Carles Puigdemont está jugando una partida de cartas contra España. Y lo hace con una pareja de doses. Mientras, España juega con las cartas marcadas, tiene el crupier a favor, decide las reglas y las cambia cuando le viene bien, reparte ases complementarios a sus jugadores, es la propietaria del casino y controla la seguridad.

Pero Puigdemont va pidiendo cartas y cada vez que lo hace, los jugadores, el crupier, el casino y los de seguridad van de culo. Siempre un paso detrás suyo. Él sigue teniendo una pareja de doses, pero continúa en la partida y no hay manera de echarlo de la mesa y, por lo tanto, del casino. Y ahora usted me dirá: "Sí, pero está condenado a salir del local a patadas y con esta táctica sólo retrasa el desenlace". Sí, sí, es que con una pareja de doses, poca cosa puedes hacer, aparte de intentar aguantar sentado en la silla. Y de momento esto lo está logrando.

Pero esto ya lo decíamos cuando se marchó a Bélgica. Y desde entonces ha pedido cartas tres veces. La primera le sirvió para quedarse en Bruselas, protegido por la ley de aquel país. La segunda vez que pidió cartas ganó, contra todo pronóstico, unas elecciones encabezando una plataforma que no es ni un partido y en la cual hay de todo menos políticos. Y en la tercera, la de hoy y a la cual me referiré unas líneas más abajo, ha dejado en ridículo el casino y a su empleado más aplicado, un tal Llarena. O sea, cada vez que Puigdemont hace un movimiento, provoca una situación que le va a favor. También en su lucha contra los enemigos internos. Ya sea en el PDeCAT o en Esquerra.

Seguramente le servirá de poco a largo plazo, pero el viajecito de hoy a Copenhague ha dejado en evidencia la justicia española ante cualquiera que tenga ojos. Otra cosa es que muchos de los que tienen ojos quieran usarlos.

Y lo ha hecho a tres bandas. ¿Primera banda? Consiguiendo la no activación de la euroorden, una palabrita que quiere decir, así resumido, que la justicia española le dice a la justicia belga, danesa, o a la del país europeo que sea: "Oigan, ustedes tienen aquí un señor que nosotros acusamos de una serie de cosas muy graves. ¿Nos lo podrían enviar?". Y la justicia belga ya les contestó que por los delitos de rebelión y sedición no les venía nada. Y por eso España retiró aquella orden, porque mantenerla habría permitido Puigdemont volver y cruzar la frontera haciendo la vertical puente con triple mortal. Pues bien, activar hoy la euroorden en Dinamarca habría significado posiblemente lo mismo que en Bélgica, pero con el añadido de esto que publicaba en portada La Razón:

¿Segunda banda? Varios expertos que se han leído el auto del juez Llarena donde argumenta los motivos por los cuales no pide la euroorden afirman que lo que hace este señor es negarse a aplicar la ley para no favorecer a Puigdemont. Y a eso se le llama PRE-VA-RI-CA-CI-ÓN. Aquí y en la China Popular. ¡Ojo, lo dicen ellos, los expertos, y no yo, pobre de mí!

¿Tercera banda? Ahora el president Carles Puigdemont ya puede pasearse por dos países europeos. Si continúa así pronto será como Eurovisión, pero sin cantar sino tocando la flauta. Como el protagonista del cuento de Hamelín, que hacía bailar todo el mundo a su ritmo. Y no busque ninguna metáfora entre el Estado y las ratas. Aquí la metáfora es la música y la imagen de todos detrás del flautista.

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