No es lo mismo el nacionalismo defensivo de los minoritarios que el nacionalismo imperialista de los poderosos. De modo que tampoco es lo mismo el nacionalismo armenio que el nacionalismo azerí, el de los vecinos que quieren acabar de exterminarlos y completar así el genocidio iniciado por Turquía en 1915 contra este irreductible pueblo del Cáucaso. Tampoco es lo mismo la libertad del oso del Pirineo que la libertad de llevar armas de fuego, ni es igual el derecho a la opinión de Donald Trump o de Manuel Valls que tener que aceptar la naturalización de las mentiras que van propagando estos dos políticos poderosos para beneficiarse de las consecuencias de lo falso. Mientras ayer el antiguo primer ministro francés rechazaba, en un programa de televisión, la escuela en lengua catalana por separatista y antirrepublicana, un auténtico republicano y afrancesado como Pablo Ruiz Picasso siempre exhibió públicamente con varios emblemas catalanistas, como la senyera o la barretina. Si alguna vez visita Prada de Conflent y le apetece visitar su cementerio, tal vez mientras va buscando la sepultura en la que reposa Pompeu Fabra, se dará cuenta seguramente de cómo se ha ido completando la limpieza étnica de Francia sobre los catalanes de la comarca. Mientras que la inmensa mayoría de los nombres de los muertos que pueden leerse en la gran cantidad de tumbas son sólo catalanes, la inmensa mayoría de los vivos, de los habitantes de Prada, son sólo franceses. Ya pueden venirnos con la canción de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad y de no sé cuántas cosas preciosas más. Lo cierto es que Francia y España son y quieren seguir siendo dos estados imperialistas y monolingües, dos proyectos políticos muy antiguos y prestigiosos que hoy, claramente, se contradicen con los valores contemporáneos de la diversidad, de la identidad, de la democracia y del respeto a las minorías nacionales.

El afán destructivo de España como proyecto político, por su parte, no ha sido denunciado sólo por el independentismo catalán de hoy, que muchos e importantes nombres de la propia cultura española lo han señalado insistentemente y desde muy antiguo. Este año en que se conmemora el centenario del nacimiento del castellanísimo Miguel Delibes quizás vale la pena recordar un artículo publicado en La Vanguardia el 10 de septiembre de 1967 a propósito de la corrida de toros, La fiesta nacional. El escritor califica la personalidad española de radical y, por tanto, justamente representada por la crueldad y la injusticia de la tauromaquia, una clara exhibición de maldad pero sobre todo un símbolo de cosas españolas aún peores: “En el temperamento español existe una antropofagia latente, presta a manifestarse en cuanto se da ocasión. El español siempre ha jugado a polarizarse en los extremos. Antes que afirmar, niega; antes que esto es anti aquello. En su oposición dialéctica no cabe la posibilidad de comprender al adversario, cuando menos la de que este le convenza. Y si frente a aquel nada pueden sus razones, apela a las voces; el caso es imponer su criterio como sea y, por supuesto, sin escuchar antes. Contemporizar, dialogar, transigir, han sido en nuestro país palabras sin sentido. Más todo esto, entiendo yo, deriva, antes que del cotejo de ideas, del menosprecio hacia las personas que las sustentan. En España, país muy poco leído, no se rechazan las ideas —que se desconocen— sino las personas; no hay juicios, sino prejuicios. Una tendencia borreguil nos empuja a excomulgar sin más, a aquel a quien nuestro grupo señala como peligroso. Basta con esto. El español no se mete en averiguaciones; el rastreo intelectual le aburre y le fatiga. Odia cordialmente, insulta cordialmente, mata cordialmente; jamás preguntará el porqué de todas esas actitudes. Con esos, mejor no hablar; son unos fanáticos, decimos fanáticamente. Y de este modo todos nos fanatizamos. Sin respeto a las personas no hay posibilidad de entendimiento. En este difícil país nuestro, aunque otra cosa se predique, no hay contraposición de ideas. Podría haberla si el prójimo que representa una ideología que se nos dice contraria a la nuestra nos inspirase algo más que un insulto. En España, las guerras civiles se han mamado. El niño que crece ya no pregunta por qué aquel señor es malo; nació bajo esa idea y la acepta como un hecho natural, lo mismo que acepta tener cinco dedos en cada mano; es así y basta. No hay por qué escuchar las razones de ese hombre malo: son infundios, son falacias, son mentiras. Y así nos crece el pelo.” El independentismo catalán, pacífico y dialogante, a menudo olvida, por temor a ser considerado supremacista, la naturaleza profundamente destructiva de nuestro adversario político.

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