A veces, al intentar filigranas, Miquel Iceta acaba equivocándose. Ha sido lo que le ha sucedido con la cuestión del catalán en la escuela y el llamamiento del PSC a "flexibilizar" la inmersión, toma de posición interpretada por muchos, también dentro del PSC, como un ataque a un sistema del cual los socialistas son corresponsables.

Acto seguido, al recordar el PSC que Catalunya es una nación y que en el estado español no hay solamente una nación, Iceta ha irritado a los que habían aplaudido que pusiera en cuestión la inmersión y que asegurara ―sin base― que el soberanismo se había apropiado del catalán y había dividido el país con respecto a la lengua. Como única prueba de esta acusación, el primer secretario del PSC mencionó el manifiesto del Grupo Koiné, presentado en el 2016 (!).

En fin, todo ello, una operación desafortunada y onerosa para los intereses políticos y electorales del PSC, siempre atrapado entre su base social catalana y el PSOE. Es difícil, quizás imposible, servir a una y otro al mismo tiempo.

La prueba ―otra― son las duras críticas que le han dirigido tanto Javier Lambán, presidente de Aragón, como Emiliano García-Page, de Castilla-La Mancha, los dos del PSOE. El último ha denunciado una supuesta complicidad de Iceta con los independentistas y, refiriéndose a un posible acuerdo con ERC, ha soltado, con mal gusto, que no quiere "vaselina" como regalo de Reyes.

Lambán, por su parte, ha calificado al socialista catalán de supremacista. Refiriéndose a Iceta, Lambán espetó literalmente: "El supremacismo, por desgracia, está haciendo estragos en Catalunya". Una acusación esta, desde mi punto de vista, gravísima.

Utilizar el calificativo supremacista supone, además, ofender a las víctimas del supremacismo real; desde los esclavos en los Estados Unidos hasta los judíos asesinados durante el Holocausto

De hecho, era de esperar que algún día alguien tildara a Iceta ―que dirige el PSC más ligado al PSOE de la historia y que se tragó el 155― de supremacista catalán. Pero todos habríamos apostado a que el insulto lo lanzaría algún exaltado o exaltada del trío de la derecha silvestre y no un compañero socialista.

Que Lambán, por otra parte, un tipo más bien mediocre, se atreva a tanto, significa unas cuantas cosas.

La primera de ellas, que el presidente aragonés es, como quien dice, alguien de moral muy fina y un irresponsable. Utilizar el calificativo supremacista supone, además, ofender a las víctimas del supremacismo real. Desde los esclavos en los Estados Unidos hasta los judíos asesinados durante el Holocausto, pasando por los millones y millones de habitantes de países colonizados, entre ellos los colonizados por España.

Asimismo, si Lambán dice lo que dice es porque cree que entre las bases socialistas de Aragón y de España, en su conjunto, hay muchísima gente que conecta con eso, que lo comparte. Es decir, que ve el PSC más como un partido 'catalán' ―y, por lo tanto, que se puede despreciar― que como una formación correligionaria, socialista.

Es verdad que Lambán y compañía no tienen el timón del PSOE, una vez Pedro Sánchez se ha asegurado de controlar el partido. Eso no quiere decir, sin embargo, que la catalanofobia no esté muy extendida entre los que votan socialista, catalanofobia a la que ha contribuido, entre muchos otros, el propio Sánchez.

Una catalanofobia que ahora, como vemos, se gira contra él y le dificulta las cosas. Una catalanofobia que une transversalmente buena parte de los votantes ―y de los dirigentes― del PSOE con los de PP, Vox y Ciudadanos.

Javier Lambán es un político chusquero (ha trabajado y vivido por el PSOE prácticamente toda la vida) y con un instinto político desarrollado, cosa que le ha permitido ir prosperando. El primer cargo institucional que tuvo, en 1983, fue el de concejal y teniente de alcalde de su pueblo, Ejea de los Caballeros, responsabilidad a la que accedió poco después de licenciarse en Filosofía y Letras en ―sí― la Universitat de Barcelona.

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