Birlo y readapto el lema de Clinton en la campaña de 1992, que también impidió que un republicano renovara su mandato. El lema, pues, no parece malo.
Toda una plétora de políticos y opinadores todavía no lo quieren reconocer y creen que pueden salvar las Navidades, el Fin de Año e incluso los Reyes, sin que la cuesta de enero sea trágica el próximo año. Lo que se hace en España, Catalunya incluida, no tiene parangón en la Europa a la cual decimos que nos parecemos. La Europa, a la cual decimos que nos parecemos, va hacia el encierro, casi hacia el hermetismo, desde ahora hasta medios enero de 2021. Se acaba de añadir Londres, el 30 % del PIB británico, para aquellos que todavía osan hablar del equilibrio entre salud y economía. Estos hagiógrafos del buenismo económico todavía nos tienen que decir a cuánto va el punto del PIB en vidas humanas.
El espectáculo del viernes pasado a las nueve de la mañana, en vivo y en directo, que ofrecieron el presidente (en funciones, ¡no sea caso!) de la Generalitat y la consellera portavoz, como custodia, como si fuera una prueba de persecución ciclista en pista, fue un ejemplo de no decir nada, pero simulando que se decía algo, algo que no se quería/podía decir. Más de 20 minutos hasta que se mencionó la primera medida: cierre vespertino y nocturno de restauración y ocio. Medidas que entrarán en vigor el lunes: el último domingo antes de Navidad hay que darlo todo.
Se viene a decir que no se puede apretar más porque somos pobres. Y tan anchos. Nadie se pregunta por qué somos pobres. La verdad es que no somos pobres; simplemente no somos tan ricos como nos hizo creer que éramos quien, después, nos recortó.
Pero hace mucho tiempo que no somos (tan) ricos, en parte porque hemos exportado toneladas del mejor talento a coste cero. En consecuencia, si hace tiempo que no somos (tan) ricos, este estado de cosas no se ha producido de la noche a la mañana, no ha caído del cielo, vaya.
La verdad es que no somos pobres; simplemente no somos tan ricos como nos hizo creer que éramos quien, después, nos recortó
¿Qué se ha hecho, aquí y allí, para reparar o aliviar sensiblemente esta situación? ¿Por qué no se incrementa el déficit de la Generalitat, como han hecho otras comunidades? ¿Por qué se mantiene un remanente de caja de cerca de mil millones de euros? Eso aquí.
Allí, si no se pueden subvencionar los negocios más sensibles, ¿por qué no se ha acordado una moratoria o, incluso, una condonación sustancial de las múltiples cargas impositivas? ¿Por qué la administración no ha dado ejemplo de modernización, y no se ha puesto las pilas informáticamente hablando? Han pasado nueve meses largos desde marzo, desde el primer estado de alarma. Pedir cita para obtener, por ejemplo, el certificado electrónico en Hacienda o la Seguridad Social es una tarea condenada a consumir horas y horas. Como intentar conectar con el 010 del Ayuntamiento de Barcelona. Se diría que el estado permanente de los servicios públicos, a pesar del esfuerzo incuestionable de la inmensa mayoría de sus servidores —cosa que todavía hace más grotesca la situación— es el de pillarlos en bragas. Si es así, la septicemia está asegurada. Y en política la septicemia es campo abonado para los extremismos demagógicos.
La pandemia está eliminando muchas esperanzas de una regeneración tanto política como de gobernanza. A las provocaciones de las derechas que se consideran expoliadas, debidamente secundadas por una cúpula judicial soltada y alejada a ojos vista del estado de derecho y el ruido de sables, por ahora oxidados, hay que responder con un buen gobierno, derecho fundamental de los europeos recogido en la Carta de Derechos de la cual ahora celebramos sus primeros veinte años. Gobernar es más que tirar mágicas consignas, el Derecho fundamental obliga a todos, a los de Madrid, y a los de aquí, sea lo que sea el ismo del que sean fervientes seguidores. De momento, poco más que magia, magia que, como sabemos, tiene truco; es decir, es un engaño.
Pensábamos que la pandemia nos haría más sólidos y más razonables. No parece que vayamos en esta dirección. Se diría que resulta más preocupante cuántas personas se pueden reunir en Navidad o que las discos puedan abrir.
Por todo eso, de seguir así, en el próximo enero, dentro de las próximas cuatro semanas, podremos gritar a quien nos ha llevado hasta aquí: ¡es la pandemia, estúpido! Pues, no; no es la pandemia. Son los que, aunque hablan mucho, no saben ni el pan que se da ni el que hay que dar.
