En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso. Cuando el sultán emérito de Al-Ándalus, Juan Carlos el primero, hijo de Juan, hijo de Alfonso, emuló a su augusto abuelo moviendo mucho las piernas hasta huir, toda la prensa quiso saber con qué concubina o concubinas se había hecho acompañar al arenoso emirato de Abu Dabi. Error mayúsculo. Se equivocaron los medios ya que, en realidad, el secreto de Juan Carlos Ben Juan no han sido nunca las mujeres sino los hombres, los —al menos— seis guardias civiles que hoy le rodean como una guardia pretoriana, día y noche, como una escolta verde, una guardia mora que a la vez le protege y puede decirse que le tienen prisionero, que lo guardan de todo mal y se aseguran de que no se vaya de la lengua, que no pueda hacer nada contra su hijo, siguiendo la entrañable tradición instaurada por Carlos IV que conspiró contra su heredero Fernando VII. Juan Carlos se ha largado, ha huido a tierra mora con la Guardia Civil y no con los soldaditos de plomo de la Guardia Real, ni con la Legión, ni tampoco con la marinería del buque Juan Sebastián Elcano. Y es que, cuanto más vamos conociendo a España de cerca, más claramente se ve que quien tiene la fuerza no es la temible aviación de guerra de los F/A-18 Hornet —Avispón—, ni la determinante acorazada Brunete, no señor, aquí el núcleo del verdadero poder es la Guardia Civil, el estado dentro del estado, en el corazón del cogollo de la entraña más íntima del núcleo del mando, de la violencia, de la tiranía, de la endémica pervivencia de la dictadura españolista, anterior al general Franco e incluso al Vivan las caenas de principios del siglo XIX. España es sobre todo una fuerza intimidatoria.

Aquí el núcleo del verdadero poder es la Guardia Civil, el estado dentro del estado

Hace dos días que la televisión pública vasca emitió un extraordinario reportaje dedicado al protagonismo político y represor de la Guardia Civil, una organización considerada, según los analistas, como civicomilitar, paramilitar o simplemente militar, la auténtica triumfadora contra el terrorismo de ETA, cada vez más poderosa e incontrolada, sobre todo a medida que ha ido derrotando a las diversas fuerzas disgregadoras del proyecto de una España centralista y uniforme, en definitiva, de una democracia aparente, tutelada por las pistolas pagadas con el dinero de los contribuyentes. La Guardia Civil, según el reportaje, es una temible organización que no sólo protagonizó el golpe de estado del 23 de febrero y la represión del primero de octubre contra Catalunya, también es la única organización gubernamental en que el poder político, legítimamente surgido de las urnas, no tiene mucha capacidad de intervención ni de control. El instituto armado, autodenominado benemérito, se ha convertido en una organización no sólo jurídicamente impune, sino también corrupta, torturadora, con su propia agenda política, en clara sintonía con los elementos más reaccionarios del Partido Popular, de Vox y de las autoridades judiciales más inmovilistas. Su agenda no hace más que perseverar en una determinada idea de España, irreal, tan involucionista como radical, tan agresiva como continuadora de los ideales del franquismo, más de cuarenta años después de la desaparición del dictador. Es desde este clima de intolerancia manifiesta, de ultraderecha rampante, de golpismo armado, de adoctrinamiento ideológico, con fuertes vínculos de todo tipo con el Opus Dei y con la alta jerarquía judicial, que se ha elaborado un discurso policial contra el independentismo político, al que se le acusa, curiosa y significativamente, de sus propios pecados: golpismo, intolerancia, ultraderecha y adoctrinamiento. El análisis detallado de los vínculos de la Guardia Civil con su entorno ideológico ayudan enormemente a explicar algunos de los más infames contrasentidos de la actual tiranía judicial. Enterarse, por ejemplo, de que la juez del caso Alsasua, Concepción Espejel, está casada con un coronel de la Guardia Civil sirve para invalidar cualquier apariencia de imparcialidad de la justicia, cualquier posibilidad de ecuanimidad humana. Poder judicial y Guardia Civil trabajan juntos desde el partidismo político y social más marcado e indisimulado. Como cuando la judicatura nazi pretendía juzgar imparcialmente a los ciudadanos judíos del Reich o como cuando los jueces blancos de los estados del sur de Estados Unidos osaban impartir justicia sobre los ciudadanos de raza negra. Puramente una comedia.

Hay una anécdota protagonizada por Xabier Arzalluz que confirma todo lo dicho sobre el sultán Juan Carlos y su guardia mora vestida de color verde. En una ocasión en que Xabier Arzalluz aconsejó a Juan Carlos I negociar directamente con ETA para acabar con la violencia, el monarca le dijo confidencialmente, muy asustado, alarmado por su atrevimiento: “¿Cómo? ¿Con ETA? ¿Y qué dirá la Guardia Civil?”. “No sabía que fuera la Guardia Civil, respondió el político vasco, quien determina la política del Estado”. Entonces como ahora, hay que saber que sí, efectivamente, que quien manda, en definitiva, es la Guardia Civil. ¿Ya lo saben nuestros políticos independentistas?

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