Era rubia como la cerveza. No muy alta, esto es verdad, frágil, una chica preciosa, con el pelo largo, adornada con la bandera sagrada de la estrella solitaria, como una capa. Es la bandera de la independencia, tan sagrada como las banderas de otras nobles causas. Y de repente, aparecen los policías coloniales, negros como la noche y como los pecados más negros, y también como los crímenes, y un agente se le acerca, se le encara y le mete un empujón que la hace caerse al suelo. Es cuando algunos hombres interceden por la víctima. Incluso hay uno que se atreve regañar al policía. Con un gesto de desesperación, el hombre martillea la punta del dedo sobre su sien, diciéndole que está loco, que está para que lo encierren. Poco trabajo, tienen muy poco trabajo. La chica se levanta porque es una persona, porque hace dos millones de años, desde el Pleistoceno, que los humanos caminamos enhiestos, con la cabeza erguida y mirando hacia adelante con gran dignidad. Evita discutir con los gendarmes, los deja por imposibles, y empieza a caminar, dando la espalda. Realmente es una mujer muy bonita, vistosa, alguien podría pensar que sería la víctima idónea para un violador, sobre todo cuando otro policía de la manada se le acerca por detrás y empieza a golpearla con la porra, en las piernas y en el culo. Imitando a algún antepasado suyo de antes del Pleistoceno, el más primitivo entre los primitivos, el más remoto de todos. La guerra impone la ley del más fuerte pero también la de los oligofrénicos, los débiles mentales, los cretinos, los idiotas, los necios. Y luego a tarados como los que vimos ayer.

Para algunos subhumanos la guerra es un festival de violencia y sexo. Mientras hay ciudadanos que hacen más horas que un reloj limpiando casas, haciendo pan o conduciendo un camión, hay otros que se dedican profesionalmente a vapulear a la gente. No a hacer de policía, que es un trabajo honorable, sino a desbordar las pulsiones más reptilianas con la excusa del uniforme. Ayer las cámaras mostraron cómo, en pleno día, apaleaban y arrodillaban en el suelo a manifestantes, cómo se cebaban sobre los más débiles e indefensos, sobre personas mayores, sobre periodistas. Sobre ciudadanas pacíficas. Creían que esto sería un sarao como el del uno de octubre y han encontrado que la gente es ingobernable cuando les ha perdido definitivamente el respeto y la confianza, porque la ley que no es justa no es ley, porque sólo dicen que esto es una auténtica democracia los que viven muy bien, opulentamente, de esta parodia de organización social. Se creían que el pueblo catalán, un pueblo de cobardes y de viejos, un pueblo colonizado y encadenado, no tenía capacidad de respuesta. Aún existe más de medio millón de personas para realizar marchas reclamando la libertad, aún hay manifestantes que no se han perdido el respeto a ellos mismos.

El consejero Miquel Buch afirmó ayer, públicamente, que el cuerpo de Mossos de l’Esquadra no tiene ningún tipo de connivencia con los ultraderechistas como si todo el mundo fuera memo. No, el cuerpo seguro que no, pero es evidente que, al igual que dentro del cuerpo hay una buena colección de sádicos y violentos, también acoge a una cantidad indeterminada de ultraderechistas que mantienen y explotan vínculos con grupúsculos nazis Es intolerable que el honorable consejero mencionara ayer a “dos grupos antagónicos, de signo contrario”, como si los independentistas fueran equiparables a los fascistas, como si la ultraderecha no fuera antagónica a todo y a todos. Así sólo hablan los fachas. Los honorables fachas y los fachas de l’Esquadra.

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