La ofensiva del establishment político, financiero y mediático contra Albert Rivera, una auténtica operación de acoso y derribo contra el líder de Ciudadanos, no es por la razón patriótica de evitar que la investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno dependa de los diputados independentistas catalanes o vascos, sino para impedir la coalición PSOE-Podemos que es lo que de verdad asusta a las élites extractivas que vampirizan el Boletín Oficial del Estado.

Ya se ha convertido en sistemático en la política española —y no digamos en la catalana— señalar unos objetivos y un argumentos de cara a la galería como táctica para conseguir otro objetivo absolutamente diferente que no se quiere confesar. No es verdad que la investidura de Pedro Sánchez corra peligro. Aunque quiera rechazar los votos de los independentistas, que tampoco es del todo seguro, Sánchez tiene la investidura asegurada por lo menos a la segunda vuelta, cuando le bastará recibiendo más votos de los que sumen todas las derechas. El tripartito de la Caverna, como mucho, puede sumar 152 diputados contando canarios, navarros e incluso el diputado cántabro y dando por supuesto, porque lo han dicho, que ERC, Bildu y JXCat no se apuntarían a la confabulación. PSOE y Podemos juntos superan con creces el bloque de la derecha. Eso sí, el apoyo de Podemos siempre es un factor constante, imprescindible, y este es el problema. El PSOE ha pactado con quien tiene a su izquierda en municipios y comunidades autónomas, pero para el Gobierno central y el Congreso siempre ha mirado a su derecha (UCD, CiU, PNV) y nunca a la izquierda, como si fuera algo que tuviera prohibido desde la experiencia del Frente Popular.

Supuestamente, un acuerdo con Ciudadanos le aseguraría a Sánchez una legislatura estable; le permitiría llevar a cabo las políticas económicas austeras que le impondrá Berlin, tendría el poder financiero y las élites extractivas a su favor y solo le complicaría el conflicto catalán, pero no mucho más de lo que ya lo está. En cambio, el pacto con Podemos le supondría una legislatura mucho más difícil. Debería pactar las políticas económicas simultáneamente con Podemos, PNV y, como mínimo, ERC, por lo tanto no podría ser tan austero como quisiera Angela Merkel o quien la sustituya, y la derecha económica le pondría todos los palos en las ruedas imaginables.

El objetivo del establishment es impedir como sea la coalición PSOE-Podemos y Sánchez aspira en último término a una investidura low cost

Sin embargo, en democracia los representantes son elegidos por unos votantes que saben lo que quieren. En este sentido, todos los esfuerzos que hace Pedro Sánchez para lograr el apoyo de Ciudadanos o la abstención del PP es contradictorio con lo que han expresado los votantes socialistas en casi todas las encuestas. Quieren el pacto con Podemos. "Con Rivera, no", gritaban la noche electoral los socialistas más entusiastas. De hecho, las elecciones de abril se plantearon como una confrontación entre el bloque de la derecha y el bloque de la izquierda. Por lo tanto, si la campaña contra Rivera tuviera éxito y finalmente Sánchez llegara a un pacto con Ciudadanos, la gente de izquierdas se sentiría nuevamente traicionada y con razón.

De momento, parece que esto no sucederá. El Ibex35 pomocionó a Rivera para que fuera el Miquel Roca del siglo XXI, capaz de dar estabilidad con la derecha o con la izquierda, y, como ya comprobamos en Catalunya, se han encontrado con todo lo contrario, con un radical sistemático cuya ambición es inversamente proporcional a su talento.

Ahora, lo que tampoco pasará es que Pedro Sánchez fuerce la repetición de las elecciones. Es un riesgo demasiado elevado y que, hoy por hoy, no interesa a nadie. La amenaza de nuevas elecciones que surge de los desacuerdos proclamados por Sánchez e Iglesias es otra táctica del presidente en funciones para ganar tiempo a ver si la crisis de Ciudadanos da resultados y para asustar a Pablo Iglesias y que se avenga a facilitar una investidura low cost.

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