Los gobiernos en minoría, de coalición o no, tienen que consensuar cada una de sus decisiones con grupos más o menos próximos, pero que no forman parte del mismo. Eso hace que para unos temas este gobierno pueda pactar con unos grupos y para otros objetivos con formaciones diferentes. Es lo que se llama en política un gobierno de geometría variable.
A veces, la geometría variable lleva a la irregularidad más absoluta. Ahora hace cinco años del golpe pretoriano dentro del PSOE, con la defenestración de Sánchez, todo para hacer presidente a Rajoy mediante la abstención de los diputados de Ferraz. Eso es la geometría a golpes de martillo que no acostumbra a acabar bien.
Sainetes aparte, cuando un gobierno o partido no es mayoritario, la geometría variable es la norma, más allá de las coaliciones gubernamentales en sentido estricto. Demuestran madurez en la clase política, ya que se prima la gobernanza sobre los intereses de partido.
Esta semana la clase política catalana ha dado una buena lección de geometría variable. Hasta con creces. Un partido de gobierno y el principal de la oposición ha pactado la ampliación del aeropuerto con todas las salvaguardias medioambientales. Otra cosa será el resultado teniendo en cuenta que la ministra del ramo en Madrid, miembro del mismo partido de la oposición a Barcelona, ha proclamado esta semana que el tema del aeropuerto ya estaba muerto. Ya sabemos que en política la vida y la muerte no son categorías absolutas, sino bien relativas.
Los dos partidos coligados en un gobierno minoritario en Barcelona han pactado con su principal oposición empujar los Juegos Olímpicos de Invierno de 2030, aunque ni la capital -cuando menos cebo publicitario- tiene nieve ni su ayuntamiento está a favor. También podría ser que las coordenadas políticas propiciaran un cambio climático a los efectos de una llama olímpica invernal. Más que café con leche se podría ofrecer.
Finalmente, la mayoría parlamentaria independentista se ha fraccionado en cuanto a fijar una fecha por un referéndum sobre la independencia. Junts x Cat con toda claridad ha dicho que no, que no hay que fijar esta fecha, porque el referéndum tiene que ser acordado con el estado.
Junts x Cat ha hecho gala de su condición de partido-semáforo, naturaleza que glosaba favorablemente hace unos días en estas páginas el profesor Colomines. Ya no es que tenga tres almas ideológicas (derecha, centro, izquierda), es que quiere un referéndum pactado vituperando la mesa de diálogo/negociación: un semáforo binario. Actitud que ahora, a la fuerza, tendrá que cambiar, para centrar los esfuerzos extraordinarios del gobierno en la consecución de este referéndum pactado; los ordinarios se deberán centrar, como en todo gobierno digno de tal nombre, en satisfacer las necesidades y demandas de la ciudadanía, que no son pocas y más en una época de reconstrucción de las bases esenciales de la economía.
El espíritu del 1-O persiste, pero hay que encarnarlo, darle cuerpo, por así decirlo. Eso no se puede hacer más que con un referéndum pactado; el unilateral, aparte de otras derivadas, ya vimos qué reconocimiento internacional tuvo.
Queda, sin embargo, un tema no menor: el tiempo. Este tema, el del tiempo, ha sido siempre el argumento para los hiperventilados -que las encuestas, todo sea dicho, no reflejan. O el referéndum (sinónimo para muchos de independencia) es llevar a cabo ya o, como a mucho dentro de la presente legislatura, o es una engañifa colaboracionista. Jordi Sànchez, el jueves pasado en la entrevista en Aquí Cuní (desde el minuto 12) habla, por lo que él conoce, de la duración de muchos años o de décadas de los procesos de emancipación nacional.
O sea que en la semana del 4.º aniversario del 1-O se ha hecho un cambio radical de estrategia: referéndum pactado sí o sí, teniendo en cuenta que eso no es ni mucho menos rápido. Esta es la primera y más importante, importantísima, consecuencia del primer debate de política general de la era Aragonès. El realismo y el posibilismo han entrado de par en par en la política catalana.
Hay que desear -crucemos los dedos- que el cambio no sea solo un sobresalto, sino un cambio de rumbo pensando, consensuando tejido en abierto, sabiendo los innumerables peligros, dificultades y desfallecimientos que acechan esta singladura.
Si la coalición gubernamental decide coger al vuelo los embates, la capacidad sobra a las mujeres y hombres que lo integran; si la coalición sabe diseñar y aplicar en cada momento la variabilidad geométrica apropiada -experiencia tiene acreditada-, el camino, largo y empinado, se podrá culminar.
Su minoría no debe servir de hipoteca. Sino al contrario, debe ser un gran activo. Activo que se construye sobre una realidad objetiva: hoy por hoy el único gobierno posible en Catalunya es un gobierno independentista. Con el reposicionamiento estratégico el gobierno debe ser más fuerte hoy que ayer; las dudas sobre su viabilidad ya pueden ser desvanecidas. Ni se puede virar hacia un radicalismo de imposible práctica ni debe ser una muleta seguidista de quien, hoy por hoy no tiene en su horizonte una seria y sólida baza para hacerse con el gobierno.
La centralidad pertenece al gobierno y matizarla corresponde a quien quiera influir decisivamente en los asuntos públicos. Hay trabajo para todos.