El món està ben girat… hi ha molt a fer i poca feina... tots s’ho maneguen uns quants... els dimonis estan contents”… Así cantaba la abuela madrina de Joan Manuel Serrat en una descripción precisa, ahora más que antes, de los tiempos que corren. Esta pasada semana ha sido paradigmática para constatarlo. Todo son paradojas y, como remacha la canción, "nada es lo que parece".

En Madrid se celebra la Cumbre Mundial del Clima con 25.000 participantes de 200 países que quizás han disfrutado de magníficas experiencias personales en la capital española, pero que, de momento, no han sido capaces de llegar más allá de proclamar su impotencia. El hecho mediáticamente más relevante ha sido el protagonismo de Greta Thunberg, la adolescente sueca convertida en la voz de la conciencia planetaria, que admite que todo el mundo habla pero nadie hace nada. “Las emisiones de CO2 no se están reduciendo, sino aumentando, así que no hay victoria”, dijo. Incluso los activistas han renegado de los patrocinadores de la Cumbre, paradójicamente empresas energéticas sólo interesadas en “limpiar su imagen”.

Ninguno de los líderes mundiales que representan a los países más contaminantes se ha acercado a la cumbre de Madrid, todos ellos más atentos a otra cumbre, la de la OTAN que ha acabado como el rosario de la aurora, con todo el mundo peleado y con el sanguinario líder turco, Recep Tayyip Erdogan, imponiendo sus tesis antidemocráticas y genocidas. La alianza atlántica nació como una coalición de las democracias, pero nadie le ha parado los pies a Erdogan. Por el contrario, ha recibido apoyos y simpatías, entre otros, sin ir más lejos, del presidente español, Pedro Sánchez.

La Cumbre del Clima proclama su impotencia; la OTAN blanquea a sátrapas como Erdogan; Trump recauda más dinero que nunca gracias al impeachment; Francia estalla por las pensiones; Italia se rebela contra el neofascismo; América Latina está en llamas y en España los franquistas se apoderan de la Constitución que rechazaron

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, abandonó la cumbre atlántica supuestamente enfadado con los aliados que se burlaban de él, pero seguramente estaba más preocupado por el impeachment que tendrá que hacer frente por iniciativa de los congresistas demócratas, que, como el mundo está al revés, con su iniciativa están consiguiendo multiplicar la recaudación de fondos de los republicanos para las elecciones del año que viene que Donald Trump afronta como un paseo militar.

La cumbre de la OTAN se celebraba en Londres en medio de fuertes medidas de seguridad, lo que no impidió que, pocos días antes, un yihadista que ya había sido condenado por terrorismo y en situación de libertad bajo vigilancia electrónica asesinara a puñaladas a dos peatones en pleno London Bridge.

Coincidiendo con estos acontecimientos, Francia y especialmente París se ha vuelto a colapsar con la huelga y las protestas más multitudinarias desde el siglo pasado contra la reforma de las pensiones que pretende llevar a cabo el presidente Macron. Las escenas de enfrentamientos entre manifestantes y policías denotan una tensión social alarmante y creciente que amenaza con extenderse al resto del continente. En Italia, el movimiento antifascista de las Sardinas llena plazas de gente que no se resigna a la ofensiva neofascista que lidera Matteo Salvini y vuelven a cantar el Bella Ciao como 80 años atrás. No es para conformarse pero siempre hay quien está peor. La violencia se ha apoderado de las calles en Chile, en Bolivia, en Colombia, en Ecuador y en Venezuela en una América Latina que sólo transmite imágenes en llamas.

Y como paradoja final, en España los actos que han registrado más asistencia para conmemorar el Día de la Constitución han sido protagonizados por ciudadanos contrarios a la propia Constitución y la monarquía. Miles de vascos han reclamado la República; en Barcelona, los CDR cortaron calles y quemaron ejemplares de la llamada Carta Magna, pero el súmmum de las paradojas fue la manifestación supuestamente constitucionalista de Barcelona, encabezada en esta ocasión por Santiago Abascal, el líder del partido ultraderechista Vox. Ha sido la prueba definitiva de la regresión del régimen del 78. Los franquistas, que votaron no a la Constitución, ahora se la han apropiado definitivamente... el mundo está al revés y los demonios están contentos.

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