"Es inútil llorar sobre la leche derramada"
Félix María de Samaniego
No hay niño de ese pasado sin pantallas al que no le hayan relatado el grave incidente de la lechera que, por ir pensando en el gran futuro que tendrá con el dinerito de la venta, tropieza con una piedra y ve cómo todo se desvanece. Samaniego, el señor alavés de las fábulas, nos deja claro el recado de no especular sobre lo que aún no tenemos en la mano y, además, nos advierte sobre el absurdo de dolernos por lo que no tiene remedio. Pues bien, Trump y Netanyahu han puesto la piedra, como la puso antes Putin, y la leche del cántaro del derecho internacional se ha desparramado por el suelo de la geopolítica. Ni volverá la leche al cántaro ni los lamentos sirven para nada. Esa es exactamente la situación.
Sánchez hace el papel del llorón, de la lecherita tumbada en el suelo doliéndose por el mal paso, mientras que otros líderes europeos se preparan para levantarse, coger el cántaro, volver a ordeñar e intentar llevar, esta vez sí, al mercado la mercancía. Nunca un PSOE institucional, el de siempre, hubiera tenido esta aptitud claramente electoralista y que busca no molestar a la izquierda radical que sigue agitando la bandera del OTAN NO y BASES FUERA como si nada hubiera cambiado desde que sus padres se fumaban sus primeros canutos. Pero ha cambiado. La legalidad internacional ha sido puesta en cuestión por la fuerza de las armas. No es la primera vez que lo vemos ni nosotros ni la historia. Por tanto, la disyuntiva real no es la que ingenuamente plantea Albares, "el derecho internacional o la ley de la selva, donde impera la ley del más fuerte", dado que los que podían elegir ya han elegido. Lo empezó Putin en Ucrania. La decisión que hay que tomar es con quién estamos, junto a quién marchamos y, sobre todo, cuál es el interés general de toda la población, incluso de la que no los vota, para ponerse manos a la obra.
La decisión que hay que tomar es con quién estamos, junto a quién marchamos y, sobre todo, cuál es el interés general de toda la población
La piedra colocada por Trump ha derramado muchas cosas que tendrán consecuencias directas para todos nosotros. Primero, porque hay decenas de miles de nacionales españoles residiendo en aquellos países, algunos de mi familia, como de la de tantos otros. Es indignante la postura absurda y viejuna de esa izquierda que los considera "pijos" a los que el Estado no debe ayudar. Curioso cómo les encanta una inmigración africana y cómo no son capaces de darse cuenta de que muchos jóvenes con altos estudios se han tenido que largar al Golfo para poder trabajar en lo suyo —arquitectura, ingeniería, aviación— y no aquí de camareros. O bien sus propias empresas los han expatriado porque tienen contratas que efectuar, necesarias para mantener sus empresas a flote.
Tenemos militares en la zona conflictiva. Unos mil quinientos efectivos en Líbano, zona desestabilizada por la respuesta de Irán y la actividad de Hezbollah, y cerca de tres centenares en Irak en misión OTAN. Son profesionales, conocen su papel y saben cuidarse. Eso no empece para que pensemos cuál sería nuestra postura si sus posiciones resultaran atacadas o de algún modo tuviéramos bajas. Creo yo conocer la de los pacifistas de salón, cuyo discurso solo pasa por dejarse hacer, ya que, al final, los que llevan uniforme, aunque estén en misiones de paz o de colaboración internacional, tampoco están en el lado bueno de su historia.
También nuestros recursos energéticos peligran. Las bolsas bajan, la energía sube, la inflación se puede incrementar y la población y la estructura económica se pueden ver afectadas. La subida del gas encarecerá una electricidad que, aunque Aagesen diga que está paliada por las renovables, nos hace pensar de nuevo en apagones por falta de centrales estabilizadoras. Desabastecimiento. Y, sobre todo, la decisión trascendental sobre dónde queremos estar en este futuro distópico que ya ha llegado. Como en los años treinta, los organismos internacionales no pintan nada y los gendarmes del orden internacional se han convertido en abusones. La leche se ha ido al carajo. ¿Cuál es nuestro lugar? Porque ese utópico ni con unos ni con otros, ni con nuestros amigos de la UE, ni con la OTAN, ni con los ayatolás ni con Trump, queda muy chulo en TikTok, pero no parece un gran plan.
Cuando se critica que el monomaniaco estadounidense tome estas decisiones sin consultar con su Congreso, nos olvidamos de que aquí se nos posiciona contra nuestros aliados —con felicitaciones de un régimen asesino, teocrático y liberticida—, sin nada más que la decisión voluntarista del César. ¿Con quién debate Sánchez nuestro futuro? Los Macron, Starmer o Merz ya ni le cuentan sus planes, hace tiempo que desconfían de su lealtad, concretamente desde que firmó el aumento de gasto de Defensa y se cascó una rueda de prensa inmediatamente para decir que él, nanay. Le han visto el forro, como hace mucho se lo hemos visto muchos en España. No lo debate tampoco en la sede de la soberanía, no vaya a ser que, como no tiene mayoría, las fuerzas que sí pueden le marquen otro trayecto. La política exterior la marca el Gobierno, bien es cierto, pero esto supera ya esa denominación para pasar a ser política existencial, que no solo lo incumbe a él o a sus expectativas de voto.
Aquí estamos, como tantas otras veces, varados en la historia, desgajados de nuestra natural pertenencia a Europa. Todos somos pacifistas. Nadie quiere un lío o un conflicto. Lo malo es que no depende solo de nosotros, los matones andan sueltos y no tenemos la más mínima oportunidad de pararlos en solitario.
Hagamos Europa grande, por una vez. Es la única forma de tener la oportunidad de que nos tengan algún respeto y de preservar el estilo de vida democrático y pacífico con el que todos estamos tan a gusto. Bueno, menos un par de partidos minoritarios, pero esa es otra historia.
