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La polémica que se ha generado en torno a si el Santo Padre utilizará la lengua catalana para pronunciar la bendición de la torre de Jesús de la Sagrada Familia ha demostrado que el catalán en Catalunya es más que un rasgo identitario: es antropológico. La lengua es un marcador de pertenencia que define un nosotros; por tanto, es una bandera cultural y política. Pero en nuestro caso va más allá. Es una manera de ver, ordenar e interpretar el mundo. Es cómo transmitimos la voluntad de ser nación. La Santa Sede debería escuchar a los obispos catalanes que han alzado la voz afirmando que “hablar catalán no es pecado” y recordar su concordato con el nacionalcatolicismo franquista. Quizá así entendería la sensibilidad del tema.

Más allá de cómo acabe resolviéndose esta situación —la próxima semana saldremos de dudas—, la reacción de país que se ha producido nos brinda una oportunidad para explicarnos de nuevo aquello que es realmente importante en el caso de la nación catalana. Lo digo porque en este asunto también han circulado algunas ocurrencias que han tenido cierto éxito y que han despistado a una parte de la población sobre lo que verdaderamente importa. Una de ellas fue la invención del independentismo no nacionalista. Algunos de sus propios autores ya reconocen que fue un error. Lo fue, tanto si lo hacían por partidismo y querían diferenciarse del nacionalismo convergente de Pujol, como si lo hacían por izquierdismo, comprando el marco español que sostiene que el nacionalismo catalán es de derechas. ¿Qué se quiere independizar si no es una nación? De aquella ocurrencia del independentismo no nacionalista nació el independentismo en castellano. Hablarlo en todas partes. Incluso en el Congreso de los Diputados ahora que ya se puede hablar en catalán.

Quien quiera defender Catalunya, que defienda la lengua, porque la lengua es el país

Cuánta ignorancia y cuánta prepotencia. ¡Qué desprecio por siglos de catalanismo!: “La lengua es la nacionalidad”, Prat de la Riba; “No hay que abandonar nunca ni la tarea ni la esperanza”, Pompeu Fabra; “la lengua es el nervio de la nación”, Jordi Pujol. “Una lengua no se pierde porque no la hablen quienes no la saben, sino porque dejan de hablarla quienes la saben”, Joan Fuster; “La lengua es la patria”, Josep Benet; “La lengua es la expresión más profunda de un pueblo”, Aureli Maria Escarré. “La lengua es la manifestación más visible de la existencia de un pueblo”, Joan Solà; “la lengua es el alma de un pueblo”, Josep Carner; “la lengua es la forma de nuestra existencia”, Carles Riba. “La lengua es la patria compartida”, Maria Aurèlia Capmany. “La lengua es nuestra manera de ver el mundo”, Carme Junyent. Y yendo un poco más allá, Montserrat Roig: “La cultura es la opción política más revolucionaria a largo plazo”. Dos siglos de pensamiento nacional catalán.

Es sobre esta base sobre la que debemos volver a construir. Y se ha visto que el país está muy vivo. Hay que hablar y mantener el catalán, sí. Y la gente tiene que asumirlo, de acuerdo. Pero sobre todo hay que devolverle el prestigio social e institucional que merece. Con más cursos, más recursos y sanciones. Con aulas de acogida funcionando a pleno rendimiento y como máxima prioridad educativa del país (es una lástima no oírlo en las manifestaciones de profesores). Y con un catalán correcto en los medios de comunicación y cumpliendo los libros de estilo. Sin cambiar de idioma en las universidades por el Erasmus de turno, ni en los hospitales por ese discurso de los médicos que llegan de otros lugares. El catalán ha superado largos periodos siendo una lengua prohibida y perseguida; ahora también puede hacerlo. Pero no puede darse nada por sentado: hacen falta exigencia y ausencia de complejos. Es, en realidad, una cuestión de fe. Fe en la nación, en nosotros mismos, en nuestro futuro. Quien quiera defender Catalunya, que defienda la lengua, porque la lengua es el país.