Pimientos, kiwis, berenjenas, ají peruano, tomates y albahaca. En Roma no solo hay cardenales o la Capilla Sixtina, sino estos alimentos que se plantan en el Vaticano, y que a partir de ahora serán parte del huerto orgánico que ha querido instaurar el papa León XIV. Hasta ahora existía un terreno cultivado que servía como pequeño huerto, justo al lado del monasterio Mater Ecclesiae, dentro de los Jardines Vaticanos. Desde que el papa Francisco escribió la encíclica Laudato si, ya se empezó a practicar la lógica orgánica y de respeto por el medioambiente también dentro de los muros romanos. El papa León, coherente con el pontífice anterior, cree en la "cura de la creación", y esto tiene consecuencias tan prácticas como respetar el tiempo de cada planta y de los terrenos, y no optar por más producción, sino por menos y mejor. El terreno donde se plantan son los históricos jardines vaticanos, con más de 8 siglos de tradición agrícola. No se usan químicos y se quiere que la cultura orgánica impregne la manera de hacer de la estructura vaticana, para proteger los recursos naturales con vistas al futuro. Esta decisión vaticana ha levantado la mofa de algunos católicos que niegan que haya problemas con el medioambiente y que piensan que la alarma del cambio climático es una exageración.
Con este gesto, el papa León predica con el ejemplo y desde la pequeña praxis vaticana hortícola deja constancia de cómo quiere comer y de cómo quiere que se trate la tierra. La idea de que la Santa Sede, como también desde hace décadas otras iglesias cristianas, está repitiendo, es que la tierra "no es una posesión sino un don", y que quienes la cultivan lo deben hacer "con respeto y sabiduría" porque están participando así en "la obra creadora de Dios". No se trata, por tanto, solo de cultivar la tierra, sino de ser consciente de que la tarea en sí tiene más trascendencia. Hay muchas maneras de buscar la trascendencia, y una es trabajando la tierra.
El huerto del Papa no es una anécdota de verano, sino un signo de que la Santa Sede también apuesta por las políticas ecológicas y no lo hace solo en discursos o acuerdos
En el corazón del Vaticano, junto al monasterio de clausura que quiso Juan Pablo II, se está visibilizando este espacio de retiro, un pequeño refugio que huele a albahaca y a cítricos centenarios. Es un huerto minúsculo, de poco menos de 400 metros cuadrados. Cuatro terrazas cultivables donde la fe se mezcla con la ecología más exigente. Este espacio comienza en la Edad Media. Fue el papa Nicolás III Orsini quien, a finales del siglo XIII, quiso crear un huerto frutal al trasladar la residencia papal del Laterano al Vaticano. Un viridarium protegido por nuevos muros que proveía la mesa pontificia. Ocho siglos después, la vocación de aquella pequeña tierra se mantiene intacta. Se encarga un jardinero experto, ayudado por jóvenes colaboradores y por las religiosas del monasterio. La gestión recae en el Servicio de Jardines y Medio Ambiente del Vaticano. Aquí, la sostenibilidad es norma. Se han dejado atrás los abonos de Castel Gandolfo y hoy solo se utiliza un fertilizante granulado certificado, que de hecho es específico para cada planta. Vatican News lo ha dejado escrito: las buenas prácticas agronómicas reducen la necesidad de utilizar productos fitosanitarios. Los parásitos se mantienen a raya de forma natural. Todo se registra en un cuaderno de campo, como exige la ley. Las sustancias naturales, en cambio, no requieren registro.
La tierra se cuida con técnicas muy específicas: se practica la rotación de cultivos. Las leguminosas, como las judías verdes, fijan el nitrógeno de manera natural. Este año se ha probado un fertilizante a base de algas marinas para los tomates. El calendario de los cultivos sigue las estaciones. Ajo fresco, albahaca, plantones, chiles peruanos de gran intensidad, y calabazas que maduran hasta noviembre. Este año, a petición de las monjas, se han plantado los primeros kiwis. Ahora, a finales de agosto, comienza la siembra de invierno con coles, brócolis, espinacas y lechugas. Mayo es el mes de más actividad. El verano es difícil por el calor. Tomates, berenjenas, pimientos y pepinos de la Pulla también se cultivan, pero la joya de la corona son los cítricos. Son plantas centenarias, de unos 150 años, donde se han injertado variedades desaparecidas del mercado y se cultivan sin ningún producto químico. Se comen con la piel. Las monjas hacen mermeladas, galletas y pieles confitadas para los huéspedes y la producción también provee a entidades benéficas, como la Casa Dono di Maria. El huerto del Papa no es una anécdota de verano, sino un signo de que la Santa Sede también apuesta por las políticas ecológicas y no lo hace solo en discursos o acuerdos.
