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Hay quien se monta las vacaciones con un clásico infalible: novela negra, sombrilla, crema solar, neverita portátil y baraja de cartas. Otros, de sofisticación sudokusfera, optan por el crucigrama, el pasatiempo numérico o esa novela nórdica obligatoria con fiordo, cadáver, inspector divorciado y taza de café frío de atrezzo. Pero este verano, queridos lectores, España nos brinda algo bastante más estimulante: el gran kit nacional de lectura estival. Una colección imprescindible para no bostezar ni en la piscina, ni en el chiringuito, ni mientras esperas a que aparezca esa paella que, según prometen, “sale ya”.

Este año no hace falta comprar novela de misterio: ya la tenemos en fascículos, con anexos, audios, agendas, anexos de los anexos y merchandising institucional. Con informes de la UCO, diligencias de la UDEF, autos judiciales, declaraciones, comparecencias, escuchas, notas manuscritas, teléfonos incautados, pendrives, supuestas mordidas, presuntos testaferros, porteros reciclados en guardaespaldas, prostíbulos con más tráfico que la M-30, operaciones parapoliciales, joyas durmiendo en cajas fuertes, pasaportes bajo la lupa y una banda sonora que va de los audios de Koldo a los de Leire Díez, pasando por Villarejo, que ya es a la democracia española lo que Georgie Dann fue al verano: siempre vuelve, aunque nadie sepa muy bien por qué ni quién lo ha invitado.

La recomendación literaria de la temporada, por tanto, es evidente: este verano, lean sumarios. Lean autos. Lean informes. Lean agendas. Lean todo lo que se pueda leer, porque entre tanta rueda de prensa, tanta indignación selectiva y tanto “esto es una persecución” frente a tanto “este es el mayor caso de corrupción de la historia”, quizá lo único verdaderamente revolucionario sea sentarse, abrir el PDF y empezar por la página uno.

Eso sí, con protección. No solo solar, que también. Protección jurídica. Porque aquí todo debería leerse bajo una sombrilla bien grande donde ponga: “presunto”, “supuesto”, “según se investiga”, “sin sentencia firme” y “a la espera de lo que determinen los tribunales”. No vaya a ser que, por intentar entender la actualidad, acabemos también nosotros apuntados sin querer a una partida procesal sin haber pedido ficha.

De modo que elevo propuesta formal: el gran “Kit del verano”. Una mochila de playa con lo básico para sobrevivir al agosto español. Toalla, gafas de sol, botella de agua, auriculares, batería externa y varios documentos judiciales impresos en papel reciclado, porque una cosa es que el país parezca un estercolero y otra, muy distinta, que renunciemos al cuidado del medio ambiente.

El primer imprescindible del kit es el “Quién es quién: edición cloacas”. El juego de toda la vida, pero actualizado a la España contemporánea. En lugar de preguntar “¿Tiene bigote?”, “¿Lleva gafas?” o “¿Es rubio?”, aquí las preguntas útiles son otras: “¿Aparece en una agenda?”, “¿Ha sido citado por la UCO?”, “¿Tiene relación con una sociedad instrumental?”, “¿Ha jurado no conocer a nadie y luego ha salido en una foto?”, “¿Su nombre suena en un audio?”, “¿Ha trabajado para el Estado, contra el Estado o para nadie en concreto pero con acceso a todo?”, “¿Ha pasado por Ferraz, por Interior, por la SEPI, por un prostíbulo, por una comisión parlamentaria o por todas las anteriores en versión todo incluido?”

Gana quien logre identificar al personaje antes de que alguien diga: “Eso está judicializado” y se dé por concluida la partida.

Luego viene el Cluedo, absolutamente fundamental. Pero aquí ya no se trata de averiguar si fue el coronel Mostaza con el candelabro en la biblioteca. Las opciones son bastante más patrias.

Pudo ser el asesor en el reservado. La intermediaria con el audio. El comisionista en el ministerio. El empresario en la SEPI. El excomisario en el restaurante. El chofer con el pendrive. El secretario de organización con la agenda. La fontanera con el móvil. El juez con el auto. O el portavoz armado con el argumentario. El arma del crimen tampoco es una pistola ni una cuerda. En versión española, el arma suele ser una factura falsa, una adjudicación pública, una llamada grabada, una reunión “informal”, un informe policial, una libreta azul, una caja fuerte, un contrato menor o un “yo de esto me enteré por la prensa”, probablemente una de las frases más repetidas del Código Penal sentimental de nuestra democracia.

La “habitación” del crimen nunca es una habitación. Es un despacho oficial, una sede de partido, una gasolinera, una embajada, una empresa pública, una marisquería, un ministerio, un piso franco o un reservado donde, curiosamente, nadie recuerda haber estado.

Para los más familiares, propongo La Oca: “De trama en trama y tiro porque me llama la UCO”. Caes en la casilla de la SEPI y avanzas tres porque aparecen un rescate, un préstamo, un informe técnico y un empresario que pasaba por allí con la casualidad al hombro. Caes en hidrocarburos y retrocedes cinco porque el tablero se llena de sociedades, IVA, carburantes, facturas y nombres que empiezan a sonar justo cuando alguien creía que ya no cabía ni una ficha más.

Casilla de las “sobrinas especiales”: pierdes un turno mientras averiguas si aquello era parentesco, confianza, colocación, protección o todo a la vez en versión “Spain is different”. Casilla del pasaporte: no sales del tablero hasta nueva resolución judicial, se solicite o no la medida, se rechace o se vuelva a pedir según cambie el viento mediático. Casilla de las joyas: abres una caja fuerte y sacas una carta sorpresa. Puede ser herencia, regalo institucional, obsequio de viaje, tasación contradictoria o explicación pendiente. Todo presunto, todo supuesto, todo esperando a que alguien logre cuadrar el relato con los papeles. Casilla Villarejo: retorno al origen, porque todo empezó antes de lo que pensabas y nadie se acuerda ya de qué alfombra se levantó primero.

Entre tanto informe, tanto audio, tanta agenda, tanta caja fuerte, tanto pasaporte debatido y tanta cloaca abierta, este verano corremos el riesgo de quemarnos todos. Y no precisamente por el sol

Y si caes en la casilla Kitchen, no tiras dados: tiras de hemeroteca. Ahí la partida se vuelve vintage. Operación presuntamente parapolicial, supuesto espionaje a Bárcenas, Interior, fondos reservados, policías patrióticos, grabaciones, notas, declaraciones y esa sensación tan española de que levantas una alfombra y aparece otra, y luego otra, y así hasta descubrir que el suelo entero era una convención nacional de alfombras.

Para quienes prefieran algo más estratégico, tenemos el Catán de la corrupción. Aquí no se intercambian madera, trigo, ovejas, arcilla y piedra. Aquí se comercia con influencia, adjudicaciones, silencios, contactos, informes y favores. “Te cambio dos reuniones por una subvención”. “Te regalo una llamada si me pasas un expediente”. “Te cedo un puerto si me garantizas una presidencia”. “Te doy tres audios de Leire a cambio de una declaración de Koldo”. El objetivo no es construir poblados, sino redes. Y gana quien consiga colocar más piezas en el tablero sin que le aparezca por sorpresa una comisión rogatoria, una intervención telefónica o un informe de la Guardia Civil.

Tampoco falta el Hotel, que en versión patria debería llamarse “Complejo Urbanístico-Público-Privado con Licencia Dudosa”. Se compran parcelas, se levantan edificios, se recalifica con entusiasmo, se coloca una puerta giratoria en recepción y se cobra peaje en la casilla de “contratación pública”. El jugador que cae en la suite presidencial debe aclarar si el alojamiento lo pagó él, lo pagó una empresa amiga, lo cubrió una fundación, un tercero desinteresado o nadie, porque “era una invitación institucional”.

El Monopoly se rebautiza sin complejos como “Monclopoly”. Aquí no compras la Gran Vía ni el Paseo del Prado. Compras influencia, relato, relato sobre el relato y relato contra el relato. Las tarjetas de suerte son un género literario propio: “La Fiscalía pide archivo: avanza dos casillas”. “La acusación popular presenta escrito: retrocede tres”. “Te piden medidas cautelares y te discuten el pasaporte: te quedas sin pasar por la casilla de salida”. “Un informe no ve indicios concluyentes, pero el procedimiento sigue: espera una ronda mientras los tertulianos rellenan horas de programación”.

Y luego está el Parchís, el más español de todos. Cuatro colores, cuatro partidos, cuatro relatos, cuatro maneras de afirmar que los corruptos siempre son los otros. El rojo acusa al azul. El azul recuerda los ERE. El PSOE responde con Gürtel. Alguien grita Kitchen. Otro suelta Koldo. Otro mete a Leire. Otro rescata a Villarejo. Uno menciona las mascarillas, otro los hidrocarburos, otro la SEPI, otro las joyas, otro el pasaporte de Begoña, y mientras todos cuentan veinte desde casa, el ciudadano sigue esperando a que alguien llegue de una vez a la casilla de la decencia.

El Baldomero, aquel juego en el que había que descubrir quién se había tirado el pedo, merece una edición especial llamada “¿Quién ha sido?”. Cada jugador recibe una carta con una explicación oficial. “No me consta”. “No lo recuerdo”. “Fue una reunión privada”. “Era un asunto profesional”. “Yo no participé”. “Lo llevaba otro”. “No sabía nada”. “Se ha sacado de contexto”. “Es una campaña de la derecha”. “Es una operación del sanchismo”. “Es lawfare”. “Es una persecución”. “Es una cortina de humo”. “Es una cloaca”. “Es una casualidad cósmica”. Y el resto debe averiguar quién soltó realmente la bomba. Misión complicada, porque al final de cada ronda todos huelen igual.

No puede faltar el Trivial, edición “España, preguntas incómodas”. Categorías: financiación irregular, contratación pública, cloacas del Estado, audios comprometedores, cajas fuertes, prostíbulos, comisionistas y “familiares que pasaban por allí”.

Pregunta verde: ¿Qué diferencia hay entre una imputación, una acusación, una apertura de juicio oral y una condena firme? Pregunta azul: ¿Cuántas veces puede un político decir “confío plenamente en la justicia” antes de añadir un “pero”? Pregunta amarilla: ¿Qué unidad policial firma este informe: UDEF, UCO, Policía Judicial o “fuentes próximas a la investigación”? Pregunta rosa: ¿En qué momento una agenda deja de ser agenda para convertirse en mapa del tesoro? Pregunta naranja: ¿Cuántos audios hacen falta para que una trama pase oficialmente de “bulo” a “preocupante”? Pregunta marrón: ¿Por qué, cuando aparece dinero público, siempre hay alguien que de repente no se acuerda de nada? El premio no es un quesito. Es conservar la fe en las instituciones. Y ya les adelanto que ese bote está muy complicado.

Para los más pequeños (aunque quizá convenga no traumatizarlos tan pronto) propongo el Memory de la regeneración democrática. Sobre la mesa, cartas boca abajo con palabras como “transparencia”, “ética pública”, “buen gobierno”, “rendición de cuentas”, “responsabilidad política” y “separación de poderes”. El objetivo es encontrar las parejas. El problema es que, cada vez que levantas una, debajo aparece “aforado”, “archivo provisional”, “prescripción”, “comisión de investigación sin conclusiones”, “dimisión que nunca llega” o “portavoz diciendo que todo es falso”.

Y no hay verano sin playlist. El kit viene con lista de reproducción incluida: “Los audios del chiringuito”. Para escuchar con cascos, por respeto al resto de bañistas y por higiene democrática. Tema uno: audios de Koldo, versión “me lo solucionas o me llamas”. Tema dos: audios de Leire, versión “esto no lo va a contar nadie porque ya lo cuento yo”. Tema tres: Villarejo unplugged, directo desde la Audiencia Nacional, con reverb institucional. Tema cuatro: declaraciones judiciales para tardes de siesta, con subtítulos emocionales integrados. Tema cinco: comparecencias parlamentarias en modo karaoke para que toda la familia pueda gritar al unísono: “¡No me consta!”. Tema seis: “Yo no sabía nada”, remix institucional para todas las temporadas. Y de bonus track: “La caja fuerte de las joyas”, balada de verano con tasaciones contradictorias, explicaciones pendientes y ese perfume antiguo de regalo que nadie sabe muy bien si era privado, institucional, heredado, olvidado o simplemente demasiado brillante como para pasar desapercibido.

Este artículo, por supuesto, no va de reírse de la justicia. Va justamente de lo contrario: de recordar que la justicia tiene que hacer su trabajo con rigor, garantías y sin convertirse en espectáculo. Pero también va de señalar que la política española lleva demasiados años usando los tribunales como lavandería, como campo de batalla, como excusa o como máquina de humo, según sople el viento.

Porque aquí todo el mundo tiene manual de instrucciones. Cuando investigan a los míos, es persecución. Cuando investigan a los tuyos, es limpieza democrática. Cuando el informe respalda mi tesis, la UCO es impecable. Cuando no la respalda, está manipulada, incompleta o mal interpretada. Cuando el juez apunta al adversario, hay que respetar la independencia judicial. Cuando apunta a casa, hay lawfare, conspiración y toga contaminada.

Mientras tanto, los ciudadanos, que no tenemos escolta, ni chofer, ni gabinete de crisis, ni portavoz que nos redacte el argumentario, asistimos al desfile con una mezcla de cansancio, cabreo y estupor. Pagamos impuestos, hacemos colas, entregamos papeles, justificamos hasta el último céntimo, nos fríen a multas si se nos pasa un plazo y observamos cómo quienes han manejado poder, dinero público, empresas, ministerios, partidos o instituciones se refugian, con excesiva frecuencia, en la niebla del “no recuerdo”.

Por eso, este verano el plan perfecto no es desconectar del todo. Es conectar mejor. Leer con calma. Distinguir indicio de prueba, titular de auto, filtración de resolución, imputación de condena, relato de documento. Reírse, sí, porque el humor es a veces la única forma de no salir corriendo. Pero reírse sabiendo que detrás de cada chiste hay algo muy serio: un país que necesita urgentemente recuperar el sentido de la vergüenza.

Así que ya lo saben. Este verano, en vez de llevarse una novela negra, llévense un sumario. En lugar de hacer castillos de arena, hagan esquemas de tramas. En vez de jugar al parchís, jueguen a averiguar quién se comió la ficha pública. En lugar de preguntar si hay socorrista en la piscina, pregunten si hay fiscal en la sala. Y si alguien les insiste en que eso no son vacaciones, respondan que en España descansar es imposible: siempre aparece un nuevo anexo.

Eso sí, no olviden la crema solar. Porque entre tanto informe, tanto audio, tanta agenda, tanta caja fuerte, tanto pasaporte debatido y tanta cloaca abierta, este verano corremos el riesgo de quemarnos todos. Y no precisamente por el sol.