Los medios convencionales, comprometidos con el establishment al cual sirven de manera obediente, incluso los catalanes, sitúan las elecciones del 10 de noviembre como un duelo entre derecha e izquierda o más concretamente entre el PSOE y el PP. Es una auténtica tergiversación. Lo más importante de las elecciones en Catalunya, pero también en España, es como se traduce políticamente la respuesta a la sentencia del Tribunal Supremo que acaba de condenar a 100 años de prisión a unos dirigentes políticos que no han cometido ningún delito de sangre.

Desde este punto de vista, el voto del 10 de noviembre adquiere por primera vez una dimensión moral. Una dimensión moral que afecta a todo el mundo, ya sean independentistas, unionistas o no compartan ninguna de las dos opciones, porque en esta ocasión los electores, independientemente de sus preferencias políticas, afirmarán con su voto si ya les parece bien el funcionamiento de un Estado en el que gente como Jordi Cuixart o Jordi Sánchez sean condenados a nueve años de prisión por convocar una manifestación y desconvocarla después. Dicho de otra manera, las elecciones del 10 de noviembre son de hecho un referéndum sobre la injusticia.

Por primera vez el voto en unas elecciones adquiere una dimensión moral que afecta igual a independentistas, unionistas o equidistantes, porque rechazarán o avalarán lo que 8 de cada 10 catalanes consideran una injusticia

Si, como publicó La Vanguardia, 8 de cada 10 catalanes consideran injusto el encarcelamiento de los líderes independentistas y como entre estos 8 hay independentistas y otros que no lo son, su voto puede expresar su disconformidad o bien considerar que la injusticia es algo secundario, lo cual desde el punto de vista moral es difícilmente justificable y recuerda el poema —que no escribió pero popularizó Bertolt Brecht— sobre cuando los nazis empezaron por los judíos y por los comunistas y luego siguieron, ante la inhibición de los que se consideraban ajenos al problema. La injusticia practicada por el Estado nunca se puede considerar un mal menor. "Al final, recordaremos no las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos", solía decir Martin Luther King.

Gane quien gane las elecciones, será la respuesta de los catalanes lo que seguirá determinando la política española, como está pasando desde hace casi una década, porque sin el concurso de Catalunya cualquier mayoría parlamentaria que se articule será precaria

Tal como ha ido todo, es muy comprensible que muchos electores dispuestos a expresar el rechazo a la represión y a la injusticia no se identifiquen con ninguna de las opciones que se presentan. Eso es constatable tanto entre los independentistas como entre los unionistas, sobre todo por la insolvencia de las propuestas políticas que hay sobre la mesa. Sin embargo, en esta ocasión el apoyo, por activa o por pasiva, a los partidos que defienden la represión y los encarcelamientos equivale a dar un cheque en blanco a la evolución autoritaria del Estado, y eso es objetivamente negativo para los españoles en general y para los catalanes muy en particular. No hay ninguna propuesta de los partidos que dieron apoyo a la aplicación del 155 que, más allá de la represión, ofrezca a los catalanes ni siquiera la reparación de las infraestructuras obsoletas.

Así que, gane quien gane las elecciones, será la respuesta de los catalanes lo que seguirá determinando la política española, como está pasando desde hace casi una década, porque sin el concurso de Catalunya cualquier mayoría parlamentaria que se articule será precaria. Incluso una eventual coalición PSOE-PP o viceversa sería por definición excepcional e inestable, sólo se justificaría por la necesidad de hacer frente al conflicto catalán. Las protestas de los catalanes a la sentencia han sido un admirable ejercicio de dignidad colectiva, pero la respuesta a la injusticia mediante los votos provoca más angustias a las élites recalcitrantes del Estado que todas las manifestaciones.

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