​Hay gente muy mala. Gente que tiene poco trabajo y se dedica a molestar a los otros. Bien, más que molestarlos, su objetivo es disgustarlos. Concretamente. Y no hay derecho.

Fíjese, tenemos el caso, por ejemplo, del pobre señor juez magistrado del Tribunal Supremo Manuel Marchena. Un día tan señalado como el de la Hispanidad, en vez de poder disfrutarlo relajadamente explicando a los invitados sobre la recepción oficial sus vicisitudes redactando la sentencia más importando de la democracia y que marcará el futuro de las relaciones entre Catalunya y España a medio plazo, tuvo que hablar de una cosa tan mundana como las filtraciones. Horroroso.

O sea, pudiendo lucir púrpura, pompa y luz propia, que la tiene y la merece, el señor Marchena tuvo que bajar a la vulgaridad de hablar, preguntado por los periodistas, de una cosa como la filtración de la sentencia. Qué poco glamur. Qué falta de épica. Cuánta mundanería. Que terrenal todo... ¡Qué injusto!

Y, claro, el hombre estaba disgustado. Normal. No, enfadado no estaba, no. Como especifican los que allí se encontraban, estaba disgustado, que es un enfadarse, pero no mucho. Vaya, que no es exactamente lo mismo. Te enfadas si te pisa el pie un Patagotitan Mayorun, un dinosaurio que pesaba 69 toneladas y hacía 40 metros de largo. Te disgustas si te pica un mosquito durante una barbacoa en el Delta de l'Ebre mientras comentas con el resto de invitados que la zona tú te la conoces como la palma de la mano. Disgustarse o enfadarse son como el matiz del dry martini de James Bond: agitado, no removido. O sea, parecen los mismo, pero ni mucho menos.

¿Y, por qué está disgustado y no enfadado el señor Marchena? Bueno, a ver, que se haya filtrado una sentencia que será como la primera bomba atómica, que todo el mundo sabía que aquello sería una brutalidad, pero nadie conocía las consecuencias exactas, provoca disgusto, sí. Básicamente porque las filtraciones son feas. Y significan una deslealtad. Interna. Y aparte son un poquito delito. Ahora bien, es un disgusto moderado que no llega a generar una reacción como la de enfadarse. Porque como muy bien apuntó el señor juez en la misma conversación con periodistas: "En una sentencia que pasa por doce personas, no se pueden evitar las filtraciones". ¡Exacto! Esto sería un poquito como la muerte y la medicina, ¿verdad? Como todos nos acabaremos muriendo y eso es inexorable, no hay que dedicar esfuerzos para avanzar en la curación de enfermedades. ¿Pa qué?

Pues nada, aceptamos pulpo como animal de compañía, es imposible evitar las filtraciones de las sentencias y públicamente no hay caso. Que una sentencia como esta, precisamente como esta, antes de hacerse pública haya llegado a una decena de medios de comunicación, incluida la agencia oficial española (agencia EFE), demuestra que podemos confiar ciegamente en la justicia y que en España se garantizan todos los derechos jurídicos de los ciudadanos. Y si alguna vez estos derechos se vulneran, se hace lo posible para resarcirlos (o más) y se toman las medidas necesarias para que los responsables de la filtración nunca más tengan ganas de filtrar nada. Y que Diosnuestroseñor haga más que nosotros. Amén.

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