Sesión continua. Como los cines de mi infancia y de mi primera juventud. Ahora son las plataformas las que dan la sesión continua. Sesión continua como el lamentable espectáculo que está dando el catalanismo/soberanismo/independentismo. Sin necesidad de poner negro sobre blanco ni nombres ni situaciones. No les avergoncemos más, aunque todos, bien pringados en el barro de la falta de generosidad, se apresuran a sacar pecho, intentando convertir en méritos sus deméritos.

Con esta sesión continua de intolerancia con respecto al próximo, de la cual hiperventilados y maleducados en Twitter hacen bandera ―y que sus mentores en los medios formales inspiran―, el panorama se vuelve poco a poco irrespirable, cosa que los ciudadanos no tienen por qué soportar. Las peleitas de capillitas, en las sacristías, no en público. ¡Por favor, madurad!

Los benefactores de la crispación tampoco son plenamente culpables. Venimos de una enorme frustración, derivada de una fe ciudadana en sus líderes y que tuvo como recompensa una declaración de independencia de 8 segundos, porque no había nada preparado, porque se fue de farol. Remachado, además, por la bien nutrida creencia de que España era un estado fallido, poco más o menos que Turquía, una España que no resistiría el embate de los educados, civilizados y más que cargados de razones catalanes. Vicio este de un exceso de corrección que no parece haberse no abandonado, sino que se diría no combinado adecuadamente con momentos de rauxa. ¡No sé si me explico!

O las fuerzas proindependencia se esmeran en una unidad en la que los puntos de desacuerdo se tiran por la borda, o no se llegará ni al pie de la montaña

Si a todo ello le añadimos una represión sutilmente encarnizada y selectiva, pero también burda y tabernaria, que no ha tenido manías con quedar ante el mundo occidental como una democracia imperfecta ―al final los amigos europeos se han dado cuenta, amigos de los cuales poco más se puede esperar―, tenemos un cóctel perfecto: la impotencia catalana frente a la impotencia española, pero, mira por dónde, con el concurso del estado español, sea profundo o superficial. En palabras del clásico, han pagado ―y pagarán― el precio que tocaba, sin manías.

El enfrentamiento entre los que se consideran, hoy por hoy, mayoritarios electoralmente indepes ―lo veremos en el futuro próximo―, demuestra de todo menos inteligencia: ni se gobierna bien, ni los objetivos trascendentes al mientras tanto, como mínimo, la autodeterminación y la amnistía, parecen al alcance. Dados los antecedentes, pretender llegar a la independencia per saltum diría que no tiene demasiado interés comentarlo.

O las fuerzas proindependencia, sabiendo que el camino es espinoso, empinado, lleno de palos en las ruedas y que la meta no está aquí en la esquina, se esmeran en una unidad en la que los puntos de desacuerdo se tiran por la borda, o no se llegará ni al pie de la montaña. Quizás es más divertido insultarse, pero es menos práctico.

De todos modos, sea como sea, tenemos que cerrar esta sesión continua, no ya de reproches, sino de injurias gratuitas que no sirven más que para regocijo de los adversarios, que no es que se crean enemigos, es que creen que ya tienen ganada la partida. Claro que se puede mantener la sesión continua contra viento y marea para dar la razón a Aznar. No sé si me explico. Creo que sí.