En el tablero político catalán que se ha dibujado después del 27 de septiembre, la CUP tiene buenas cartas. Lo saben ellos, con sus 10 asientos en la Cámara catalana; lo saben los 62 diputados de Junts pel Sí, a seis de la mayoría absoluta; también lo intuyen la amalgama de 63 parlamentarios de la oposición, ideológicamente variopinta e incapaz de constituirse en alternativa.

Por eso no es extraña la enorme expectación que despertó la conferencia en el auditorio de la UPF en la que muchos suponían que los dirigentes de la CUP iban a avanzar sus movimientos parlamentarios, situar las líneas rojas del arranque de la legislatura y exhibir una gran contundencia respecto a la presidencia de la Generalitat. Al final, las siete intervenciones fueron más una guía de algunos puntos de lo que marca su programa electoral y un par de titulares llamativos: uno referente a una declaración exprés del Parlament proclamando "la absoluta incompetencia" del Tribunal Constitucional en temas vinculados con Catalunya y otro relacionado con el deseo de que el Parlament sea una asamblea constituyente.

La conferencia dejó claro que nada será fácil para JxSí. Pero la mesa de negociaciones con la izquierda radical independentista ya tiene integrantes, temas a abordar y una declarada voluntad de acuerdo. Eso sí, desde posiciones ideológicas muy diferentes. Abismales. Las negociaciones requerirán cesiones y mucho tiempo. Si no hay generosidad, las dos partes encontrarán argumentos suficientes para levantarse de la mesa y dejar la opción de unas nuevas elecciones en el mes de marzo como la única posible. No creo que esta sea, hoy por hoy, la opción con más posibilidades. No la quieren ninguna de las dos formaciones que se van a sentar a negociar, ni las entidades soberanistas que les han dado apoyo, ANC, Òmnium y la AMI. Por tanto, más allá del lenguaje, las buenas cartas de la CUP dejan de tener una parte del valor si el proceso descarrila.