La tomadura de pelo del Borbón emérito continúa. La carta que el pasado día 5 dirigió a su hijo, el rey de España, y que este hizo pública el lunes pasado, sigue dando gato por liebre.

En primer lugar, Juan Carlos hace mención hasta tres veces, en apenas un folio, a su vida privada. Ningún problema: cada uno hace lo que quiere con su vida privada, con la condición de que, para hacerlo, no utilice medios y recursos públicos o vulnere la legislación tanto vigente como las mínimas normas del decoro y la vergüenza.

Eduardo VIII, rey de Inglaterra, reinó del 20 de enero de 1936 al 11 de diciembre. No llegó a 365 días. La razón es conocida por todos: quiso casarse con una divorciada norteamericana de pasado, digamos, poco convencional. Tuvo que abdicar. Hoy, la rigidez de la Iglesia anglicana nos puede parecer inapropiada ―ya veremos con el actual príncipe de Gales―, pero era el pan que en la época se daba en las islas (y por todas partes, en general). El futuro duque de Windsor, que tenía vida privada, la puso por delante de su vida oficial y dejó a un lado ser jefe de estado de la entonces seguramente primera potencia mundial.

Traducido a un lenguaje sencillo: no se puede soplar y sober al mismo tiempo. O vida privada, o vida oficial. Y si se opta por la segunda, aunque el cargo sea, como lo es en las monarquías, hereditario, se tienen que arrastrar las cargas que comporta, más allá de la vida oficial. La ejemplaridad, virtud siempre vendida para mantener las monarquías, no se puede abandonar ni un momento.

Lo que no se puede pretender, y menos todavía pedir que se consienta, es que los comportamientos privados absolutamente rechazables éticamente e, incluso, penalmente disfruten de los mismos privilegios que el ejercicio de la función pública por parte de la máxima magistratura del Estado.

Estamos ante unos hechos punibles que, a pesar del resultado de las investigaciones, el fiscal considera que, ya sea por prescritos, ya sea por inmunidad, no se pueden perseguir

No hay que olvidar que en los dos decretos de la Fiscalía donde se archivan las diligencias sobre el rey padre se habla de (presuntos) delitos. Es decir, estamos ante unos hechos punibles que, a pesar del resultado de las investigaciones, el fiscal considera que, ya sea por prescritos, ya sea por inmunidad, no se pueden perseguir. Los delitos parece que existen y son muy graves con importantes penas de prisión. De lo que, sin embargo, no se dispone es de la acción penal para perseguirlo. Al respeto ―y perdón por la autocita― ya hablé con detalle de ello el sábado pasado en ElNacional.cat.

Eso es lo que se desprende sin dificultad de la misiva: los problemas judiciales que el rey padre ha sufrido ―¡la puerta a ulteriores investigaciones judiciales no está cerrada!― provienen de su vida privada, no de la pública. Estas molestias lo han enojado, porque las considera inapropiadas. ¡Quién osa meterse en las entretelas de los negocios y relaciones de alcoba! El rey es el rey. Y punto.

Pero no sólo eso. “También siento un legítimo orgullo por mi contribución a la convivencia democrática y a las libertades en España”. Es como si dijera: con todo lo que he hecho por vosotros, ahora me venís con estas tonterías. O más prácticamente: estamos a la par. Y tan tranquilo. Inefable.

También forma parte de su vida privada escoger el lugar de su residencia. Parece que se ha decantado por uno de los emiratos del golfo Pérsico: Abu Dhabi. Desierto y rascacielos, pero centro financiero. Sin extradición con España. Y la antítesis del paraíso de los derechos humanos. Ejemplar otra vez.

Antes los reyes destronados tenían más nivel. Suiza era un destino habitual, tal como lo escogió la abuela del emérito, la reina Victoria Eugenia, concretamente en la olímpica Lausana. Tampoco eran malos destinos ni Mónaco ni otras poblaciones de la Côte d'Azur.

Abu Dhabi queda, además, un poco de nuevo ricos; encima, por la razón que sea, se tiene que conformar con un lujo un tanto hortera y réplicas de unos museos que, vete a saber a santo de qué, de los que no pueden visitar los originales. Puestos a expatriarse con las mismas condiciones judiciales y de discreción patrimonial que los Emiratos del Golfo, otras regiones, también templadas pero más idílicas, en el Índico, en el Pacífico o en el Caribe, no hubieran sido mala solución. Y mucho más elegantes y con un barniz democrático de mucha más solera.

Juan Carlos de Borbón y Borbón cada vez que abre la boca resulta tan poco creíble como muy condescendiente. A la hora de hacer ver que da explicaciones, trata a los destinatarios de sus mensajes, los españoles, con la forzada amabilidad con la que se tiene la costumbre de tratar al servicio. Buena educación y a seguir en lo que se estaba.