Esta semana, Robert F. Kennedy Jr., ahora al frente de los Servicios Sanitarios de Estados Unidos, hizo un anuncio que debería haber generado más revuelo del que generó. Las nuevas guías alimentarias estadounidenses (esas que siguen medio mundo porque) son prácticamente lo contrario de todo lo que nos han dicho que comiéramos durante los últimos treinta y cinco años: proteínas de verdad, mantequilla, grasa de vaca, menos ultraprocesados, menos azúcares. Y eso que suena tan lógico, tan evidente, tan sensato, no es un avance científico: es la corrección de un fraude. Porque, efectivamente, lo que hemos estado creyendo que era sano y saludable fue un fraude. No una mala interpretación de los datos ni una equivocación honesta, sino un fraude documentado, transparente, respaldado por testimonios rigurosos. Estamos ante un escándalo que nadie está abordando con la importancia que merece.
La pirámide que vendieron al mejor postor
Imagina que a una nutricionista seria, la doctora Luise Light, de la Universidad de Nueva York, la contrata el Departamento de Agricultura estadounidense en los años ochenta para diseñar una nueva guía alimentaria basada en toda la evidencia científica disponible. Light hace su trabajo: analiza los estudios epidemiológicos, estudia qué hace vivir más y mejor a la gente, qué reduce enfermedades, qué es lo que verdaderamente funciona. Y llega a una conclusión lógica: la base de la alimentación humana debería ser las verduras, los cereales obligatoriamente integrales; se deben consumir grasas saludables como el aceite de oliva, y proteínas de calidad, limitando seriamente el consumo de azúcar. Esta fue la propuesta que presentó la experta, pero lo que se publicó por parte de la Administración norteamericana fue otra cosa: una pirámide alimentaria donde la base eran cereales, sin especificar que debían ser integrales. En esa pirámide publicada, las grasas pasaban a ser algo a "usar moderadamente". El azúcar se normalizaba. Las verduras estaban poco presentes y las proteínas se reducían también.
¿Qué pasó entre la propuesta científica de Light y lo que finalmente se publicó? Que llegaron los intereses. La industria alimentaria necesitaba que recomendaran los cereales refinados porque eran lo que se producía masivamente con subvenciones. El gobierno necesitaba justificar esas subvenciones. Y Light necesitaba seguir viviendo. Así que pasó lo que siempre pasa: se ignoró la ciencia (la de verdad) y se priorizó el dinero.
El testimonio de Light es desolador porque no es una opinión posterior. Es un registro de lo que pasó en tiempo real. "Las guías dietéticas han sido descaradamente manipuladas para beneficiar las ventas de productos agrícolas", dijo hace años. Y luego advirtió lo que sucedería: aumento de enfermedades graves, alimentos vacíos desplazando los nutritivos, una epidemia de obesidad y diabetes que coincidiría perfectamente con la implementación de su pirámide manipulada. Y sucedió exactamente tal y como ella predijo.
Mientras la pirámide nos metía carbohidratos refinados en casa, la industria farmacéutica estaba preparando su propio negocio
Mientras la pirámide nos metía carbohidratos refinados en casa, la industria farmacéutica estaba preparando su propio negocio. Si comes cereales refinados y azúcares como recomendaba esa pirámide trucada, tus niveles de colesterol suben. Y cuando tu colesterol sube, “necesitas” estatinas, esas píldoras que, según el catedrático de Farmacología de la UAB Joan Ramón Laporte, se prescriben sin que la evidencia científica las justifique en la mayoría de los casos.
Joan Ramón Laporte es catedrático experto en farmacovigilancia. Ha dedicado su vida a estudiar qué medicamentos funcionan realmente y cuáles se nos venden porque sí. Y lleva años diciendo lo mismo: "Más de la mitad de los medicamentos que nos prescriben no funcionan". Y las estatinas son un ejemplo claro.
¿El colesterol LDL es malo? Sí. Si tus niveles son muy altos, probablemente aumenta el riesgo cardiovascular. Pero los estudios que justifican prescribir estatinas a la mitad de la población mayor de cincuenta años tienen problemas para ser defendidos con rigor. Un estudio de cohorte con casi ciento setenta y ocho mil pacientes publicado recientemente nos señala algo interesante: las personas mayores de cincuenta años con colesterol LDL entre cien y ciento ochenta y nueve mg/dL (mucho más alto que lo que recomiendan actualmente) tenían menor riesgo de mortalidad a largo plazo. Es lo que se conoce como «la paradoja del colesterol»: la gente con colesterol muy bajo y muy alto muere más que la que tiene colesterol intermedio. En mayores de sesenta años, mayor LDL va asociado a menor mortalidad, no a mayor, según apuntan estos datos.
¿Significa eso que el colesterol no importa? No. Significa que el dogma que hemos construido alrededor del colesterol LDL es incompleto, que probablemente se prescriban medicinas innecesarias a millones de personas, y que el verdadero factor de riesgo no es un número en una analítica, sino el tabaco, el alcohol, el sedentarismo, el sobrepeso y la mala alimentación.
Pero, si enfocamos el problema en el colesterol, los laboratorios venden estatinas. Si enfocamos el problema en la mala alimentación, la industria de ultraprocesados pierde dinero y las farmacéuticas, también.
Más recientemente, se ha señalado que las dietas altas en grasas saturadas alteran los circuitos de la memoria en tan solo cuatro días. Afectan a la capacidad del cerebro para procesar glucosa. Deterioran la memoria. También se ha descubierto que el ayuno intermitente revierte el daño, lo cual es importante porque significa que no es irreversible. Los estudios que se están desarrollando actualmente apuntan al hecho de que las grasas importan, y mucho. Pero no todas las grasas son iguales. La proveniente de la vaca, como recomienda Kennedy, tiene propiedades muy diferentes a la comida ultraprocesada con grasas trans. Los omega-3 del pescado tienen una función completamente distinta a las grasas hidrogenadas de una galleta industrial.
Durante treinta y cinco años hemos demonizado todas las grasas por igual. Hemos criado generaciones de niños con miedo a la grasa animal mientras les metíamos carbohidratos refinados que sus cerebros no necesitaban. Y luego les damos estatinas porque el colesterol sube, aparecen casos de diabetes a edades muy tempranas.
La pirámide que acaba de presentar Kennedy tiene mucho más que ver con aquella que proponía la doctora Ligth en los ochenta y que fue falseada: proteínas en la base, lácteos enteros, menos ultraprocesados, menos azúcares. He consultado con nutricionistas al respecto, y celebran estas nuevas medidas, porque, según me explican, la nueva pirámide corrige algunos errores claros, pero parece volver a querer generar beneficios económicos en sectores concretos, en lugar de priorizar únicamente por la salud. En esta ocasión, obviamente, se apunta al sector cárnico y lácteo. Digamos que la pirámide viene a corregir en parte los graves errores de la anterior, pero hay que seguir observándola con prudencia.
Después de todo esto, ¿cuál es la recomendación? Obviamente, no es seguir ciegamente ninguna pirámide diseñada por gobiernos con presiones de sectores que tienen objetivos económicos en el asunto. Comer alimentos “reales”, frescos, de proximidad. Verduras, muchas, de colores diferentes. Proteínas de calidad: carne, pescado, huevos, legumbres. Grasas saludables: aceite de oliva virgen, frutos secos, pescado graso. Evitar a toda costa los ultraprocesados (como evitarías una enfermedad). Reducir azúcares añadidos. Y desconfiar de cualquier recomendación oficial que beneficie especialmente a una industria.
El verdadero escándalo no es que Kennedy esté cambiando las guías. El verdadero escándalo es que tardemos treinta y cinco años en corregir lo que Luise Light sabía en los ochenta. Que sigamos prescribiendo medicinas sin necesidad real. Que hagamos políticas de salud en función de qué industria tenga más beneficios en Washington, no en función de qué nos mantiene vivos y sanos. Porque, en el fondo, todo esto tiene la misma raíz: cuando el dinero entra por la puerta de la ciencia, la verdad se va por la ventana. Y llevamos décadas pagando el precio.
La dieta mediterránea ha sido y sigue siendo un ejemplo claro de alimentos saludables. La tierra nos da lo que necesitamos para tener salud. La tierra que no se destruye, claro. La que no se contamina, la que se deja producir de manera natural, no la que se pretende imponer desde Bruselas. Vienen tiempos interesantes para defenderla, sobre todo por ese acuerdo MERCOSUR del que te hablaba en mi análisis publicado aquí.
Si queremos mejorar nuestra salud, es obligatorio que aprendamos a comer bien. A obtener productos de calidad, lo más naturales y frescos posible. Tenemos que proteger nuestra agricultura, nuestra ganadería. Consumir nuestra carne, nuestro pescado, nuestros huevos, nuestros lácteos de calidad, lejos de productos procesados o alterados.
La inversión de la pirámide de Kennedy, aunque con algunas sombras, nos puede ayudar a entender, sobre todo, que lo que nos dicen desde los organismos oficiales no responde a nuestro interés como ciudadanos o consumidores, sino que sigue siendo una campaña de propaganda para beneficio de los de siempre.