Subo la persiana. Ni una nube. En circunstancias normales hoy todo el mundo iría a la farmacia a comprar crema para el sol. Y resulta que estamos hacemos cola a dos metros el uno del otro para comprar mascarillas. Lo he visto cuando he salido a comprar, que hoy tocaba. A comprar comida, no mascarillas.
No le diré que la zona comercial de mi ciudad fuera como la rambla, pero ahí es nada la gente que había. Sobre todo teniendo en cuenta que venimos directamente de la noche de los zombis en Chernobil, donde no quedaron ni los zombis. La dependienta de una tienda me ha ofrecido una explicación que me ha convencido. "Venimos de días de lluvia y la gente ha preferido no salir a comprar, pero además la mayoría sigue haciéndolo mayoritariamente los viernes y los sábados". Interesante fenómeno este que quizás nos demuestra que ni un virus nos hará cambiar según qué costumbres.
En el ambiente percibo la sensación de que nos estamos aplicando una especie de pequeño autodesconfinamiento suave. ¿Manteniendo la "distancia social" de una manera impoluta? Sí. ¿Vigilando mucho en las tiendas? También. ¿Y con el 98% de la gente yendo con guantes y mascarillas? Cierto. Pero se nota cierto relajamiento dentro de la desconfianza. Como si viéramos, o nos quisiéramos convencer, de que lo peor ya ha pasado. Juegan a favor varios factores: 1/ A partir del domingo los niños podrán salir a pasear y eso nos indica que vamos a mejor, 2/ En Euskadi dicen que en julio elecciones, cosa que nos hace pensar en una "normalidad" a dos meses vista y 3/ Y sobre todo, ha bajado la cifra de muertos y la situación en las UCI ha mejorado mucho. Pero esta sensación de alivio, ¿de donde nace? Hablemos de ello.
Nuestro instinto de supervivencia nos permite adaptarnos a todo y seguir viviendo. Triste por una parte, pero alentador por la otra. Sobre todo para la supervivencia de la especie humana. Los que ahora están muriendo a centenares en las residencias eran chiquillos cuando aquí hubo una guerra. Y mientras la gente se mataba a miles en el frente, incluidos familiares, y ellos tenían que esconderse de los bombardeos, crecieron, fueron adolescentes durante la dura posguerra, y como pudieron y supieron se buscaron la vida, nos educaron a nosotros y ayudaron a educar a los nietos.
Es muy bestia pero nos hemos acostumbrado a que cada día en España mueran oficialmente 400 personas por culpa del coronavirus. Que usted y yo sabemos que no son 400 sino que deben ser unos 700, porque el Gobierno sólo cuenta a los muertos en los hospitales y habiéndoles realizado la prueba del virus. Pero va, aceptamos pulpo como animal de compañía. Aun así la cifra sigue siendo brutal. Pero la celebramos. Porque hace unos días era el doble. O sea, una noticia que pone los pelos de punta puede llegar a ser positiva. Es aquello que vas al médico y te comunica que morirás en 5 minutos. Tienes el impacto y cuando te has hecho a la idea, te dice que no, que sólo te cortarán las piernas y la próxima semana. No diré que entonces tienes una alegría, pero casi.
Y pasa igual con las fechas del fin del desconfinamiento. Ya llevamos 40 días y 40 noches, pero de dos semanas en dos semanas parece que sean menos. Porque una vez ya te han clavado la primera prórroga, la segunda ya no te hace tanto daño. Y la tercera ni la notas. Imagine que el primer día nos hubieran dicho: "Cuarenta días encerrados en casa". Los gritos de protesta se habrían oído en Ratitulin. En cambio ahora estaremos más de dos meses confinados y nos parecerá que hayan sido tres setmanitas.
Y aquí está donde juega la propaganda. En cómo nos envían los mensajes para que reaccionamos de la manera que le conviene al poder. Y también al no poder. Porque el Gobierno (con la inestimable ayuda del PSC) hace su trabajo de encarrilamiento de la opinión pública hacia sus intereses. Y el Gobierno de la Generalitat hace el suyo, y allí dentro de JuntsxCat i Esquerra tienen su propia guerra dentro de la guerra. Pero la oposición no se queda atrás. En Madrit (concepto) el PP más aznarista va con un puñal con veneno en la punta. Y en Catalunya los Comunes, estos que conm su abstención han permitido aprobar los presupuestos de la Generalitat, no pierden la oportunidad de ir a saco contra el Govern de la Generalitat. Interesante. Pero tanto allí como aquí quien está trabajando sin descanso es la ultraderecha. Lo hace en los medios de comunicación que controla, que son más de los que nos pensamos, pero sobre todo en la red. Allí es un no parar de mentiras, montajes, falsificación permanente de los hechos, manipulaciones tan vulgares como desproporcionadas, insultos, campañas de descalificación personal y lo que se pueda imaginar. La actividad es frenética.
Vienen días duros, con una crisis económica que todavía no somos capaces ni de imaginar y los ultras saben que será terreno abonado para sus tesis. La pregunta es: ¿y eso quién lo paga? Porque vale mucho dinero. ¿Y quien es el cerebro? Porque las campañas de manipulación, como esta de ir contra el confinamiento en nombre de la libertad individual, está muy bien pensada para enganchar el cuñadismo más convencido. Y con mani incluida. Planteada no para hacerla sino para que hablemos de ello. Y sabiendo que no la podrán hacer, tendrán un argumento más por su otra gran campaña, la de la defensa de la libertad de expresión. ¡¡¡Ellos!!! ¡Ellos convertidos en adalides de la libertad de expresión!
Yo sólo espero que todo esto, que está copiado de la estrategia trumpista (trumpetera, como dice una amiga mía que vive en Miami) lo lleven hasta el extremo y, para hacer un bien a la salud de la humanidad, acepten probar en carne propia las recomendaciones científicas del presidente de los EE.UU., que dice que no es médico pero que tiene un buen cerebro. Sobre todo lo de inyectarse desinfectante para limpiarse los pulmones. Pero ya puestos, también me haría mucha gracia lo de "golpear el cuerpo con una luz muy potente ultravioleta" porque "como que el virus muere más rápidamente en superficies expuestas al sol...". Pues eso. Esta última les estaría muy bien para ayudarles a ponerse morenos (y morenas) en un verano en el que, por mucho que ahora veamos luz al final del túnel, no está claro que sea posible ir a la playa. Porque, a pesar de esta alegría que empezamos a tener, hay una cosa que le llaman del rebrote. Y nadie sabe si lo habrá o no. Bueno, menos Trump, que lo sabe todo...