Subo la persiana. Continúa el sol y el calor. Y la sensación que percibes es que empieza un nuevo día en que la gente da por hecho que el lunes entraremos en la ya famosa fase 1 (que es la dos porque había una fase cero). Y me temo que el lunes no habrá fase 1. Y si hay, porque el Gobierno Sánchez lo permite, adiós sol y empezará una tormenta política tal que ya podemos empezar a ir a sacar los coches de las rieras. Y pensando, quizás lo mejor de detener el paso a la fase 1 en las zonas más pobladas es que serviría como remedio para calmar este sentimiento que empieza a extenderse según el cual esto ya está. Y esto no está. Y ya empiezan a circular noticias de rebrotes en forma de aumento de ingresos en los hospitales, que serían consecuencia del primer desconfinamiento, el de los chiquillos.

Pero lo cierto es que a larho plazo empezamos a sacar la cabeza del agujero. Con más o menos prudencia. Hoy ya han puesto fechas a la celebración de varios acontecimientos y estamos viendo a los jugadores del Barça volviendo a los entrenamientos, cosa que transmite un cierto retorno a la normalidad. Sin que un servidor sea capaz de definirle que es ahora mismo la "normalidad". Y como vivimos en un mundo con mucha prisa, sin haber pasado ni mucho menos la pantalla actual (como me gusta usar esta expresión comparable a "romper una lanza", "las crisis son una oportunidad" y "yo no soy epidemiólogo, pero..."), ya queremos pasar en la última de todas. Y allí nos espera la respuesta a la pregunta: "¿Cuando eso acabe, nunca más nada será igual?", que llega acompañada de expresiones tan entrañables como "la pandemia es una oportunidad para replantearse el mundo" o "la pandemia nos hará mejores".

El poeta y escritor Michel Houellebecq lo ha dejado muy claro: "Todo continuará exactamente igual. Lo que si provocará es acelerar cambios que ya se estaban produciendo". Pero eso no evita preguntarnos si los cambios que habrá en un negocio como el del turismo, que ni se estaban produciendo y que era totalmente imposible prever hace dos meses, comportarán otros de sociales. Por ejemplo, en la Rambla de BCN. Convertida desde hace años en un parque temático para los guiris, con prácticamente todos los negocios dedicados a ellos, ahora sin guiris no hay negocio. ¿Qué harán los propietarios, la mayoría gente de fuera (muchos no-se-sabe-exactamente-de-donde) qué aquí sólo están para explotar la gallina de los huevos de oro? ¿Resistirán un año o dos sin ingresar y pagando alquileres importantes o se iran? ¿Y si se van, qué hacemos con centenares de locales vacíos? ¿Sus propietarios bajarán precios y los podrán ocupar emprendedores locales? ¿La Rambla volverá a ser de la ciudad? Y con los pisos turísticos igual. ¿Qué preferirán los propietarios, tenerlos vacíos o bajar precios y alquilarlos a gente local para que vivan?

Y nuestra vida cotidiana también ha cambiado. Ya no es sólo no haber podido salir de casa durante un mes y medio, sino que ahora tenemos horas asignadas para hacer según qué dependiendo de nuestra edad y condición personal. Podemos ir a la montaña según cómo, a hacer según qué, con según quien y según a qué hora. Y, claro, en la playa quizás acabe sucediendo lo mismo. Los primeros que lo han visto claro han sido los del ayuntamiento de Lloret de Mar, que ya han decidido dividirla por sectores y edades y limitando el aforo.

Llamo al alcalde de la ciudad, Jaume Dulsat, para que me explique más cosas. Y me dice que eso de las playas es sólo una pequeña parte de un plan estratégico conjunto de la Destinación Lloret (concepto) que incluye restaurantes, hoteles y bares. O sea, es la ciudad actuando a una como proveedor de ocio y para el cliente local. Este viernes mismo empiezan unos módulos de formación e información en temas sanitarios por donde pasarán entre 4 y 5 mil trabajadores del sector turístico de la ciudad. Para dar confianza a los visitantes. Y yo le insisto con el tema playa. ¿Por qué? Porque quizás marcará la manera en cómo nos tendremos que acostumbrar a ir a partir de ahora. Y el señor alcalde me da una cifra: "En Lloret gastamos cada año un millón y medio euros en las playas. En mantenimiento, limpia, abalizamiento y seguridad. Y después, aparte, van las inversiones". Total, que habrá 35 personas dedicadas a controlar el aforo de las playas y que se cumpla la separación por sectores.

Pero, ¿a quien se le ocurrió la idea? "De hecho ahora ya había una elección natural. Las personas mayores van a la zona central, la de más fácil acceso, porque dispone de rampas y una línea de vida, que es aquella cuerda que te permite cogerte cuando entras y sales del agua y te da seguridad y estabilidad. Y, por ejemplo, las familias con chiquillos van a la zona donde está el club infantil, por razones obvias. Se trataba de ordenarlo todo. Y eso lo vio claro el departamento de Medio Ambiente". O sea, se trata de hacer a más "oficial" lo que la gente ya hacía, pero añadiendo el concepto "aparcamiento": cuando las plazas están llenas, no puede entrar nadie más.

Y otro cambio bestia en nuestra vida será que, de momento, se ha acabado aquello de pasar por delante de un escaparate, ver una camisa que te gusta y entrar a probársela. Le pido información a una amiga que tiene una tienda de ropa de mujer en una ciudad media del interior. A ver qué está haciendo desde el lunes, primer día en que pudo abrir. De momento ha hecho un papel que reparte a las clientas donde resume las reglas del juego. Claro, ella juega con la ventaja que las conoce en todas y desde hace años:

Ropa

Y me añade: "Aparte de todo eso, sólo puedo tener una persona en la tienda y con cita previa. Cada pieza probada tiene que estar 48 horas retirada en cuarentena. Hago unas fichas donde pongo día y hora en que se ha usado y las sitúo más o menos en orden. Y si alguien me pide una talla de las que está en cuarentena, tengo que darle hora y reservarle el derecho a probársela. Y eso que dicen de los dos metros de distanciamiento es imposible de cumplir cuando has de hacer unos bajos. Lo más complicado de todo es la cortina del probador. Pretendían que pusiéramos una puerta pero hemos optado por correrla nosotros y pasarle la vaporeta después de cada clienta. No podemos usar trapos de algodón para limpiar. Todo tiene que ser papel para tirar, con lo cual combatimos el coronavirus pero nos cargaremos el medio ambiente usando celulosa sin parar. Ah, y al final del día, y por aquello del por si acaso, acabamos limpiando la tienda a fondo hasta cuatro veces. No había fregado nunca tanto en mi vida".

Cuando Houellebecq decía que no cambiará nada y que los cambios que habrá ya habían empezado, seguramente no hablaba de la vida cotidiana. No es ninguna crítica, al contrario, pero los intelectuales no tienen tiendas de ropa, ni un negocio en la Rambla, ni vendían paquetes turísticos de una semana en Lloret de Mar. Teniendo en cuenta que en nuestro mundo tampoco queda claro que es exactamente un "intelectual".