Felipe de Borbón, rey de España, Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia, utiliza este apelativo de “Grecia”. Y es como si dijera de España, cuando en realidad su dinastía materna no es otra que la casa de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg-Beck, procedente de esta alta casa alemana de Glücksburg, la venerable estirpe real de Dinamarca, después emigrada a las monarquías de Grecia y Noruega del mismito Schleswig-Holstein, del Schleswig-Holstein que recientemente liberó a Carles el Grande porque no había cometido ningún delito, según decisión judicial. Felipe VI de España tiene, como todo el mundo, orígenes diversos y una identidad rica y compleja, con antepasados de todo tipo de ser, con referentes familiares, políticos e ideológicos de todos los colores. En su despacho oficial, el mismo que ocupó hasta la abdicación el rey Juan Carlos, hizo sacar el retrato de Felipe I de Parma, hijo de Felipe V, origen de los Borbones españoles y enemigo histórico de Catalunya, y se lo hizo instalar una imagen de su hermano, Carlos III, tal como podemos ver detrás de la mesa donde trabaja, poco o mucho, una imagen que el rey no ve pero que la acompaña como un amuleto, como una especie de declaración de principios de príncipe y señor. Carlos III, el rey alcalde, el alcalde de Madrid, claro, un déspota ilustrado, relativamente ilustrado y positivamente déspota, partidario de la conocida sentencia de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”, las mejores intenciones y las acciones más etéreas. Un retrato de Anton Rafael Mengs en el que se ve a un señor de la guerra, con un arnés negro, vestido para matar. El retrato que se pudo ver durante el famoso discurso del día 3 de octubre de 2017 como un funesto augurio.

Felipe VI también cambió el guion y el estandarte personal, popularmente conocidos como pendón real, la bandera personal del monarca porque los reyes poseen una bandera exclusiva, la primera para la guerra, la segunda para la paz. Son prácticamente idénticas —fenomenal— y lo más curioso del caso es que Felipe VI abandonó el color azul oscuro de su padre, un color muy dinástico, borbónico, pero también de recuerdos falangistas, por el color carmesí. El carmesí no se utilizaba desde 1834, ya que los reyes constitucionales de España siempre habían usado el color lila. El carmesí es el color de la monarquía absoluta, el de los carlistas, y el color de los monarcas del imperio en el que no se ponía el sol. Ya han desaparecido la cruz de Borgoña y el yugo y las flechas de los Reyes Católicos pero retornando a la tradición más rancia. El guion y el estandarte de Felipe VI se parecen más a los del Felipe II de la armada invencible que a los de su padre. No es la tradición, porque como acabamos de ver de tradiciones hay muchas. Es el inmovilismo.

A Su Majestad no le basta con todo esto porque también emite mensajes a través de las corbatas que se cuelga del cuello, como si fuera un hincha deportivo. Nunca se le verá con los colores azulgranas porque todo lo que recuerde a Catalunya está vedado, tampoco lucirá nunca una corbata amarilla, ni por equivocación. Lo que hace es usar y abusar del color verde, de una semántica que, durante la república española y más tarde, usaron los nostálgicos alfonsinos, los partidarios del regreso de Alfonso XIII y de sus sucesores. El verde del monarquismo español no es heráldico sino que es un juego de palabras, la palabra “verde” entendida como acrónimo de “Viva El Rey De España”. De este verde que te quiero verde nace la pasión de la ultraderecha española por este color, es el color corporativo de Vox, el color del caudillo Abascal, el verde monárquico de la fe en el líder supremo, que se cuidan mucho que no sea confundido con la tonalidad tradicional del verde islámico. Felipe VI estuvo ayer en el museo de Montjuïc con una corbata verde y, en definitiva, no queda muy claro si los de Vox usan el verde monárquico o si el rey de España está luciendo el verde de Vox, de una formación política con la que tiene simpatías evidentes. Felipe VI está permanentemente en campaña, luciendo sus corbatas verdes y, en cambio, lucir los lazos amarillos o bien es ilegal o bien es combatido como muestra de partidismo político. Lo que no puede ser partidista, nunca en la vida, es un rey constitucional, pero esto a los españolistas les da igual. Porque la idea de España se ha convertido en una religión laica que no admite la diversidad ni la crítica.

Jordi Galves
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