La reciente Diada del 11S de 2026 nos dejó una postal política de profundo impacto. En un momento en que el soberanismo catalán recuperó una parte importante de su apoyo social, incorporando a miles de jóvenes y reorientando su fuerza en las calles, la voz de Jordi Pujol volvió a sonar cuando su vida, como bien reconoció, empieza a apagarse. Fue mediante una emotiva nota de voz enviada a El matí de Catalunya Ràdio, donde el presidente, que ya ha llegado a 96 años, se dirigió a la ciudadanía con una frase que resuena en el corazón de la historia contemporánea: "Yo me apago, pero vosotros sois gente vital, con esperanza y un futuro colectivo". Una llamada a la convivencia integradora, reivindicando la fiesta de "todos los que viven, trabajan en Catalunya y quieren ser catalanes", tanto los que nacieron ya en la Catalunya de los años treinta del siglo pasado como los que acaban de llegar. Un mensaje que tiene mucha más importancia por lo que supone de descalificación de la xenofobia racista de la extrema derecha y de conexión del soberanismo democrático con el humanismo del que surge. Pujol llegó al momento en que hay que hacer balance sin complacencias, pero también sin esa amnesia oportunista que tanto tiempo deforma el análisis político.

Cuando serví como secretario xeral de Relacións Institucionais de la Xunta de Galicia, tuve el privilegio de acompañar a Jordi Pujol y su esposa, Marta Ferrusola, invitados por el vicepresidente de la Xunta de Galicia y líder entonces del BNG, Anxo Quintana (noviembre de 2008). Seguro que no fue una simple visita de protocolo, sino una lección viva de política con mayúsculas, de memoria humana y de afecto profundo por Galicia. Aquel recorrido por Compostela, Allariz, Ourense y Vigo reveló la doble dimensión de un auténtico líder. Por un lado, el Pujol estadista: el hombre con una cabeza privilegiada para el detalle socioeconómico, capaz de analizar con la misma finura la crisis financiera que empezaba a empapar el mapa global como los modelos de desarrollo municipal que Allariz simbolizaba para el galleguismo. Por otro lado, el Pujol amigo de Galicia: un hombre que no venía a aclimatarse a un territorio extraño, sino a reencontrarse con un país amigo, que ya conocía a menudo desde los primeros años 70 del siglo pasado, cuando acostumbraba a hacer largos viajes en autobús desde Asturias en el desarrollo de sus tareas profesionales.

Pujo es una figura compleja, lúcida e irrepetible, sin la cual no es posible interpretar el último medio siglo de la historia de Catalunya

Pujol compartió largos años de amistad con Valentín Paz Andrade, particularmente cuando Paz Andrade fue senador y Pujol diputado en la primera legislatura democrática (1977-79). De ahí el encuentro que mantuvo en uno de aquellos días con su hijo Alfonso, fallecido de forma temprana en 2021. La amistad entre el presidente y D. Valentín respondía al viejo y sólido puente entre el catalanismo y el galleguismo, como la que mantenían Castelao y Otero Pedrayo con el mártir Carrasco i Formiguera. Una amistad construida sobre la convicción de que la modernización económica y la afirmación nacional son dos caras de la misma moneda.

Tuve también entonces la oportunidad de comprobar su conexión esencial con su país y con su gente, a la vez que su memoria prodigiosa. Con pocos minutos de diferencia, lo reconocieron en Compostela sendos grupos de vecinas de Figueres y de las Terres de l'Ebre y en las dos conversaciones fue capaz de detallarles —por separado— la geografía humana y familiar de su respectivo entorno, como si hubiera vivido en ellas toda su vida.

Esta vivencia directa obliga a mirar hacia las sombras sin girar la cara. El sobreseimiento libre de su proceso penal por razones de deterioro cognitivo lo exime del juicio al que su familia continúa sometida, pero no resuelve eventuales reproches éticos. Con todo, resulta imposible no criticar el rigor inquisitorial de la Audiencia Nacional al hacerlo comparecer presencialmente en Madrid a sus 95 años y en evidentes condiciones de fragilidad de la salud. Un gesto humano que poco tenía que ver con la verdadera justicia. Además, cabe recordar que el enjuiciamiento de estos hechos no le corresponde al tribunal ordinario predeterminado por la ley, sino a un tribunal de Madrid con jurisdicción para todo el Estado y heredero del viejo Tribunal de Orden Público.

No estamos ya en 2014 y parece que amplios sectores de la sociedad catalana, y también del independentismo, rompieron la exclusión de la vida civil que sufrió durante largos años Jordi Pujol. Mucha más gente reconoce que supo hacer país y evalúa sus esfuerzos en la construcción de una Catalunya moderna y de las estructuras fundamentales de la nación: la escuela en catalán, los Mossos d'Esquadra, los medios públicos de radio y TV y la ampliación y consolidación del autogobierno.

La historia no es un relato en blanco y negro. El Pujol que tuvimos el privilegio de acompañar por Galicia era el arquitecto de la Catalunya contemporánea y un amigo leal de nuestra Galicia. Una figura compleja, lúcida e irrepetible, sin la cual no es posible interpretar el último medio siglo de la historia de Catalunya.