrupción, difícilmente la podremos extirpar. La guerra de sicarios por el control del territorio es un aviso para navegantes.

Han convertido Catalunya en la llamada 'huerta de la marihuana'

Popularmente, la marihuana ha sido tratada desde un buenrollismo incomprensible. ¿Quién no ha soñado con irse un fin de semana a Ámsterdam para recorrer los coffee shops? ¿Quién no asocia la diversión con el consumo de marihuana? La marihuana y el hachís han sido englobadas dentro del grupo de drogas blandas con una frivolidad poco comprensible, si nos atenemos a la nocividad que ocasiona su consumo. Evidentemente, la legalización de la marihuana debilitaría el poder de los cárteles de la droga instalados en Catalunya, pero hay una realidad demostrada y mucho más cotidiana: el consumo de marihuana extravía horizontes y destruye vidas de hijos, padres, familiares, vecinos y conocidos, y no se puede exigir su legalización desde la trivialidad.

Estuve cuatro meses ingresado en un centro de rehabilitación. Yo llegué allí por el consumo de alcohol, como casi todos los hombres de mi generación que habían admitido su condición de alcohólicos ingresando en un centro para tratar de rehacer su vida. Y, como ingresado, comprobé que las adicciones iban por generaciones y por géneros. Muchas mujeres de mi edad ingresaban por una adicción incontrolada a las benzodiazepinas; los miembros de la generación X y los millennials, a la cocaína, y muchos jóvenes, a la marihuana y al hachís. Evidentemente, esta distribución generacional y por géneros no es una regla exacta, pero se acerca, y desde mi experiencia como ingresado puedo afirmar que los pacientes más difíciles de salvar fueron los adictos a la marihuana y al hachís. Entraban en el centro inmersos en una nube mental que requería de un gran esfuerzo por parte de los terapeutas, y los que salían adelante tardaban un mínimo de tres semanas en poder participar en las terapias. El tiempo necesario para poder recobrar la razón, la memoria y poderlas organizar siguiendo las mínimas reglas de la sintaxis. No todos lo lograron. Algunos de estos jóvenes llegaron demasiado tarde al centro para poder escapar de la nube mental en la que los había colocado el consumo diario de cannabis, y ahora viven en una realidad paralela de la que, seguramente, nunca podrán regresar. Recuerdo el caso de un chico que, con todo el dolor del mundo, fue entregado por la terapeuta a sus padres como quien entrega un muerto en vida.

Estos días, la marihuana es noticia por la guerra entre clanes mafiosos asentados en Catalunya, conflicto evidenciado con la ejecución de un narco frente a la comisaría de la calle Balmes. El consumo de la marihuana, sin embargo, no es solo una cuestión de cárteles y de sicarios, sino también de consumidores que ven, calada tras calada, cómo su vida se trunca, en muchos casos, irreversiblemente.