La ceremonia de la confusión es la estrategia. Mientras unos proclaman lo que realmente pasó, señalando la verdad a través de unas imágenes que ahora no se permite que sean exhibidas en la sala, los otros narran una ficción, una superchería. Una mentira, puedo afirmar, porque yo sí que soy una víctima del Primero de octubre de 2017 y sé que están mintiendo, como lo saben tantos y tantos catalanes que fueron apaleados por las fuerzas del orden o que, simplemente, contemplaron la acción criminal de la policía y de los paramilitares de la Guardia Civil. Las fuerzas del orden no están legitimadas para maltratar a los ciudadanos digan lo que digan los mandos policiales y los responsables políticos de la represión sobre Catalunya. Además de catalanes —cosa que desprecian— somos ciudadanos y contribuyentes —lo cual no les preocupa en absoluto—, por lo que más allá de la reivindicación independentista, lo que aquí está en juego es la democracia, el sentido práctico de una palabra tan sagrada y volátil. Votar no es un delito, y pegar a ciudadanos indefensos sí que lo es. Diga lo que diga el Tribunal Constitucional o el Tribunal Supremo, porque la ley no es patrimonio exclusivo de unos intérpretes fraudulentos, nada independientes, al servicio de algunos de los partidos políticos más corruptos de Europa. Me muero de risa cuando los fiscales, en alguna ocasión, levantan la voz contra un testigo y preguntan, tronantes, si el interrogado se considera por encima del Tribunal Constitucional o del Supremo. La verdad es que sí está por encima de cualquier tribunal, que mientras se presume de altísimo es testigo cotidiano, prueba viviente, de una justicia bajísima. Habría en este sentido recordar que la ley que sólo es para los especialistas ni es ley ni puede ser aplicada en una sociedad. Por ello se estableció, en las sociedades más desarrolladas, la figura superior del jurado, compuesta siempre por personas de la calle. Al respecto hay que recordar un hermoso fragmento del maestro Chesterton. Pertenece a Enormes minucias, cuando sostiene el escritor que nuestra civilización ha decidido, y es una excelente decisión, que determinar la culpabilidad o la inocencia de los seres humanos es algo demasiado importante para confiarlo a peritos especialistas. La justicia es demasiado importante para dejarla en manos de los juristas. Por eso la justicia busca hombres que no sepan de derecho más que el viejo Chesterton, que ciertamente no era mucho, pero que puedan oír las cosas que el escritor había oído cuando estaba en los bancos de los jurados. Cuando se quiere catalogar una biblioteca o cuando se quiere descubrir el sistema solar o cualquier otra banalidad por el estilo está bastante bien recurrir a los especialistas. Pero cuando lo que se quiere es que se haga algo realmente serio, importante, entonces se reúnen doce hombres reclutados de entre los más sencillos y de entre los más corrientes que van por la calle. Y Chesterton recuerda, para rematar: “eso mismo hizo, si no recuerdo mal, el fundador del Cristianismo”.

La ceremonia de la confusión es la estrategia. Ayer un señor llamado José Enrique Millo Rocher y el teniente coronel Diego Pérez de los Cobos Orihuel describieron una grotesca versión que no aporta ninguna prueba escrita ni gráfica. Sólo se sustenta en su particular testimonio, en una lección aprendida en las catacumbas del Estado colonial. Niegan y continuarán negando la evidencia, que la única violencia fue la policial y se ampararán en el que ya dijo Nieto antes de ayer, que coexisten dos realidades paralelas. Incluso se atreven a decir que el comportamiento policial fue exquisito. Ante la opinión pública, el auténtico jurado de este juicio, quieren que se genere una duda, un empate. Y ante el empate, la realidad paralela que triunfará será la realidad represora de España. Amparándose en la libre opinión de las personas y en el hecho de que es muy humano equivocarse, el presidente Marchena y sus dinámicos compañeros administrarán un castigo duro y ejemplar sobre la inmensa mayoría de los acusados. La ceremonia de la confusión es la estrategia. La estrategia de unos determinados juristas a sueldo de un determinado Estado.

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