La campaña popular contra Filmin, tras la decisión de la plataforma de ofrecer el impresentable documental Ícaro: la semana en llamas (y su aún más absurda justificación posterior, como si seleccionar contenidos no fuera el trabajo de los programadores), demuestra dos hechos: el primero, que aquí la lucha por el relato todavía continúa. Los policías buscan en este vergonzoso audiovisual aparecer como héroes frente a unos manifestantes que, según afirman literalmente los agentes, ya no eran manifestantes, sino personas en pie de guerra. Y el segundo: más allá de la lucha por el relato, la pretensión del PSOE de pasar página y provocar la amnesia colectiva no ha tenido éxito. El duelo pervive, la memoria también, y la vigencia del conflicto se mantiene como una brasa intacta. Si nos pinchan, todavía saltamos. Bien.
Ícaro es un personaje de la mitología griega que quiso volar demasiado alto con unas alas de cera y plumas, y que cayó al vacío por querer acercarse demasiado al sol: las fuerzas del orden españolas quisieron bautizar la operación con este nombre para señalar (y castigar) la desmesura y el exceso de confianza del movimiento independentista. Hay otro documental, sin embargo, que paradójicamente también puede encontrarse en Filmin y que se llama Maidán, en referencia a la Maidan Nezalézhnosti, que en ucraniano significa plaza de la Independencia. Los hechos que sucedieron en Kiev en los años 2013 y 2014 (el Euromaidán, la manifestación proeuropea más grande de la historia) también comenzaron con protestas pacíficas, que derivaron en una dramática batalla campal: como aquí, aunque de manera más dura y cruenta (allí sí hubo muertos), aquello ya no parecía tanto una protesta como una revolución.
En el año 2019, en Barcelona, lo que sucedió en Urquinaona o en el aeropuerto (todavía entonces oficialmente llamado aeropuerto de El Prat) fue una reacción popular a un ataque institucional contra la población en toda regla. Después de los porrazos del referéndum de 2017 y, sobre todo, tras la sentencia humillante contra los líderes del procés, todo aquello ya era un acto de simple defensa. ¿Defensa de qué? De la tierra, de la gente. Contra la explícita ocupación del país. Contra los policías que apalearon a nuestras abuelas y abuelos, una vez desembarcados de barcos atracados expresamente en el puerto. Pero también contra los jueces capaces de dictar sentencias que forzaban (y retorcían) la ley vigente, contra un enemigo ya declarado, contra un rey que ya no nos consideraba dignos de respeto ni de protección. Contra unas instituciones que, si ya antes las considerábamos alejadas, ahora aparecían explícitamente creadas para someternos. No, el aeropuerto y Urquinaona ya no eran vías catalanas ni actos de la Diada: eran un levantamiento contra una provocación excesiva. Ya se habían desbordado todos los torrentes de la indignación popular.
Los hechos de 2019 merecen un documento de alta calidad y amplia difusión, como lo merece el 1-O de 2017
Vivimos, sin embargo, en el Estado español: aquí lo que tenemos es un documental propagandístico y protofascista como Ícaro, en lugar del fabuloso documental Maidán, que sí muestra las iniciales manifestaciones pacíficas en Ucrania, explica el conflicto y retrata los posteriores y sangrientos enfrentamientos entre policías y civiles. Un documental, este sí, aclamado internacionalmente. Capaz de ponerse en la piel de las víctimas, de salir de la propaganda represiva contra todo un grupo objetivamente identificable. Y este es, de hecho, el punto que verdaderamente quiero señalar: me da vergüenza que sean los fachas quienes hayan conseguido producir y colgar en Filmin un documental como Ícaro y que, en cambio, nosotros no hayamos sido capaces de producir y colgar en las plataformas un Maidán que exponga la crudeza (y las razones) del conflicto de Urquinaona o de realizar un audiovisual, ficcionado o no, sobre el fascinante (y este sí, heroico) movimiento que logró poner urnas y papeletas el 1 de octubre de 2017.
Filmin ha escogido colgar Ícaro, y yo he escogido darme de baja. Tengo libertad de escoger a mis compañeros de viaje. No me parece que deba pagar una plataforma que exhibe propaganda de la represión contra mi pueblo. El exceso de confianza ha llevado a Filmin a ser un Ícaro con alas de cera que se derriten junto al sol, y esto será así hasta que rectifique y pida disculpas. Pero, si he de ser honesto, lo que más me duele es ver como nuestro relato (o, simplemente, el retrato justo de nuestro conflicto) no aparece recogido en ningún audiovisual de relevancia internacional. Los hechos de 2019 merecen un documento de alta calidad y amplia difusión, como lo merece el 1-O de 2017 y, de hecho, todo ello debería ser un documento unificado. Y, una vez producido y realizado, ofrecerlo a Netflix o a Amazon o a cualquier plataforma que todavía no haya cometido el error de insultarnos a la cara. En definitiva, no podemos vivir solo de la queja: como aquellos días, cuando es necesario también debemos saber devolver el golpe. ¿Boicot? Sí. Transformar nuestros Ícaros en plazas de la Independencia, también.
