En el planeta tierra hay dos grandes acontecimientos deportivos globales: los Juegos Olímpicos y el Mundial de fútbol. Organizar una competición mientras se celebra cualquiera del dos es como poner una food truck especializada en frankfurts a la puerta de un congreso de veganos.

Pues bien, justo cuando acaba la primera fase del mundial, ayer empezó la decimoctava edición de los Juegos Mediterráneos de Tarragona. Ojo, "Juegos Mediterráneos" y no juegos olímpicos mediterráneos, como dijo Pedro Sánchez en un momento de evidente confusión.

Hubo una época en que la máxima aspiración del Barça era ganar una Recopa de vez en cuando. Era cuando la ciudad de Barcelona, esta ciudad que lleva el nombre de nuestro club, era una Ciudad de Ferias y Congresos y tan cosmopolita que los señoritos de la izquierda caviar que han acabado alimentando el españolismo más extremo eran los amos del relato y el centro del mundo.

Pero el Barça empezó a ganar Champions y la ciudad organizó unos juegos, estos sí, olímpicos. Y a partir de aquí, ya no nos alimentan las migas de las recopas, ni ferias y congresos de segunda. De la misma manera que no nos alimentan unos juegos mediterráneos celebrados en pleno mundial y un año más tarde de cuando tocaba. A veces es mejor quedarse en casa que jugar unos dieciseisavos de final de la Recopa contra el Flamurtari Vlora. Porque aún te puedes hacer daño.

Sí, porque estos juegos que ahora algunos nos quieren vender como la octava maravilla, no tocaban. Tenían que haberse celebrado el año pasado. Porque, desde el año 1951 en Alejandría, la competición la hacen cada cuatro años. Y si va sumando de cuatro en cuatro años llegará al 2017. Y ahora estamos en el 2018. ¿Qué ha pasado aquí?

Bien, tampoco nos detendremos mucho porque ya no vale ni la pena, pero al Gobierno le molestaban estos juegos y no cumplió su parte de los compromisos. Y dejó tirada a Tarragona y a sus juegos. Pero como aquí nunca pasa nada, pues adelante con las majorettes del tanatorio "La sonrisa eterna" y el elefante que no tenía dientes y hacemos unos juegos cuando no tocan, en pleno Mundial y como si fueran de verdad.

Y así llegamos a la ceremonia de inauguración de ayer. Sobre todo la primera parte. No fue los dieciseisavos de final de la Recopa contra el Flamurtari, no. Fue el partido por el tercer y cuarto lugar del Trofeo Teresa Herrera entre el Újpestz Dózsa y el Botafogo. Dios mío. Bueno, Dios, Buda, Alá, Jehová, Brahman, Jah y el Flying Spaghetti Monster, muy juntos rezando para que aquello acabara.

Una ceremonia de inauguración de unos juegos que se hacen cuando no tocan, en pleno mundial y con el estadio medio vacío. Y además viéndose por realización que el estadio estaba medio vacío. Y viéndose un montón de sillas vacías... ¡¡¡detrás de las personas que pronunciaban los discursos oficiales!!! Es que incluso en un mitin del Partido Proverista había alguien que se dedicaba a sentar gente detrás de los que charlaban para que se viera una cierta pasión.

Una ceremonia de inauguración de unos juegos en una ciudad que organiza el Concurso de Castells, el gran espectáculo mundial de los castells, y donde no había un solo casteller. Aunque estuviera pasando por detrás de los cantantes que hicieron unos playbacks que se notaron más que las operaciones de Mickey Rourke y Camilo Sesto juntos. El alcalde Ballesteros ha explicado que es que no quisieron ir. Desconozco los motivos reales, pero alguna cosa muy extraña tiene que suceder cuando no ha sido posible llevar a ninguna de las cuatro colles de la ciudad a un acto que tendría que haber sido de orgullo y de potencia de ciudad.

Por no hablar de unos juegos mediterráneos que no dedicaron un solo segundo al gran drama que sufre el mar que les da nombre. Aunque fuera un pequeño recuerdo que no ofendiera a los siempre dispuestos a ser ofendidos estados participantes.

Un acto que habría tenido que mostrar la realidad de Tarragona y que ha acabado convertido en una fiesta de fin de año en el karaoke-wok-pub de un polígono industrial sin asfaltar y que ni aparece en el google maps.

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