El acceso de Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno mediante la moción de censura más inaudita que nunca nadie habría imaginado plantea un futuro inmediato muy incierto, pero también hay certezas indiscutibles que determinarán el éxito o el fracaso de su mandato. Sánchez triunfará si encuentra una salida al conflicto catalán que normalice políticamente el país y fracasará si no lo consigue. Es tan obvio que lo afirma incluso la prensa internacional. Y también es un dato incontrovertible que la derrota del soberanismo a base de represión, encarcelamientos y líderes exiliados no es una opción que traiga estabilidad, sino todo lo contrario.

El PP y Ciudadanos insistirán en atizar el conflicto y atacarán siempre por el mismo flanco. No saben hacer otra cosa. El PP ya lo hacía en los años 90 cuando el traspaso el 15% del IRPF suponía un crimen de lesa patria. Luego Aznar traspasó el 30%. Si Sánchez vuelve a caer en la trampa de interiorizar el discurso del adversario está perdido.

Los manuales de estrategia política señalan que los asuntos difíciles han afrontarse al inicio del mandato

El nuevo presidente español no tiene más remedio que buscar una alternativa a la represión y ser consciente de que la ofensiva españolista también es y será un dato constante del problema. Pero no es lo mismo atacar desde el Gobierno que desde la oposición. El PP ya jugó sucio con el gobierno Zapatero durante el proceso de paz en Euskadi y cuando el estatuto catalán. En el primer asunto, los socialistas se mantuvieron firmes, no hicieron caso de la retórica beligerante de Rajoy —"han traicionado la memoria de los muertos", les llegó a decir— y consiguieron que ETA dejara de matar. En cambio, en la cuestión catalana, Zapatero claudicó, rompió con Pasqual Maragall y aquello fue el principio de su final. Cuando el PSOE se pone a remolque de la derecha, se desmorona.

De hecho, hace una semana el PSOE estaba absolutamente hundido y ahora levanta la cabeza precisamente porque Pedro Sánchez ha sabido coger al vuelo la última oportunidad que le quedaba. Es un presidente de Gobierno que desafía la ley de Murphy, porque lo que puede salir mal acaba saliendo mal, pero debe tener claro que la estabilidad de su Gobierno y del país siempre le llegará antes de los soberanistas que de la derecha y la extrema derecha, que no tienen otro objetivo que derribarlo.

El nuevo presidente español deberá convencer al rey de que cambie de actitud si quiere asegurar la continuidad dinástica

Así que, teniendo en cuenta que deberá mover ficha en el conflicto catalán y que deberá ser una ficha distinta a la del PP, Sánchez habría de tener el coraje de hacerlo lo antes posible. Los manuales de estrategia política señalan que los asuntos difíciles se han afrontar al inicio del mandato y se han dejar los menos comprometidos y más populares para las vísperas electorales. Sánchez no ha dicho cuándo convocará elecciones y los que lo han apoyado no tienen ninguna prisa, pero el año que viene habrá elecciones municipales y autonómicas y solo queda un máximo de dos años para volver a convocar las generales. Lo que le interesa al PSOE, aún más al PSC y al conjunto de la izquierda, es decir, Colau, Podemos, etc., es tener desactivado el conflicto catalán bastante antes de los comicios. Y para desactivarlo habrá que tomar medidas valientes que, por supuesto, provocarán la reacción más histérica de las derechas; pero una vez se consiga rebajar la tensión, el ardor guerrero y las bravatas neofalangistas quedarán tan fuera de lugar como cuando ahora los dirigentes del PP y de Ciudadanos todavía se llenan la boca de retórica beligerante contra ETA, cuando el País Vasco ya nadie sabe quién es Josu Ternera. En todo caso, el PP seguirá siendo el de siempre, pero Ciudadanos, sin el conflicto catalán, se queda sin producto en el escaparate.

Y no hace falta decir que la única manera de "desescalar" el conflicto será encontrar salidas para los presos y los exiliados. El abogado Cuevillas ya ha advertido que un primer gesto podría ser el acercamiento de los presos a Cataluña y eso solo depende del Gobierno. Habrá que actuar con audacia y mucha imaginación, pero todos los conflictos de este tipo, si no terminan con un acuerdo político, se eternizan.

Es cierto que, respecto a Cataluña, Pedro Sánchez ha defendido primero una cosa y luego la contraria. Ha querido paz y ha agitado la guerra. Pero no hay que olvidar que después del 1 de octubre propuso reprobar a la vicepresidenta Sáenz de Santamaría y juró y perjuró que nunca apoyarían la aplicación del 155. Después, Miquel Iceta habló de indultos a presos catalanes. Sin embargo, el discurso del rey Felipe del 3 de octubre lo cambió todo y el PSOE se sumó al bloque represor. Ya ha habido bastantes comentaristas, nada sospechosos de simpatías soberanistas, que han tenido la valentía de señalar la arenga del monarca como el peor error de su breve reinado. He aquí un papel que deberá jugar Sánchez: convencer al monarca para que adopte una actitud conciliadora. Le tendrá que explicar que es por su interés, porque, si no se aviene, quizás la iniciativa de un referéndum para elegir entre monarquía o república en toda España, ahora que las izquierdas han recuperado las ilusiones, irrumpa imparable en el debate político cotidiano.

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