A finales del año pasado, el gobierno británico anunció que elevará la protección oficial de la lengua córnica y la situará al mismo nivel de protección que tienen el galés, el gaélico irlandés y el gaélico escocés. Para quien no lo sepa, Cornualles es un pequeño país situado en una península del sur de Inglaterra. Tiene una superficie aproximada de un 10% de Catalunya y en ella viven unas 575.000 personas. Es un lugar tranquilo y agradable, alejado del bullicio del mundo, donde pasan pocas cosas, un poco como la comarca de los hobbits en la Tierra Media. Desde 1889, tiene un cierto grado de autonomía, ejercida a través del Consejo de Cornualles, que cuenta con 87 miembros electos, buena parte de los cuales son independientes. La mayoría de sus representantes piden más autonomía y, de vez en cuando, Londres les traspasa alguna competencia. Mebyon Kernow es el partido nacionalista córnico, fundado en 1951; tiene solo tres representantes en el consejo y unos pocos concejales, pero es quien tira del carro de la autonomía y es un referente social para la mayoría de la población, sobre todo en materia lingüística.

El reconocimiento por parte del gobierno del Reino Unido de la lengua córnica y la mejora de su grado de protección no es un tema menor; al contrario, es un hecho extraordinario, ya que esta lengua se consideró extinta a finales del siglo XVIII, aunque se documentaron hablantes aislados durante las primeras décadas del siglo XIX. Había sido la lengua de uso común durante siglos, pero no pudo resistir la presión del inglés y fue perdiendo terreno a partir del siglo XVI, hasta que desapareció. La lengua estuvo muerta durante décadas, hasta que —como tantas cosas en la vida— una persona concreta, el erudito Henry Jenner, publicó un libro sobre la cuestión en 1904 y generó una corriente de interés sobre una lengua que todo el mundo sabía que había existido, pero que nadie ya hablaba. A partir de ese preciso momento, se desarrolló una historia que nos resulta familiar: se estandarizó la lengua, se tradujeron neologismos, se recuperaron textos y canciones antiguas, se formaron maestros y se editó material escolar. En 2015 se creó, finalmente, la academia oficial, la Akademi Kernewek.

Si los córnicos han sido capaces de sacar su lengua del cementerio y hacerla revivir, ¿qué no podemos hacer nosotros?

Su lenta pero imparable recuperación provocó que en 2010 la UNESCO —en una decisión sin precedentes— pasara de considerar la lengua córnica como una lengua extinta a ser una lengua en peligro crítico de extinción. Hoy, unas cuantas familias crían a sus hijos hablándoles en lengua córnica, lo cual tiene un gran mérito, teniendo en cuenta que no es la lengua materna de ninguno de los progenitores. Por lo tanto, dos siglos después, vuelve a haber hablantes nativos de córnico. Unas 200 personas se apuntan cada año a clases de lengua córnica para adultos y más de 6.000 niños participan en programas escolares relativos a la lengua. Además, el diccionario en línea de esta lengua recibió más de un millón de consultas el año pasado. Cada vez más administraciones fijan letreros e indicaciones en ambas lenguas, inglés y córnico. Se hacen programas de radio en córnico y también se ha hecho alguna película. También se publican algunos libros en esta lengua y en 2014 se publicó la traducción al córnico de El hobbit (An Hobys). Hoy existen unos 3.000 hablantes de córnico, que son diez veces más de los que había en la década de 1980. ¿Es poco? Es poco, pero todo suma.

Explico todo esto por dos razones. La primera es porque me interesan estos temas y creo que también interesan a los catalanes, puesto que hay un pequeño filólogo emboscado dentro de cada uno de nosotros. La segunda razón es estratégica; los catalanes nos lamentamos demasiado de la situación de nuestra lengua. Y tenemos razones para lamentarnos, pero a veces deberíamos levantar la mirada y mirar a nuestro alrededor. De las casi 7.000 lenguas que se hablaban en el mundo a principios de este siglo, más del 90% no llegarán al próximo siglo. La lengua catalana no está entre estas, ni de lejos. En la liga de las lenguas desfavorecidas (las que no tienen un Estado detrás), nosotros estamos en lo alto de la clasificación, junto con el euskera, el galés o el corso, por mencionar tres europeas. La mayoría de las lenguas en peligro darían lo que fuera por tener nuestra situación. Por lo tanto, si los córnicos han sido capaces de sacar su lengua del cementerio y hacerla revivir, ¿qué no podemos hacer nosotros, con todos los instrumentos a nuestro alcance y una población de hablantes que se cuenta por millones? Hay que empezar por un cambio de actitud; en cuestión de lengua catalana se debe venir llorado de casa y salir a ganar.