Ayer el Congreso de los Diputados aprobó la ley contra la multirreincidencia. Una ley es una herramienta, no es un eslogan. Una ley es la diferencia entre gobernar o gritar. Entre arreglar el qué o explotar el quién. Es una ley impulsada por alcaldes. Durante demasiados años, el debate sobre seguridad se ha movido entre quienes convierten el miedo en identidad política y quienes niegan cualquier problema por incomodidad ideológica. Mientras tanto, impunidad para los ladrones y vecinos y alcaldes sin ninguna solución.
El qué: la multirreincidencia era un problema legal conocido. Jueces, fiscales y policías advertían de que el sistema no funcionaba. Pero la política prefería discutir intenciones antes que normas. Más declaraciones que reformas. Más moral que código penal. Esta ley impulsada por Junts acaba con que los detenidos entren por una puerta y salgan por la otra porque el delito cometido no estaba reconocido o penado. Con este vacío legal, muchos ladrones habían hecho del pequeño hurto su modo de vida. Los datos de reincidentes, de delitos cometidos, de detenciones sin ninguna consecuencia son una barbaridad. Con esta ley se ha acabado la impunidad. Una impunidad que afectaba gravemente a la convivencia y causaba mucha sensación de inseguridad. Enhorabuena a quienes la han impulsado y a quienes han hecho posible su aprobación. Todo el mundo debería estar contento, pero no es así. ¿Por qué? Porque no todo el mundo hace política centrado en el qué. Es decir, en qué no funciona y en qué hay que hacer para arreglarlo.
Con esta ley se ha acabado la impunidad. Una impunidad que afectaba gravemente a la convivencia y causaba mucha sensación de inseguridad
El quién: Hay dos “quién” que condicionan la acción política de muchos partidos. Unos prefieren señalar culpables. Su negocio es el quién. El relato necesita un rostro, un origen, un enemigo. No necesitan soluciones porque la solución mata el relato. El populismo vive de la repetición del conflicto. No quiere acabarlo, quiere explicarlo cada día. La ley quita combustible a la indignación permanente. Cuando hay norma, el debate vuelve a la realidad. Un problema resuelto es una oportunidad electoral menos.
El otro “quién” hace referencia a quién impulsa una política concreta. Para mí la abstención de ERC ante la multirreincidencia es incomprensible. Para ellos el problema no es la ley sino el partido que la presenta. La política reducida al partidismo. Esta lógica infantil tiene consecuencias adultas. Cuando el partidismo pesa más que la solución la gente se cansa de la política. La ve encerrada en sí misma, un juego de unos pocos que no le sirve para resolver sus problemas. Eso es peligroso.
Si todos los que están preocupados por el crecimiento del populismo —de derechas y de izquierdas— lo están realmente, deben saber que la política debe ser útil. Y debe resolver sobre todo los problemas de convivencia. Y eso no es de derechas ni de izquierdas. Durante tiempo se prefirió el debate simbólico. Unos denunciaban estigmas, otros denunciaban permisividad. Todos hablaban, nadie cambiaba el mecanismo. La política del titular sustituyendo la política del boletín oficial porque ya les iba bien. La ley no resolverá todos los delitos ni todas las percepciones. Y menos de golpe. Pero introduce una idea esencial: persistir en delinquir tiene consecuencias acumulativas. Se acabó la impunidad. La gente puede estar un poco más tranquila.
Paradójicamente, la nueva ley hará que la multirreincidencia deje de ser portada eterna. Precisamente ese es su éxito. Las buenas leyes desaparecen de la conversación porque funcionan. Solo las ausencias hacen ruido constante. Ayer se arregló una parte del qué. Algunos intentarán seguir hablando del quién. Esperemos que los ciudadanos aprendamos a distinguir cada vez mejor quién vive del problema y quién, aunque sea sin tanto ruido, intenta resolverlo.
