Para el eje central (Alemania y Francia), Europa se enfrenta en estos momentos a una prueba existencial: ser o no ser como ha sido hasta ahora. Las negociaciones del plan de recuperación reflejan esta situación problemática de definir el futuro del bloque.

Angela Merkel dijo ante el Bundestag que "cómo le vaya a Europa en esta crisis en comparación con otras regiones del mundo determinará tanto la prosperidad europea como el papel de Europa en el mundo". Dada esta circunstancia, la canciller alemana apuesta por una acción conjunta basada en la solidaridad, que se concreta en un plan de reactivación de 750,000 millones de euros para los países con problemas, de los cuales 500.000 millones serían subsidios a fondo perdido y 250.000 millones en forma de préstamos.

La novedad en esta situación es la aparición de una nueva generación de líderes, que reivindica una UE más liberal basada en una geopolítica más firme, más fuerte. Al grupo, formado por dirigentes de Holanda, Suecia, Austria y Dinamarca, se lo conoce como "los cuatro frugales". 

El líder de ellos es Mark Rutte, primer ministro holandés, quien, pese a su carácter relajado, no tuvo ningún problema en recomendar a Pedro Sánchez que "vosotros tenéis que encontrar la solución en España y no en la Unión Europea".

Asimismo, frente a la iniciativa franco-alemana de proponer a la Comisión Europea que pida prestado en nombre del bloque, un documento oficial publicado por Austria propone "no ir a ninguna mutualización de la deuda", principio que Alemania ha mantenido durante muchos años.

Por su parte, desde la otra parte, los países del sur, presentan un balance bastante pobre. Hoy se habla en París de la italianización de Francia. Los dos países afrontan una recesión de entre el 11% y el 13% del PIB con unas ganancias de productividad y crecimiento potencial casi nulo. El primer ministro italiano, Giussepe Conte, ha presentado un plan de reformas en que sólo ofrece enunciados sin abordar propuestas concretas. Por su parte, Macron, después del varapalo sufrido en las últimas elecciones locales en Francia, trata sobre todo de no aparecer como el líder de los países del sur sino el colíder de la UE con Merkel. Por su parte, el Gobierno de Sánchez decidió, entre otras cosas, una subida del salario mínimo interprofesional que se ha traducido en una pérdida de entre 19.000 y 33.000 afiliados a la Seguridad Social, cuya deuda se disparará hasta 100.000 millones de euros, según la Autoridad de Responsabilidad Fiscal (Airef). Y eso sin mencionar su intención de poner fin a la reforma laboral. En fin...

Otra señal del cambio en marcha en la UE ha sido el nombramiento de Paschal Donohoe como nuevo jefe irlandés del Eurogrupo, en vez de Nadia Calviño. Irlanda tiene un impuesto de sociedades del 12,5% que desafía toda concurrencia y que era calificado de dumping fiscal. Pues bien, la decisión de los jueces europeos del Tribunal de Luxemburgo de dar la razón a Apple, con base fiscal en Irlanda, frente a los requerimientos de la Comisión Europea, ha abierto y despejado un camino muy propicio para las multinacionales, algo que quedó pospuesto tras la negativa a la fusión entre Alstom y Siemens. 

Estamos en presencia de una mutación de Europa, que puede ser más o menos rápida o lenta, como se aprecia igualmente en la negociación del Fondo de Recuperación Europea pero que no va a parar si la UE quiere ser algo más que un mercado común como en su origen.

Ayer las negociaciones de la UE quedaron estancadas amenazando con hacer descarrilar los planes para crear un fondo de estímulo masivo. "Estamos en un impasse ahora. Es más complejo de lo que se esperaba", dijo Giuseppe Conte. Hay muchos asuntos sin resolver todavía. "Hay muy pocas posibilidades de que se llegue a un acuerdo esta noche. Muy pocas", dijo un diplomático el sábado noche. El sentimiento de la reunión es de fracaso. Al menos de momento.

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