El origen del artículo —porque es bueno citar las fuentes— lo encontraréis en un extraordinario artículo de Ana Palacio en El Mundo del sábado 22 de agosto. No soy lector de El Mundo, pero no me pierdo ningún artículo de ella; suelen abrirme nuevos horizontes. Con su dilatada experiencia en el mundo político, su infinita cultura y su prosa casi poética y espiritual, malgré elle, es capaz de convertir una reflexión en un pequeño tratado político. Y, justamente, en su artículo hablaba de los horizontes de Ulises y los límites de nuestra civilización actual.
Sirva el artículo de Ana —si lo queréis ir a buscar— como introducción del mío, en el que solo quiero ayudaros a reflexionar sobre estos dos conceptos: los límites y los horizontes. Y que hagáis, si os atrevéis, el ejercicio de ponerlos a prueba con vuestra forma de ver la política. Para hablar de límites y horizontes habría podido elegir la vida, la amistad, la trascendencia o cualquier otro tema. Elijo la política porque también forma parte, nos guste o no, de nuestro día a día. Y de nuestro horizonte vital. Empecemos, pues, la reflexión.
El horizonte nos da, de entrada, una medida de lo que podemos abarcar con la mirada. Pero también existen horizontes temporales. Espacio y tiempo, un par de conceptos filosóficamente apriorísticos o, dicho de otro modo, que nadie discute. Tenemos un tiempo y un espacio para vivir. Una vez que somos más conscientes de estos dos horizontes, empezamos a intuir más. Lugares donde ir, cosas que hacer, personas que conocer, un mundo por descubrir. De jóvenes, los horizontes tienden al infinito. De mayores, se ensanchan y a la vez se acercan. En política, para aterrizarlo, son las ideas que nos hacen ver hacia dónde queremos ir. Las ideologías son nuestros horizontes políticos. Son los viajes que querríamos emprender, definen los grupos que queremos que nos acompañen, las ideas que aplicaríamos, las acciones conjuntas que nos gustaría llevar a cabo. Una Catalunya independiente, una Catalunya sin inmigración, una Catalunya sin desigualdades, una Catalunya con turismo de calidad. Una Catalunya con menos impuestos, o con una enseñanza no solo gratuita, sino de calidad. Una Catalunya con transporte público de verdad, o una Catalunya dentro de una Europa más operativa. Todo esto son horizontes que vamos construyendo mentalmente y que nos permiten mantener la esperanza de un mundo políticamente mejor para todos. Los horizontes no exigen muchas concreciones, y permiten poner mucha imaginación, aunque a veces no seamos capaces de ver más allá de nuestras narices.
A mí me preocupa cómo acabaremos construyendo el futuro de nuestro país y de nuestra civilización. Por eso pido horizontes realistas y solo los límites imprescindibles
Pero he aquí que la realidad nos impone límites. Y muy a menudo no solo es la realidad la que nos limita, sino nosotros mismos. La convivencia, por suerte, pone límites a muchas cosas que no funcionarían sin un orden explícito lleno de límites. No podríamos conducir sin unas reglas de tráfico, ni convivir sin un código civil. El Estado bien organizado es un compendio de límites, y la política parlamentaria democrática se pasa el día poniendo normas y más normas, que no son otra cosa que límites a nuestra desbocada capacidad de chocar los unos con los otros. En política, los liberales quieren pocos límites, y los comunistas, todos los límites posibles. Los socialistas optimizan los límites y los democristianos los matizábamos.
Podría seguir mucho rato porque, como veis, casi todo se puede ir definiendo a partir de los límites y de los horizontes. Termino. Si todavía tenéis paciencia, analizad qué horizontes proponen los partidos políticos y qué límites usan para definirlos. En general, veréis cómo los políticos idealistas hablan de horizontes; los demagogos, de límites, y los tecnócratas, de los límites de los horizontes. A mí me preocupa cómo acabaremos construyendo el futuro de nuestro país y de nuestra civilización. Por eso pido horizontes realistas y solo los límites imprescindibles. No se puede construir sin proyectar, pero tampoco se puede construir con reglas que hagan imposible levantar una pared sin tres millones de permisos. No tengo prisa por construir, pero si no nos damos prisa con algunos temas, como por ejemplo la gestión de infraestructuras, no habrá ningún horizonte adonde ir porque solo podremos llegar caminando, y a duras penas. Votad con los horizontes de vuestro corazón y los límites de vuestra razón. No queráis poner límites al corazón o razón a los horizontes. Votad con el corazón de los horizontes de Ulises, como diría Ana, pero con los límites de la razón de nuestra ilustración.