Al final ves que has salido del agujero y que la libertad solo consiste en continuar encarcelado, siempre atrapado, pero ahora en un agujero más grande; al final te vas desengañando tú solo porque, de hecho, los presos políticos somos todos los demás, somos los que nos quedamos fuera de las cárceles, condenados a no poder engañarnos a nosotros mismos con la vana ilusión que exhiben estos libertos que ahora salen en las noticias, que se imaginan que han conseguido algo y sonríen, que gritan, henchidos de palabras y levantando los brazos. Al final los presos políticos somos todos los demás menos los indultados porque ya hemos dialogado todo lo que teníamos que dialogar y tenemos la boca seca. Porque seguimos viviendo en esta tomadura de pelo que llamamos España, en esta impostura permanente, en este charco que es como plomo en las alas, una canícula indefinida y pegajosa que nos va arrastrando por tierra y degradándonos, que nos recomienda conformarnos y callar, dejarlo correr, dormir cómodamente en esta penitenciaría otomana de los pueblos, en esta siesta perpetua del alma de la que cada vez te cuesta más poder despertar. España es exactamente eso, pensar que no es para tanto, que ya está bien como estamos, que quizás no renunciaremos nunca a nuestras ideas, pero que sí renunciaremos a nuestros hechos. La fe sin obras muerta es, recuerda el rey Don Jaime en su libro de guerras. Tenemos una colección maravillosa, compuesta de los mejores ideales, de las más exquisitas teorías, sostenibles, progresistas y homologables. Nos gusta quedar bien o hacer ver que no nos damos cuenta de nada. Porque hacernos españoles es traicionar la insatisfacción permanente que el catalán lleva dentro, las ganas eternas de ver mundo y de no conformarte con recoger aceitunas, agacharte ante el señorito, perderte el respeto a ti mismo, decidir que ya serás quien eres en otro momento.

Ayer por la teletrés volvimos a hacer el ridículo, pero no pasó nada, nunca pasa nada, porque siempre tenemos demasiado trabajo, o porque tenemos demasiado calor o demasiado mala conciencia. Vivimos sonámbulos, entre la irritación y la indiferencia perpetua. Se ve que tenían que hablar en el noticiario de las notas de selectividad. De ese examen estrella de un sistema educativo que todos los indicadores internacionales señalan como uno de los peores de Europa, un sistema educativo que solo gusta a los pedagogos y que nos avergüenza cada vez que nos confrontamos con algún vecino francés o alemán. Incluso italiano. Y llegó el momento de sacar en pantalla a los hombres y mujeres que han sacado las mejores notas. Y todos hablaban este catalán penoso y transgénico de los presentadores televisivos. Menos uno, creo, todos los demás fueron incapaces, estos alumnos superdotados y que han sacado tan buenas notas, de deletrear correctamente el acrónimo ESO. Tres siglas, dos errores en la fonética, simplemente porque las siglas las dicen en castellano. Incluso cuando hablan de la UPF, una universidad llamada así en honor a Pompeu Fabra. Y no, no pasa nada, porque el catalán como sociedad, nos da exactamente igual, porque es mentira que sea la lengua propia de nuestra sociedad. Ya nos está bien vivir en esta libertad vigilada, en esta culturilla subordinada a la de España. La indiferencia, a menudo, es más venenosa que el odio.

 

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