Eso es lo que debían pensar los nuevos directivos del Barça, después de las elecciones del marzo pasado, a medida que iban viendo qué pan, y a qué precio, había estado dando la junta anterior. La gestión la calificó de nefasta el CEO culé, Ferran Reverter, en un acto directo, claro y sin tremendismos.

Tan nefasta que, si se hubiera tratado de una sociedad mercantil, el Barça, entre las primeras 1.000 sociedades de Catalunya, habría caído en causa de disolución (el activo es inferior, muy inferior, al pasivo). Si hubiera sido una compañía mercantil formalmente hablando, la presentación, en lugar de una due dilligence (revisión económica a fondo), la habría hecho un administrador concursal exponiendo la insolvencia de la entidad.

Se atribuye a Bernard Shaw el dicho de que la contabilidad es una de las bellas artes. Menos irónicamente también se dice que los números, debidamente torturados, acaban cuadrando. El papel, otro lugar común, lo aguanta todo; todo menos la realidad. Parece que esta mala bella arte era la que practicaba la junta anterior. Y tanto lo parece que, visto lo que han visto y no visto pero que se tendría que haber visto, la due dilligence derivará en un forensic o informe de responsabilidades, que pueden ser patrimoniales o penales.

Ayer se ofrecieron grandes números, algún ejemplo, sin identificar ni operaciones concretas ni personas responsables, todo regado con mensajes de realismo duro y de esperanzas fundadas. Se dijo, reiteró más bien, que se han incumplido normas internas de pagos (fraccionando importes para no pasar por la asamblea o la junta), que hay comisiones de montantes sorprendentes (algunas de más del 30% de la operación facilitada) o la ausencia de facturas. Un panorama desolador.

De todos modos, es simplista pensar que si hay factura de una operación, la operación es correcta. Nada más lejos de la verdad. Si la contabilidad refleja la realidad económica de una entidad, no bastan facturas, recibos o albaranes. En una entidad de las dimensionas del Barça, que no es la cafetería de la esquina, cada partida de la contabilidad que figura en sus libros tiene que estar sustentada por una serie de documentos, un auténtico expediente bien voluminoso en ocasiones, desde la toma de decisión hasta el último paso de la ejecución.

O sea, que la factura sola de poco sirve. Podría tratarse de una factura de cobertura, algo que, desgraciadamente, es tan irregular como nada infrecuente, causa de que las cosas acaben como el rosario de la aurora. Aquí lo que no hay y tendría que haber es primordial: el agujero habla por sí mismo. Pero con expediente y todo, la factura podría no reflejar la realidad de una relación juridicoeconómica o reflejarla mal. Por ejemplo, importes desorbitados o improcedentes en adquisiciones de todo tipo de bienes y servicios o en comisiones. Aquello que se dice fuera de mercado. O sea que la existencia de papeles no resulta ser siempre la mejor señal de que las cosas se hayan hecho bien, sino, quizás, de todo lo contrario.

Las responsabilidades ni son un chantaje ni una venganza. La responsabilidad es la deuda que quien ha gestionado nefastamente, sea por incompetencia o con toda la intención del mundo, tiene con la entidad y sus propietarios, los socios

En la exposición del miércoles, formalmente y brillantemente comunicada y reflejada en la web del Barça, según mi opinión, se produjeron tres carencias, muy preocupantes y que cabe esperar que el forensic ponga luz al respecto.

En primer lugar, además de la eventual responsabilidad, del tipo que sea, de todos o algunos directivos anteriores, hayan llegado al final del mandato o no ―otro melón para abrir―, hay que mencionar la responsabilidad de las auditorías de las cuentas previas al 2020. El socio, civil o mercantil, aparte de la confianza en los directivos de la entidad, la tiene en el auditor, teóricamente un tercero independiente e imparcial. ¿Si un auditor dio fe de la bondad del estado económico del club, cómo puede ser que ahora otros auditores digan todo lo contrario?

En segundo lugar, en cuatro años el Barça ha tenido cuatro agentes de cumplimiento, los compliance officers. Unos dimitidos, otros despedidos u otros cesados. ¿Las causas las sabemos? ¿Los motivos radican en severas discrepancias en aspectos que ahora ponen de manifiesto, aspectos que el club, es decir, su directiva, no quería arreglar? Urge una clarificación al respecto.

En tercer lugar, en gran parte relacionado con lo anterior, llama la atención la ausencia de mención a los escándalos sufridos por el Barça. Dos muy conocidos no fueron objeto ni de mención indirecta. Por una parte, el Barça es el primer club castigado penalmente, como persona jurídica, por el caso Neymar ―el primero, todavía colea otro―.

El club fue sancionado por haber cometido delito fiscal. En el pacto con las acusaciones que acabó en una sentencia de conformidad se exoneraba de responsabilidad penal personal a Bartomeu y a otros directivos. Pasar la responsabilidad penal de las personas físicas a las jurídicas es un pase de autogol con el dinero y prestigio de los demás. Tampoco del Barçagate se dijo ni mu.

Eso no puede quedar así. Las responsabilidades ni son un chantaje ni una venganza. La responsabilidad es la deuda que quien ha gestionado nefastamente, sea por incompetencia o con toda la intención del mundo, tiene con la entidad y sus propietarios, los socios. En todo caso, lo que no se puede tolerar, por incompetencia o mala fe, es la impunidad en la administración de bienes ajenos y, además, tan simbólicos, como el Barça.

Ya han llegado los aires nuevos. Ahora toca que el ADN Barça también se despliegue en los despachos.