La historia de liberación personal de una chica neoyorquina jasídica de Brooklyn es una historia que nos afecta a todos de cerca. Es una historia de ruptura con cadenas artificiales, impuestas por una presión social inconmensurable, que solo los más fuertes y más lúcidos, en este caso, la más fuerte y la más lúcida, tienen el valor de emprender. El esquema del miedo es bien simple: nuestro mundo, una burbuja, es muy seguro; fuera de nuestro mundo, en el mundo exterior, no hay más que peligros de todo tipo. A estos peligros hay que añadir que perderás nuestro amor y vivirás impíamente al margen de Dios. O sea, una proscrita divina en un mundo salvaje y sin cobijo.
Cuando hemos visto en las pelis e, incluso en vivo y en directo, los días laborables en la calle 47 de Nueva York o los domingos, en plan excursión, a Williamsburg, el barrio jasídico de Brooklyn, unos hombres de negro riguroso, también en el infernal verano de Manhattan, con sombrero y rizos tenemos la impresión de una excentricidad inocente -no en vano son comerciantes de diamantes. Pero esta es solo una fachada.
En Williamsburg, donde podemos ver a las mujeres jasídicas, casi siempre o en grupos femeninos o con su familia, de entrada, tenemos la percepción de lo que esta secta entiende por modestia femenina: cabeza rapada -claro símbolo de sumisión, de humillación y, finalmente, de hipocresía- con pelucas, vestidos largos y pesados. Lo que no vemos es una sociedad tradicional, absurdamente tradicional -no tienen televisón, pero sí móviles, y sus propios matones-, donde las mujeres, como siempre, se llevan la peor parte: supeditación total, primero, al padre, que concierta su boda, y, después, al marido. Si la educación jasídica es más bien pobre y entrópica, las mujeres todavía reciben menos instrucción. Son, por lo tanto, menos independientes que los hombres, se cuestionan menos el sistema y la obediencia al marido y a la Torà fluye casi sin obstáculos.
De búsqueda de la felicidad y de desarrollo personal, estos fundamentalistas, como todos los fundamentalistas, no quieren oír hablar. Ni en broma. Todo ya está decidido antes del nacimiento del nuevo miembro de estas sectas: las grandes líneas de su destino ya están escritas, como lo han sido las de sus abuelos, padres, hermanos y hermanas y lo estarán las de sus hijos e hijas, nietos y nietas.
Pero mira tú por dónde, de vez en cuando, sale una oveja negra, una oveja que piensa por qué es oveja y no cisne o cualquier otra cosa que pueda imaginar a través de las rejas de su cautiverio sociocultural. Es entonces cuando emerge Deborah Feldman, una mujer real que publica en 2012 su autobiografía, Unorthodox: The Scandalous Rejection of My Hasidic Roots (Heterodoxa: El escandaloso rechazo de mis raíces jasídicas).
La miniserie no es un ajuste de cuentas. Es, por encima de todo, un renacer vital
Y en marzo de 2020, al principio de la pandemia, pudimos devorar los cuatro capítulos de poco menos de una hora escritos por Anna Winger y Alexa Karolinski (ambas judías, una americanas y la otra alemana y, por encima de todo, envidiablemente cosmopolitas, con importantes trayectorias profesionales en el mundo del la televisión y el cine), dirigidos por la actriz alemana Maria Schrader (gentil, según la definición hebrea, pero frecuente intérprete de judías en la pantalla) e interpretada por la actriz israelí Shira Haas (trasunto en la pantalla de Feldmann, como Esther "Esty" Shapiro), joven, como hace falta para el papel y sobradamente dotada para transmitirnos, primero, la tortura vital de la protagonista y, después, el gozo de la liberación, consumada en Berlín.
La miniserie no es un ajuste de cuentas. Es, por encima de todo, un renacer vital, rompiendo las cadenas con acríticas doctrinas medievales, incasables con el mundo moderno, a pesar de los esfuerzos, no exentos de violencia, de unas fuerzas ultraconservadoras. Estas fuerzas, como todas las concepciones religiosas que, en el nombre de un Dios que nadie ha visto, pero que, sospechosamente tiene muchos autodenominados enviados e intérpretes, se dedican a hacer la vida imposible a mucha gente, la suya y, si pueden, al resto. Parafraseando un clásico del cinismo celtibérico, los fundamentalistas no están en lejanas montañas, sino también habitan y muy cómodamente entre nosotros.
Unorthodox se tiene que ver. No solo por su relato, ya de por sí conmovedor. Hay que verla, porque encontraremos muchas trazas, demasiado quizás, de pensamientos y prácticas ortodoxas sin más fundamento que el poder, la fuerza y la oscuridad.
Hay que resaltar también que se trata de una coproducción germanonorteamericana. Gran parte de la historia, con situaciones que rasgan el corazón, pasa en la nueva capital de la libertad para los judíos y judías cosmopolitas, Berlín. Tucholsky, el converso, seguramente será moderadamente feliz allí donde esté: el Berlín contra el que dirigió sus críticas ya no existe, por suerte para todo el mundo.
Finalmente, es de alto interés, ya que Netflix lo ofrece conjuntamente con la serie, su making off. A disfrutar de un excelente relato de libertad a la persecución de la felicidad. Este es su final, enriquecedor y nada frecuente.