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Cada vez que desde la izquierda catalana se promueve una iniciativa política de izquierdas y desacomplejadamente nacionalista, la izquierda española se hace suyo el encargo de incompatibilizar ambos ejes políticos. De tachar la iniciativa en cuestión, pues, de xenófoba, de excluyente, de Frankenstein ideológico imposible y de caballo de Troya de la derecha. A mí, que no soy muy de izquierdas —si es que esto significa algo—, estas trifulcas no deberían hacerme sentir ni pena ni gloria. Pero la incompatibilización de la catalanidad con cualquier otra ideología, con cualquier otro posicionamiento o cualidad definitoria que no sea la propia catalanidad, me interpela, porque —siendo o no de izquierdas— pretende acomplejar nacionalmente a quienes, salvando las distancias ideológicas, son mis compatriotas.

Ahora nos reiremos todos con la comparación, pero el sistema de deslegitimación que la izquierda española utiliza contra la izquierda catalana me resuena de un modo similar a cuando el españolismo incompatibiliza catolicismo y nacionalismo catalán. No por nada, sino porque leo en primera persona las mismas intenciones que leo en la izquierda españolista: la idea es que para ser feminista, o católico, o de izquierdas, o queer, o de derechas, o moderno, o tradicionalista, tengas que pasar por la adscripción nacional española. Que la vía de acceso al mundo y a todo lo que te explica no sea nunca la catalanidad. Que la españolidad te sea irremediablemente necesaria para mirarte a los ojos y reconocerte. Que el centro de tu identidad, al fin y al cabo, no sea central para nada. Y que, por puro autoodio disfrazado de pragmatismo, acabes mudando de piel.

El españolismo emplea a las clases populares y a los hijos y nietos de inmigrantes españoles como arma contra la catalanidad

En el caso de la izquierda española, el truco que se emplea es viejo y chapucero: la acusación radica en la falsa premisa de que, en nuestras circunstancias sociales y nacionales, en el contexto de ser una nación sin Estado y con una cultura y lengua minorizadas, puede existir una izquierda no nacionalista, una izquierda que no reme a favor ni del nacionalismo de la nación sin Estado, ni del nacionalismo de Estado. Pero en unas circunstancias como las nuestras, quien no trabaja activamente —como mínimo— para resistir, trabaja en favor de la opresión. Es curioso que desde la izquierda se entienda perfectamente y en cualquier situación que la pretensión de imparcialidad en un contexto de injusticia refuerza la propia injusticia, excepto cuando se trata de la asimilación española. Porque ya les parece justa, claro.

La izquierda de matriz española en Catalunya se hace la loca. Para ellos, el nacionalismo de Estado es, sencillamente, ser español. Y así, no identificando el nacionalismo que los hace, regurgitan los mismos argumentos caducos basados en teorías superadas que hacen de la izquierda nacionalista catalana una incoherencia inasumible. Como si en la historia reciente, en todo el mundo, la gran mayoría de movimientos de liberación nacional no se hubieran sustentado en idearios calificables de izquierdas. Hace tanto tiempo, sin embargo, que el españolismo emplea a las clases populares y a los hijos y nietos de inmigrantes españoles como arma contra la catalanidad, como herramienta para alimentar una hegemonía nacional que les resulta favorable en nombre de la justicia social, que algunos catalanes se desorientan y, por comodidad, por cobardía o por complejo, les siguen la corriente acríticamente. El problema lo tenemos aquí, y cualquier iniciativa que nazca para romper esta inercia debería ser bienvenida.