Muy de vez en cuando, la prensa cultural del país (generalmente ocupada en regurgitar notas de prensa mal redactadas y dotada de una crítica literaria que descubre cada semana un libro digno del premio Nobel) vive una especie de resurgimiento intelectual y nos regala el favor de alejarnos de la ufanía. Ayer mismo, la mayoría de medios de la tribu se hacían eco de un estudio de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL) según el cual el 49,4% de los libros publicados en el Estado no consiguen vender ni un solo ejemplar. A su vez, un 13% de libros solo alcanzarían el éxito de vender uno solo (supongo que los autores en cuestión no disponen de familia y/o amigos) y un 20% no pasan de la decena; los libros que sobreviven la siesta comercial son solo el 4,5% de volúmenes con el mínimo de un centenar. La industria editorial, por lo tanto, sobrevive con la mitad de materia inerte.
En este sentido, estamos ante un delirio económico que certifica el áurea de un producto como el libro, pues solo un objeto con cierta legitimidad inherente (con un tufillo de bien cultural necesario, para entendernos) es capaz de sobreponerse a estas cifras; no creo que los vendedores de zapatos o los carniceros, por poner ejemplos de otros ámbitos, vivieran muy felices con la mitad de bambas o filetes descansando en un almacén o en la papelera. La equiparación precedente es un pelín cutre, puesto que, a diferencia de otros productos, los libros son fáciles de triturar, con lo cual las novedades literarias —como saben nuestros sufridísimos libreros— pueden sustituirse rápidamente por otras adquisiciones, hechas con el mismo papel de los libros muertos. Sea como sea, la industria editorial satisface el sueño húmedo del capitalismo; se erige, literalmente, vendiendo productos prescindibles.
Los culturetas de la nación deben sentirse bastante preocupados; como sabe cualquier prosista de nuestra tierra, la mayoría de nuestras novelas (a no ser que toquen un tema de actualidad candente como la menopausia o que estén escritas por una celebrity de los medios) suelen tener una semanita de vida después de su presentación. Por otra parte, los lectores ávidos del país sabemos que la situación actual es un poco la de siempre; la peña que leemos somos cuatro gatos, pero muy militantes. Sin embargo, nuestra literatura ha experimentado un cambio muy positivo; a saber, la mayoría de la gente cada vez escribe mejor y está mejor formada, con lo que no es extraño que nuestra literatura produzca una treintena de libros notables cada año (a todo esto hay que añadirle el esplendoroso momento que vive la traducción en Catalunya), con lo que la voracidad lectora es casi imposible de alcanzarse.
Si los gobiernos sufragan la pesca de la merluza o las putas del exministro Ábalos..., pues ya me dirás por qué no nos pueden ayudar a traducir Cărtărescu
Cuando charlo con amigos de editoriales independientes —desbordados de trabajo y gastando lo que les resta de juventud en no ser absorbidos por un grupo editorial de gran alcance—, la mayoría me dicen que sus empresas no podrían salir adelante sin la ayuda de las subvenciones. Hay muchos correligionarios liberales que se asustan por esta dependencia de lo público (y mi alma también lo hace, en parte), pero diría que, si los gobiernos sufragan la pesca de la merluza o las putas del antiguo ministro Ábalos..., pues ya me dirás por qué no nos pueden ayudar a traducir Cărtărescu. En cualquier caso, estas cifras chocan de frente con los datos de hábitos de lectura, que certifican que un 70% de ciudadanos lee habitualmente, y también con las cifras de las últimas campañas navideñas, que sitúan el aumento de ventas en torno al 5%. No soy docto en la numérica, pero entre los fatalistas y los optimistas hay alguien que nos miente.
Ante la eterna pregunta de si se publica demasiado, pues, habría que responder doblemente. En primer término, y dado que la mitad de los libros producidos no acaban comprándose (ni, por lo tanto, leyéndose), la afirmación se impone. Pero también hay que decir que la industria ha encontrado un equilibrio entre estas toneladas fast book que nadie se come y la novedad desaforada de buenos libros que produce el mercado, algunos de los cuales tienen mucha más aceptación de lo que parece. Esto explica la distancia cada vez mayor entre los grupos editoriales totémicos, que son capaces de ejercitarse en la ametralladora de novedades a la espera de que una de ellas toque la campana del dólar, y los sufridísimos editores independientes que cuidan su catálogo, intentando que cada nuevo libro encuentre un público. Por eso resulta óptimo que estas empresas unan fuerzas, se ayuden en asuntos como la distribución y reivindiquen un orgulloso elitismo.
Ahora que empezamos a poner en duda el alma ufana del sector del libro, también valdría la pena que los periodistas de la culturilla se esforzaran un poco más y revisaran lo que se nos ha vendido como el éxito incuestionable de iniciativas como el Plan Nacional del Libro y de la Lectura de Catalunya, entre otras mandangas similares. Sé que esto implicaría meterse en política, lo que quiere decir meterse en problemas; pero nos harían un inmenso favor y así se distraerían, porque copiar notas de prensa cada día debe ser la mar de aburrido.
